miércoles, 25 de septiembre de 2013

Una bruja está borrando la ciudad

Me cuesta recomendar los libros de mis amigos porque siempre temo que, quien lo lea o lo oiga, pueda pensar que lo hago movida por la amistad más que por la calidad del libro. Me ocurre también con los textos que elijo para mis cursos, pero tampoco es justo que los deje pasar precisamente por ese temor.

Este sábado, 28 de septiembre, a las 12 del mediodía, mi amiga Raquel Míguez presenta su libro Una bruja está borrando la ciudad, de la editorial Dylar, en Liberespacio, una librería infantil de la que me he enamorado.

Las historias de brujas siempre me han encantado, sobre todo cuando esas brujas viven entre nosotros y dejan en las manos de un chaval muy imaginativo la salvación del mundo. Todos necesitamos superhéroes, nuestros niños también, y a veces esos héroes no llevan capa y aunque se hagan llamar Peter Parker y sueñen con librarse de la pandilla de matones que los acosan en el colegio, son niños normales, como cualquiera de nuestros lectores. Me encantan los libros que permiten la empatía, que dejan al lector soñar con librarse de sus propios matones, conocer a dos brujas y salvar el mundo mientras los mayores viven en la ignorancia porque no tienen tiempo ni capacidad de observación para darse cuenta de lo que ocurre en su propia ciudad.

Las presentaciones de libros infantiles son mucho más divertidas que las de libros de literatura general. Involucran a los chavales, juegan con ellos y les animan a crear sus propias historias. No me cuesta recomendar este libro aunque su autora sea mi amiga y no me cuesta nada, pero nada en absoluto, recomendar la presentación porque sé que cualquiera que vaya, pasará un rato estupendo.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Babette Cole y las sartenes inteligentes

El primer libro que leí de Babette Cole fue Mamá puso un huevo y me enamoré. Unos niños, asustados ante las tonterías que contestan sus padres cuando les preguntan de dónde vienen los niños, deciden explicarles la verdad, pizarra en mano. Una vez superado el complejo que nos obliga a mentir a los niños, a tratarlos como si fueran tontos, hacían falta libros que nos ridiculizaran un poco a los adultos. Más que nada, para que no caigamos otra vez en lo mismo y para que, si nos preguntan de dónde vienen los niños, lo pensemos dos veces antes de contestar que vienen de París, que los trae la cigüeña o que los hemos cocinado en el horno con mucho amor. Especialmente recomendable la página central doble, casi un Kamasutra inocente e infantil delicioso.

Después cayó en mis manos Mamá no me contó y tengo que reconocer que pasé un rato divertidísimo descubriendo los secretos que los niños querrían descubrir, según criterio de la autora.

Pero siempre que he hablado de Babette Cole con otros lectores, que he buscado información por internet o leído entrevistas de la autora o sobre la autora, encuentro una voz que se levanta enfadadísima porque los libros de Cole no resuelven las dudas de los niños, no dan una visión clara y realista sobre el sexo, la adopción o la utilidad del ombligo. Y entonces yo me enfado más aun que esas voces porque me sigue sorprendiendo que los padres y los educadores nos empeñemos en delegar nuestras funciones en los libros. Mamá puso un huevo puede ayudarnos a hablarles de sexo, puede servir como apoyo para explicar el complejísimo proceso de la vida, pero no nos sustituye. Nadie debería intentar resolver las dudas de un niño de cuatro años (ni de seis, ni de ocho…) largándole un libro. Cargar contra Babette Cole es tan absurdo y tan injusto como lo sería enfadarse con una sartén porque no nos hace la comida sola. Si mi sartén es buena, será más fácil cocinar, simplemente.

Esta semana he leído La princesa listilla y me ha encantado. Niñas del mundo, no necesitáis un príncipe. Niños del mundo, porque esta vez no se trata de una cuestión sexista, vosotros tampoco tenéis que uniros de por vida a una princesa. He leído varios álbumes que defienden el derecho a elegir pareja, sea del mismo sexo o de sexo diferente, libros que defienden al blanco con el negro, a la hormiga con el elefante, a dos pingüinos macho que deciden ser padres… Pero no conocía, que no digo que no lo haya sino que yo no lo conocía, un cuento que defendiese el derecho a estar solo, a ser feliz sin vivir en pareja. Seguro que no tardo en escuchar a alguien enfadado porque Babette Cole está en contra de la felicidad en pareja, ay.

Papás, mamás, educadores: no demonicéis los libros de Babette Cole (ni de ningún otro autor). Usadlos, estrujadlos, exprimidlos, disfrutadlos, pero tampoco esperéis que ellos ocupen vuestro lugar. Elegid una buena sartén y suerte en los fogones.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Bajo la misma estrella


Cuando mi amiga Ana me recomendó Bajo la misma estrella, de John Green, y me contó de qué iba, no quise decirle que no la iba a leer, porque me pareció una grosería, pero me escabullí como pude sin comprometerme a cambiar impresiones más adelante. Una historia de chicos con cáncer no es mi idea de una buena historia. Sé que hay una serie en televisión con ese argumento que ha enganchado a mis hijos y a sus amigos, pero solo con ver las imágenes de los anuncios en los que un montón de chicos sin pelo ríen al borde del mar me enfado. No quiero que nadie me cuente lo maravillosa que puede ser la vida a pesar del cáncer. Así de idiota y categórica soy a veces.

Pero después pensé que Ana sabe mucho de libros. Y que sabe mucho de mí y de los libros que me gusta leer, así que, aprovechando que estaba en un momento de optimismo increíble, leí la primera página del libro, la nota del autor:
Más que escribir una nota del autor, quisiera recordar algo referente a las páginas que siguen: este libro es una obra de ficción inventada por mí.
Ni las novelas ni sus lectores ganan nada intentando descubrir si la historia encierra en sí algún hecho real. Estos intentos atacan la propia idea de que crear historias es importante, algo así como la base fundacional de nuestra especie.
Agradezco vuestra colaboración a este respecto.

Bien por ti, John Green. Bien por no querer darme pena, por no buscar que pase horas planteándome si esos chicos con cáncer que protagonizan tu novela existen de verdad. Eres un gran escritor y comparto tu idea de la relación entre ficción y vida.

La novela cuenta la relación entre tres chicos enfermos de cáncer. Y aunque el cáncer está en cada página, en cada línea, no es lo más importante. No me ahoga saber que esos tres chicos viven como viven porque han estado demasiado cerca de la muerte tantas veces que miran la vida de una manera distinta a como la miramos los demás, pero me ayuda mucho a entenderlos. La narradora sufre un cáncer terminal en sus últimos estadios, aunque lo que ella llama “el milagro” ha frenado el ritmo del crecimiento de sus tumores. En una escena que casi pasa inadvertida, dice que se sorprende de ser la persona más sana de la habitación porque no es algo a lo que esté acostumbrada y yo me preguntó por qué me interesa su historia, por qué estoy tan metida en las palabras de alguien que vive cada minuto sabiéndose a dos pasos de la muerte. Y poco a poco lo descubro: no me importa que esté a esos dos pasos, sino lo que hace mientras los recorre. No es la carta de despedida de una adolescente sino el relato de un momento importante en la vida de una chica de dieciséis años que vive la esperanza, el desencanto, el amor, la literatura… condicionada por una enfermedad terminal, pero sin permitir que ella marque sus elecciones. Por eso el cáncer lo ocupa todo y aun así no es lo más importante.

“Sería un privilegio que me rompieras el corazón” dice un personaje. Y cierro el libro para quedarme un rato paladeando la frase. Creo que es la declaración de amor más sencilla y más generosa que he oído jamás.

Hazel Grace, la protagonista de la novela, ha leído cientos de veces un libro que cuenta la historia de una chica con cáncer. Su mayor deseo es saber qué pasa después de la muerte de esa chica, qué les ocurre a los demás personajes. Y es una metáfora tan perfecta que alguien que está a dos pasos de la muerte se niegue a aceptar que los personajes de las novelas viven tan solo el tiempo que dura su ficción, que envidio a Green por ser tan bueno. Casi lo odio.

También lo odio por cómo declara Hazel Grace que le gusta el chico al que acaba de conocer:
Me gustaba mucho Augustus Waters. Me gustaba mucho, mucho, mucho. Me gustaba que hubiera terminado su historia nombrando a otra persona. Me gustaba su voz. Me gustaba que hubiera lanzado tiros libres angustiados. Me gustaba que fuera profesor titular en el Departamento de Sonrisas Ligeramente Torcidas y que compaginara ese puesto con el de profesor del Departamento de Voces Que Hacen Que Mi Piel Se Sienta Piel. Y me gustaba que tuviera dos nombres. Siempre me han gustado las personas con dos nombres, porque tienes que decidir cómo las llamas. ¿Augustus o Gus? Yo siempre había sido Hazel y solo Hazel.
Pero Augustus la llama Hazel Grace. Y yo, que tengo dos nombres, por primera vez me olvido del engorro que supone elegir cómo te presentas cada vez que llegas a un sitio nuevo. Y vuelvo a cerrar el libro un ratito.

Podría seguir eligiendo citas y desgranando la historia para recomendaros la lectura de esta novela, pero mejor dejo que sea la protagonista la que os los explique:

Algunas veces lees un libro, sientes un extraño afán evangelizador y estás convencido de que este desastrado mundo no se recuperará hasta que todos los seres humanos lo lean.
Así me siento yo. Leedlo. Leed Bajo la misma estrella para que este desastrado mundo se recupere. Y si no lo hace, al menos os sentiréis un poquito mejor.

martes, 10 de septiembre de 2013

Metaescritura en LIJ

Tal vez porque soy profesora de escritura, me encantan los libros de ficción que dejan caer consejos sobre cómo escribir libros de ficción y estoy agradecida a sus autores.

Me fijé en estos consejos leyendo Donde los árboles cantan, de Laura Gallego, novela que por cierto os recomiendo. La protagonista a veces adivina lo que va a pasar o el orden en el que los acontecimientos van a sucederse porque lo ha oído en los cuentos desde que era muy pequeña:

Los comensales no pudieron reprimir exclamaciones de sorpresa. Viana, en cambio, había anticipado aquel desenlace. Su madre le había relatado muchos cuentos populares cuando era niña, y en algunos de ellos los seres mágicos se presentaban ante el héroe bajo apariencia humilde para probar la bondad de su corazón. «Ahora le ofrecerá un premio por su compasión», se dijo.

Pero no solo se trata de saber qué va a pasar. Llega incluso a reflexionar sobre la verosimilitud en los cuentos:

Viana se estremeció. Sabía, por las veces que lo había visto actuar, que Oki otorgaba una condición especial a los cuentos y las leyendas. Cada vez que actuaba, había quien consideraba que se trataba de historias sin fundamento y quien las creía a pies puntillas. Y Oki no concedía la razón ni a unos ni a otros.
No eran verdad, pero tampoco eran mentira. Viana caviló acerca de ello. Siempre le habían apasionado los cuentos, y se incluía entre la gente que soñaba con hermosas hadas y traviesos duendes, con fieros dragones y poderosos hechiceros. Sin embargo, nunca había visto tales seres ni conocía a nadie que se hubiese topado con ellos.
Oki no iba a resolver aquella cuestión. Quizá porque no conocía la respuesta o tal vez porque no lo creía necesario.
—Se cuentan muchas cosas acerca del Gran Bosque —susurró Viana.
Oki asintió; sus ojos brillaban, delatando la pasión que sentía por toda clase de historias. La muchacha entendió que ahora sí estaba hablando su idioma.
—Podría creerlas, o quizá no —añadió con tiento—, pero supongo que eso no es lo que importa, ¿no?
—No es lo que importa —Oki negó con la cabeza, y sus negros e hirsutos cabellos se agitaron bajo su sombrero—. Lo esencial es la historia en sí.

Cuando leí este libro me imaginaba a Laura Gallego hablando ante un grupo de escritores adolescentes, un grupo de chicos que quieren saber cómo se debe escribir un libro, contándoles los secretos del buen escritor. Y aplaudí en silencio.

Este verano mi amigo Javier Fonseca me descubrió una joyita de esas que se publican para niños y que a veces pasan desapercibidas: Una sonrisa roja como la sangre, de Adam Gidwitz. Es una revisión de unos cuantos cuentos de los hermanos Grimm, pero en su versión original, sin las modificaciones posteriores que han quitado crueldad y sangre a las historias. Historias sangrientas y a la vez plagadas de humor gracias a un narrador que convierte al lector en cómplice con intervenciones en negrita que paran la narración para reflexionar en voz alta sobre los motivos del escritor original para escribir lo que escribió o incluso los de las adaptaciones posteriores para haber suavizado la historia. En sus páginas encontré consejos estupendos sobre la escritura y esta vez no estaba dirigida a adolescentes sino a niños. Niños grandes y sin miedo, eso sí.

En la primera historia de este libro, el rey ha muerto y ha encargado a su fiel criado Johannes que cuide de su hijo y que, pase lo que pase, no le deje entrar en una habitación del castillo. El chico pasea por el castillo entrando y saliendo sin limitación alguna, salvo una habitación que siempre permanece cerrada. Pregunta al criado por qué nunca le enseña qué hay tras esa puerta y él, en un rapto de sinceridad, le dice que su padre se lo pidió así porque ver lo que han dentro podría costarle la vida. En este momento el narrador interrumpe el cuento y con su voz en negrita se dirige al lector:

Lo siento, tengo que parar un momento. No sé lo que estáis pensando en estos momentos, pero cuando yo leí esta parte del cuento, pensé: «Pero, ¿se ha vuelto loco?».
Quizás sepáis algo sobre los jóvenes o quizás no. Yo, como érase una vez resulta que fui joven, sé unas cuantas cosas sobre ellos. Una de las cosas que sé es que si no quieres que un joven haga algo, por ejemplo, entrar en una habitación donde se halla el retrato de una princesa irresistiblemente bella, decir «te podría costar la vida» es seguramente lo peor que puedes decir. Porque a partir de entonces, eso será lo único que esa personita va a querer hacer.
Es decir, ¿por qué no dijo Johannes cualquier cosa? Como por ejemplo: «Es el cuarto de las escobas. ¿Por qué? ¿Quieres hacer la limpieza?». O «Es una puerta falsa, bobo. Cosa de la decoración». O incluso «Es el cuarto de baño de las damas, Su Majestad. Mejor no asomar la nariz ahí dentro».
Cualquiera de ellas hubiera sido perfectamente suficiente, me parece a mí.
Pero no dijo ninguna de estas cosas. Si lo hubiera hecho, ninguno de los horribles y sangrientos hechos que siguen habría sucedido jamás.

¡Mi querido Propp, mira qué fácil era! Esta es la prohibición que dices que aparece siempre en los cuentos clásicos y que, al violarla, da lugar a todo la historia. Pero no es solo eso, no es solo que Los hermanos Grimm se hayan acogido a esa estructura repetida hasta la saciedad, es que además han trabajado sobre la verosimilitud porque, efectivamente, qué mejor manera de lograr que un joven haga algo que prohibírselo.

Seguid así, escritores del mundo. Seguid aconsejando a los lectores cómo escribir porque también muchos de ellos algún día escribirán y así nos perpetuaremos hasta el infinito.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Libros, adolescencia y decisiones

He tenido unos días de vacaciones y he aprovechado para leer al menos una docena de libros destinados a adolescentes y escritos por autores españoles. Unos me han gustado más, otros menos, pero casi todos me han dejado la sensación de que me hubiera gustado tener algo así en las manos a mis dieciséis años.

Durante muchos años, la literatura infantil ha sido un vehículo adoctrinante, una forma de mostrar a los lectores las consecuencias, siempre negativas, de tomar decisiones diferentes a las que la sociedad del momento marcara como acertadas. Si no te portas bien, te crecerán orejas de burro; si mientes, te crecerá la nariz… Poca literatura juvenil había, pero la mayoría también apuntaba en esta dirección. No teníamos en España, o yo no lo conocía, un Holden Caulfield. Hace cosa de un año me encontré con la novela , de Charles Benoit, que aparte de tener un narrador estupendo, muestra que cada decisión tiene consecuencias, pero en ningún caso juzga o alecciona, solo lo constata. Un Caulfield del siglo XXI. Y esa novela me provocó por primera vez la sensación de envidia hacia los adolescentes actuales.

En La lluvia en París, de Lorenzo Silva, una chica de dieciséis años acepta irse a París para participar como actriz protagonista en un película, pero el sueño se convierte en algo cercano a una pesadilla. Parece un argumento tópico, una historia mil veces contada, pero no transmite un mensaje negativo sobre el mundo del cine y la fama, ni siquiera sobre los peligros de crecer demasiado pronto. Solo pone de manifiesto que las decisiones que tomamos marcan lo que vendrá después y que la vida está hecha de pequeñas elecciones, no de una única.

El cuaderno de Aroha, de Francesc Miralles, cuenta la historia de un chico depresivo que encuentra un diario escrito por una chica misteriosa. Toma decisiones, claro, y estas le van llevando de un lugar a otro. No son acertadas o equivocadas, son las suyas. La comunicación, la autoexigencia, las expectativas... acompañan cada elección y la motivan. En algunos casos el protagonista se deja asesorar, en otras no, pero ninguna de las dos opciones aparece como la correcta, la que el lector debe imitar para conseguir la felicidad y el éxito. Y una vez más, no se trata de una única decisión que marca para siempre el futuro del protagonista, sino de un cúmulo de ellas que además se pueden cambiar si el resultado no es el esperado. Es decir, el protagonista, como cualquier adolescente, tiene derecho a equivocarse sin que su vida se eche a perder para siempre.

La literatura juvenil en España está en alza, o a mí me lo parece fruto de esa envidia de la que hablaba al principio. Se publican muchos textos, la temática es variada, se arriesga en las formas. Y, sobre todo, se tiene en cuenta al lector. La adolescencia, entre otras muchas cosas, supone tomar decisiones sin dejar esa responsabilidad en manos del adulto. Y está bien que la literatura muestre ese proceso con sus placeres y sus amarguras para que el lector sepa que esa montaña rusa en la que vive no es algo extraño ni malo ni equivocado. Y que no es el único que lo experimenta.