miércoles, 26 de noviembre de 2014

Una tarta de manzana llena de esperanza

¿Se puede odiar a un personaje de novela? Definitivamente, sí. Paloma Nosequemás, te odio. Odio tu pelo rubio sedoso, tu sonrisa blanca, tus piernas increíblemente perfectas. Y si pensáis que no es bueno odiar así, mejor no leáis Una tarta de manzana llena de esperanza, de Sarah Moore Fitzgerald. Porque Paloma aparece por primera vez en la oración colectiva por su amigo, su mejor amigo según dice el profesor que la presenta, que acaba de suicidarse. Pero Meg, que es quien lo cuenta, cree que ella debería ocupar ese sitio. La segunda vez que la vemos, Paloma vive en la casa de Meg, que se ha ido temporalmente a Nueva Zelanda y ha regresado a toda prisa cuando se ha enterado de la noticia. Una metáfora tan clara que es imposible no verla.

Oscar es un chico estupendo, capaz de hacer felices a quienes lo rodean cocinando para ellos unas tartas de manzana que albergan la magia de todo lo que se hace con amor y con el deseo de agradar. Pero un día decide acabar con todo, se sube a su bicicleta, pedalea con todas su fuerzas y se lanza al mar. Solo su hermano, Steve, y su mejor amiga, Meg, creen que Oscar sigue vivo y mientras ellos lo crean, lo estará, porque la esperanza (y siento el tópico) es lo último a lo que debemos aferrarnos. Oscar está vivo aunque solo ellos dos lo crean, porque:

"Si queréis saber mi opinión, os diré que conformarse y aceptar la desaparición de una persona es algo muy parecido a un delito. Un insulto a su memoria."

Una historia dulce, tensa e intensa. Sobre todo muy intensa. Y muy bien escrita. Narrada alternativamente por Oscar y Meg, que se van consolidando como narradores a medida que avanza la novela. Reconozco que en las primeras páginas he estado a punto de abandonar la lectura porque no me convencía la voz de Meg. Pero poco a poco el narrador va cogiendo fuerza y confianza, tanto cuando se trata del chico como cuando es ella la que se pone al frente de la narración. Las primeras frases parecían estar unidas a la fuerza, medidas con regla para que encajasen en algún esquema previamente fijado, como si a su autora le hubiese costado trabajo dejar la mano correr. Pero un par de capítulos después las comparaciones se suceden, se amontonan y se empujan. Y esto, que podría provocar una sensación caótica, convierte el texto en una sucesión de imágenes sensoriales (visuales, olfativas, gustativas, táctiles), como si al fin Sarah Morre Fitzgerald hubiese encontrado la confianza para dejarse llevar. Desparecen las líneas, las palabras, la longitud de las frases y solo queda la historia. Pero qué historia.

La contraportada decía que, en la búsqueda de Oscar, tanto Meg como Steve y el propio Oscar aprenden una valiosa lección. Y yo no soy nada amiga de los libros que enseñan lecciones, así que os aviso, por si os pasa como a mí, que no es cierto, que no terminaréis la lectura con la sensación de que nadie ha aprendido nada sino de que, por un ratito, un niño de catorce años y su extraña manía de cocinar tartas para los demás os han hecho un poquito más felices. Leedla. Ya me daréis las gracias después.

jueves, 14 de agosto de 2014

Mi madre cabe en un dedal


Las metáforas son como esas chapas que se llevaban tanto cuando yo era pequeña. Te cuelgas una y queda muy bien, pones otras dos y el conjunto es llamativo, único. La cuarta ya empieza a recargar y con la sexta hasta suena cuando vas andando. Y sigues y sigues, porque todas te gustan y no quieres renunciar a ninguna, así que llega un momento en que a ti no se te ve, solo hay chapas y encima pesan tanto que no puedes ni andar. Pero siempre había alguien en el instituto capaz de colgarse todas las chapas del mundo y aun así estar estupendo. Sería la forma de combinarlas, los huecos entre ellas o la sonrisa de quien la llevaba, vete a saber. Mi madre cabe en un dedal, de Victoria Pérez Escrivá es ese chico guapo al que las chapas le sientan bien, aunque lleve un millón.

La madre de Claudia es tan pequeña que cabe en un dedal. Pero además es una artista que crea cosas, personas y todo lo que le apetece crear. Crea un papá nuevo y cuando se da cuenta del problema que supone tener a los dos papás iguales en casa, lo borra y ya está. Claudia cuenta en cien páginas anécdotas aparentemente inconexas, aparentemente graciosas, sobre la vida con su madre. Pero cada anécdota, cada línea de cada anécdota, es una metáfora. Hay pocos autores que sepan (o quieran) inventar metáforas que el lector tiene que hacer suyas y yo me declaro rendida admiradora de quien lo consigue. Un día mamá llega a casa con un elefante y dice que se va a quedar, que no hay más remedio. El elefante ocupa mucho, come mucho, agota a mamá. El médico no sabe qué hacer así que papá y mamá cargan contra él, se enfadan, le gritan. Y allí sigue el elefante, sin preocuparse de nada ni de nadie, pero sin separarse de mamá. Claudia lo cuenta mucho mejor y con más gracia, por supuesto, yo solo he hecho un resumen, pero supongo que cada lector le pondrá una cara o una forma a ese elefante. Y a ese médico. Y a ese padre asustado que grita. Y hasta al cúmulo de títulos de doctor de los pies, de las manos, de las orejas… que despliega el médico para demostrar que no es culpa suya, que él es médico.

Me gusta mucho, además, cómo va preparando el final del libro, cómo antes de aparecer ese elefante ha aparecido otro, en otro lugar, en otro contexto, apuntando hacia un significado totalmente diferente. Y hay otro médico también. Y antes de ver el agujerito en la cabeza de Claudia con el que termina la historia (maravilloso final que no voy a contaros), hemos visto otro parecido en la cabeza de su madre, aunque lo que se ve al mirar en uno y otro es diferente. Todas las anécdotas que ha contado están trabajando para ese final, para que comprendamos lo que Claudia siente por mamá, lo que mamá supone para el mundo desde los ojos de la niña. Una mamá que tiene un cubo de basura lleno de tristezas, porque cuando ve una la echa allí, pero que luego las reparte, porque hay gente que las necesita: un poeta que quiere escribir triste, un señor que no conoce la tristeza y se siente el hombre más feliz cuando al fin consigue una...

Es un libro perfecto para niños pequeños, para medianos, para adolescentes, para adultos. Cada uno hará una lectura, releerá los capítulos que más le hayan impactado. Pero es un libro que recomiendo aún más para escritores y aprendices. Señores, no abusen de las metáforas salvo que vayan a abusar así.

martes, 29 de julio de 2014

La buena literatura arriesgada (y el orgullo de ser profe)

En casi todos mis talleres se cuela alguna mención a la literatura arriesgada, a esos textos que incomodan, molestan, hacen pensar, que no se conforman. En los cursos de iniciación suelo pedir a mis alumnos que no arriesguen demasiado, que trabajen lo que sabemos que funciona. «Bodegones», digo siempre. Porque antes de hacer el Guernica hay que pintar muchos bodegones. Y lo digo convencida, pero con miedo, porque no quiero que nadie deje de meterse en un jardín porque yo le haya dicho que se camina mejor por el sendero. Es solo que hay un tiempo para cada cosa y arriesgar sin saber por qué, sin un fin, suele llevar al desastre. Arriesgar solo para ser el más original, el más atrevido, no es, en mi opinión, un buen punto de partida. Cuando los bodegones ya nos salen bien es el momento de guerniquear. Aplaudo los riesgos, a los escritores que no se conforman con escribir lo que queremos leer, los que no van a lo seguro.

Unas veces es por la temática, por un determinado personaje, por su postura ante la vida, por denunciar un abuso o plantar cara a un tópico. Otras, es la forma la que rompe los esquemas. Un narrador en segunda persona como el de , de Charles Benoit; una novela escrita con un programa de mensajería instantánea, como Pulsaciones, de Javier Ruescas y Francesc Miralles; un narrador de ocho años que sufre Asperger, como el de El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon.

La semana pasada cayó en mis manos La luna no está, de Nathan Filer. Leí la sinopsis de la contraportada y me atrajo la historia: un chico de nueve años presencia la muerte de su hermano mayor, enfermo de Síndrome de Down, y diez años después decide contar(nos)lo (no era exactamente esto lo que decía, pero más o menos). Desde la primera línea me encontré con un narrador caótico, que saltaba en el tiempo como una pulga en un lomo mullido. Leí esta frase:

Te contaré lo que pasó, porque será un buen modo de presentar a mi hermano. Se llama Simon. Creo que te caerá bien. A mí me cae muy bien. Pero en pocas páginas habrá muerto. Y después nada volverá a ser igual.

Y sonreí. La frase atrae, dan ganas de seguir leyendo, es directa como un puñetazo en el estómago (no me dejéis hacer más comparaciones). Pero sobre todo, es pura técnica. Es una de esas frases que los que nos dedicamos a enseñar sabemos que funcionan y de las que (también sabemos) a veces se abusa precisamente porque se toman como garantía de éxito. A esas alturas de la novela no sabía aún si me enfrentaba a un escritor con mucha teoría a las espaldas o con mucho manejo de la narrativa, así que seguí leyendo.

Unas pocas páginas más y dejaron de importarme la técnica, los recursos más o menos manidos, los giros originales… Porque me di cuenta de que estaba ante un narrador esquizofrénico y, aunque no tengo ni idea de cómo piensan los esquizofrénicos, me lo creí a pie juntillas. Hace falta mucho valor para ponerse a contar desde la voz de un esquizofrénico, la verdad. Y muchas ganas, sobre todo, ganas. Un chico listo, extremadamente listo, pero que a veces se comporta como un verdadero idiota. Un narrador que me habla, que se permite el lujo de mentirme (que es lo peor que puede hacer un narrador) y encima, muchas páginas después, me explica que me ha mentido porque, como cualquier sabe, no le vas a decir la verdad a alguien que no conoces de nada (es decir, a mí). Un narrador, y aquí tuve que parar de leer para aplaudir bajito sin que los demás viajeros del autobús me tomaran por loca, que me cuenta lo que pasa por la cabeza de su madre cuando él ni siquiera está presente y, cuando estoy a punto de chillar que eso es trampa, que un personaje no puede saber lo que piensa otro mientras conduce a kilómetros de distancia, me dice que, claro está, se lo supone porque él no puede saberlo. Un narrador, en definitiva, que está jugando conmigo y llevándome de un lugar a otro, de un momento de la historia a otro, de un estado de locura a uno de clarividencia, con tanta naturalidad que no me doy ni cuenta.

Y todo esto no resta fuerza a la historia. Quiero saber qué pasó aquella noche, quiero saber por qué no es capaz de superarlo, con lo listo que parece, quiero saber si su madre está tan loca como él dice y si la abuela seguirá apoyándolo siempre. Y me gusta el mensaje de crecimiento personal, a su ritmo, del protagonista.

Llego a las últimas páginas con pena. Con esa pena que da que un libro bueno se acabe. Y leo los agradecimientos:

Terminé el primer borrador de esta novela en el Máster de Escritura Creativa de la Universidad de Bath.

Y siento una especie de orgullo idiota, (idiota porque ni yo ni ninguno de mis compañeros hemos tenido nada que ver en esta novela ni en la formación de Nathan Filer). Pero en algún lugar, posiblemente cerca de Bath (que por si no lo sabíais, como yo, está en Inglaterra) un profesor o un claustro entero deben de sentirse muy orgullosos de haber creído en esta historia y haber alentado a su autor a terminarla.

jueves, 24 de julio de 2014

No pidas sardina fuera de temporada

Leo lo que me cae en las manos, lo que me recomiendan, lo que me despierta la curiosidad… Y si eso implica leer un libro escrito hace veinte años, bienvenidas sean las recomendaciones. Lo malo de un libro de los noventa, ambientando en Barcelona y de género realista es que habla de pesetas, usa expresiones que yo usaba en mi adolescencia, pero que a los chicos de ahora les suenan a chino, y muestra a un chaval de catorce o quince años pidiendo una cerveza en un bar sin que nadie se lleve las manos a la cabeza. Y choca que los protagonistas cursen 8º de EGB en vez de segundo de la ESO. Cuando hablo de estos con mis alumnos les recomiendo que busquen las formas para decir que estudian en el instituto, sin especificar el curso, que son de los mayores o de los pequeños del colegio y otras fórmulas que no anclen tanto el texto a un momento determinado para evitar esa sensación de algo obsoleto, pasado de moda. Y pese a ese olorcillo a desván que provoca el paso de los años, merece la pena leer No pidas sardina fuera de temporada, de Jaume Ribera y Andreu Martín. Ahora, en 2014.

Flanagan es un chico imperfecto. Adorablemente imperfecto. Intenta ser un detective estupendo y, aunque lo es, también resulta patoso, inocente, bobo a veces… Como cualquier chico de quince años. Superman está bien para las historias de héroes de otros planetas pero lo cierto es que enfrentarse a los malos no es fácil si no puedes volar, que te persiga una banda de delincuentes es peligroso y te da miedo y que una chica te mire y pestañee puede romperte en pedacitos tan pequeños que ni el mejor detective sea capaz de recomponerte. Me gusta además porque pretende ganar dinero vendiendo un informe sobre la chica más guapa del colegio a todo aquel que quiera ligar con ella. No es el detective altruista que ayuda a todos porque le sale de dentro sino el chico que se busca la vida con lo que tiene: su inteligencia y su personalidad. En definitiva, me gusta porque es políticamente incorrecto, imperfecto y, por tanto, creíble. Pero a la vez tiene unos valores, sus valores, que aplaudo. Lo cómodo es quedarse al margen cuando se trata de posicionamiento moral o incluso buscar el aplauso fácil diciéndole al lector lo que quiere oír. Andreu Martín y Jaume Ribera no lo hacen.

La historia está bien planteada, mantiene la tensión en todo momento y me la creo. Pero no es por eso por lo que me declaro fan incondicional de la novela. Son los detalles, la forma de mostrar sin contar, la valentía de un chico que dice que las chicas no le interesan, que pudiendo jugar a las chapas, qué sentido tiene quedarse hablando con Clara. Ese mismo chico que queriendo destapar un misterio pequeño, una historia de instituto, se ve rodeado de delincuentes de los que matan de verdad, dan palizas, secuestran. Y no crece de golpe, no se convierte en el detective de serie B que cabría esperar, qué va. Sigue siendo un niño al que todo lo que pasa le queda grande, que llora de impotencia y de miedo, pero que tiene que reaccionar si quiere salir vivo del jardín en el que se ha metido.

Merece la pena darle una oportunidad. Solo una, porque tres o cuatro páginas después de empezar ya no te planteas si es de este siglo o del pasado, si te lo crees o no, si se parece a alguien o deja de hacerlo. Solo quieres saber qué viene después. Y que no se acabe demasiado pronto.

viernes, 6 de junio de 2014

Mudanzas, de Javier Sagarna

Hace tiempo que intento entender la diferencia entre unos cuantos términos (todos en inglés, con lo bien que quedarían en español) que se utilizan para designar los libros que cabalgan entre la literatura juvenil y la general (que eso de “literatura para adultos” siempre me ha sonado a porno o a algo prohibido). Young Adult, New Adult, Crossover… En general, y para no meterme a analizar detalles o a etiquetar géneros, se trata de libros que atrapan por igual a público juvenil y público adulto. Para mí sí hay dos categorías, aunque no quiero darles nombre: los libros que se escriben pensando en un público juvenil, adolescentes de unos 14 años, a los que, por responsabilidad de autor, no se les ofrecen escenas de sexo ni situaciones en las que un adolescente como ellos actúa de manera más que cuestionable y no sufre consecuencias, y los que se escriben pensando en lectores más próximos a la edad adulta, que no tienen por qué ver en los personajes modelos a los que imitar. Esos libros, en definitiva, que no daríamos a leer a nuestros hijos de menos de 18. Esta semana he releído uno de esos libros. Tengo que aclarar que se lo recomendé a mi hija cuando tenía 15 años, pero tampoco he dicho que sea la mejor madre del mundo. Se trata de Mudanzas, de Javier Sagarna.

Me gusta la voz. Está narrado en primera persona y me creo al narrador, cosa que no me pasa muy a menudo con los libros de juvenil. No me convence cuando un narrador que tiene diecisiete o dieciocho años habla como un catedrático de universidad con canas, pero tampoco me gustan los narradores tópicos que se disfrazan de adolescentes para que su lector empatice con ellos. Soy una lectora exigente, lo sé, pero hay que quererme como soy. Ari, el narrador de Mudanzas, es un politoxicómano, aunque él se niegue a verlo, que no intenta convencerme de que lo que hace está bien o de que la vida lo ha tratado tan mal que no le ha quedado otra salida. No. Simplemente me cuenta su historia sin preocuparse demasiado por lo que yo piense de él. En ese sentido, me recuerda al de , de Charles Benoit o a algunos de los narradores de Trainspotting, de Irvine Wells. Pero a diferencia de otras novelas de temática parecida, en Mudanzas no hay reflexiones, no hay digresiones, todo ocurre en escenas, una detrás de otra, sin una sola transición. Como si el propio Ari se hubiese dedicado a tomar fotografías, aparentemente al azar, durante un año y ahora me las pusiera todas delante.

Cuando se publicó Mudanzas, twitter no estaba de moda, los lectores no buscaban frases de menos de 140 caracteres que poder lanzar al mundo. Y aun así, la novela comienza diciendo:
Supongo que si uno no muere, sobrevive a casi todo.

Cuando he terminado de leer la novela he vuelto a esa frase porque ahí está resumida toda la historia de Ari. Durante un año no muere, por más que lo intenta, así que sobrevive, tan sencillo como eso. Y me gusta que me lo diga en la primera línea porque es un gesto de respeto hacia los lectores: Ey, lector, parece decirme, no voy a engañarte, no sufras ni en las escenas de más tensión: sigo vivo. Y me quedo tranquila, sí, porque a pesar de cómo es, de lo que hace, de lo que dice, Ari me gusta y quiero que al menos una vez en su vida tome la decisión correcta y las cosas le salgan bien. Le he dado vueltas a por qué me cae bien y la clave está en las primeras páginas. Habla fatal a su madre, tiene una bronca con su padre… pero antes de todo eso lo he visto hecho polvo porque su chica lo ha dejado. No justifico lo que hace, sigo pensando que es un macarra descerebrado, pero jo, su chica lo ha dejado.

También en esas primeras páginas conozco a todos los personajes que tendrán un papel, por pequeño que sea, en la novela. A unos los veo en detalle y a otros de pasada, pero todo el elenco ha salido a saludar antes de empezar la función. Pura técnica. Porque en esta novela hay mucha técnica narrativa, pero de la que no se ve. Hilvanes de los que desaparecen cuando nos vestimos con esta historia, pero que la sujetan sin fisuras.

Decía que las fotografías parecen estar tomadas al azar, pero sé que no es así. Sé que elige en qué momento hablarme de un pobre perro al que todos saludan y que va a terminar en una piscina de formol o cuándo mostrarme a un tipo trajeado, con mucho mejor aspecto que él, abandonando un hámster a escondidas, liberándolo para que muera, pero lejos de su vista. Porque los adultos, hasta los más respetables, a veces hacemos eso: desentendernos del dolor a base de alejarlo, taparnos los ojos para no verlo. Y Ari se queda mirando y maldiciendo a hombre del traje porque él tiene principios, los suyos, pero los tiene, los respeta y los defiende. Cada imagen está elegida, por eso cuando todos quieren que la vida sea de color de rosa y volver a la normalidad, se van a una estación de esquí donde el paisaje debería ser blanco y de postal, pero encuentran una montaña pelada y charcos sucios; por eso, cuando la vida le sonríe un poquito, solo un poquito, termina el invierno y comienza la primavera. Y por eso, cuando Ari va al cine a ver una película de Steven Seagal o de Van Damm, ni siquiera él lo recuerda, y el bueno se salva en el último minuto y se lleva a la chica y todo es perfecto, él se queda con la imagen de uno de los malos a los que un caimán le ha arrancado el brazo. Aparentemente al azar, sí. Pero cada imagen está donde tiene que estar y lanza un mensaje directo al subconsciente.

No quiero buscarle género o lectores. Solo pienso que al leerla con cuarenta y cinco años comprendemos a Ari y tememos por él, queremos que la vida le sonría un poquito o que espabile de una vez. Pero el lector de quince, de veinte años, tal vez se comprenda un poco mejor a sí mismo y piense. Solo eso. Que no es poco.

martes, 13 de mayo de 2014

No y yo, de Delphine de Vigan

Concha, una alumna con la que he coincidido varias veces en los últimos años, me preguntó la semana pasada si había leído No y yo. Ni siquiera había oído hablar de ese título ni de su autora, Delphine de Vigan (mea culpa). No me dijo de qué trataba ni qué opinaba sobre el libro, solo que le gustaría que lo leyese para hablar sobre él después. Y ahora que lo he leído, no sé exactamente qué voy a decirle. Que me ha impactado. Que me atrapó en la primera línea y no lo he soltado hasta llegar al final. Que me encantan las voces de narradores niños diferentes.

Lou es una chica de trece años, superdotada, que estudia con chicos dos años mayores que ella y vive con un padre estupendo y cargado de amor y paciencia y una madre que decidió desconectar del mundo el día que murió su bebé. Como si ser el cerebrito de la clase no fuese suficiente, Lou ha tenido que enfrentarse a la muerte de su hermana recién nacida y a una madre que está pero no está, que ocupa espacio, pero es mucho mayor el hueco que deja libre.

No consigue relacionarse con sus compañeros y no es porque la rechacen sino porque ella misma se siente incapaz de hablar, bailar o actuar como cualquier adolescente. Es que no es una adolescente, claro, es una niña. Muy lista, con una forma especial de ver el mundo, pero una niña. Su capacidad intelectual hace que analice todo desde un ángulo diferente. Colecciona cajas de productos congelados para comparar sus ingredientes, compara los avatares de la vida con la gramática, que está pensada precisamente para comprender el mundo que nos rodea. Y siente pánico cuando tiene que hablar en público. Por eso, la exposición oral que le encarga su profesor le parece un reto inalcanzable.

Decide hacer el trabajo sobre los sin techo y para ello se acerca a una chica de dieciocho años que vive en la calle. La estudia como hace con los congelados o con la gramática, pero las personas somos menos predecibles que una caja de comida o una sucesión de palabras.

A menudo, cuando veo una película o leo un libro, siento que me va a doler, que no me va a gustar lo que suceda. Que el chico no besará a la chica, papá no volverá con mamá, la policía no localizará al malo a tiempo de evitar una catástrofe. Así que, cuando Lou me cuenta que presintió el desastre como una bola que pinchaba en el centro de su estómago, sé perfectamente a qué se refiere. Lou consigue, antes de la mitad del libro, un estado de felicidad plena y eso me hace seguir leyendo con miedo porque sé que un bueno autor, y Delphine de Vigan es una buena autora, no llenaría cien páginas de imágenes felices sin un fin. Y aún así sigo leyendo, porque no sé cuán doloroso será y porque albergo la esperanza de haberme equivocado. Tensión. Eso les digo a mis alumnos, la clave para atrapar al lector radica en la tensión y las expectativas. No voy a contar qué he sentido al llegar a la última página, eso dejo que lo experimente cada lector, pero sí que esa bola con pinchos en el estómago no ha desaparecido hasta que he leído la última línea. No le sobra ni una palabra, la narradora no ha caído en la tentación de alargar el final para darme explicaciones innecesarias. Gracias, pequeña Lou.

En dos días veré a Concha de nuevo y hablaré con ella del libro. Sé que me preguntará si es literatura juvenil y aún no sé qué voy a contestarle. ¿La historia atraparía a un lector de catorce años? Sin duda. ¿Es creíble para un lector de catorce años? Sin duda. ¿Hay algo en el discurso de la narradora que un lector juvenil no entienda? Absolutamente no. ¿Por qué, entonces, lo dudo? Porque duele, porque esa bola de pinchos deja pequeñas cicatrices, porque tengo la mala costumbre, supongo que mi parte de madre asoma en esto, de procurar que los chavales no sufran innecesariamente. Es curioso, pero estos días he leído también Entre tonos de gris, de la que escribiré cuando me reponga, y me he hecho la misma pregunta.
Y ahora, leyendo todo lo que he escrito, digo que sí. Que es bueno que lo lean. Que está bien la literatura de entretenimiento, de historias maravillosas y plagadas de fantasía y amor, pero también es bueno saber que el mundo es un polígono de caras infinitas y no todas son del mismo color. Y que el libro compensa con creces esos arañazos que nos hace por dentro.

Gracias, Concha, por invitarme a leerlo.

miércoles, 30 de abril de 2014

Flores de sombra, de Sofía Rhei


Después de reclamar mi derecho a abandonar la lectura si un libro no me satisface y, gracias a ello, de haber abandonado cuatro o cinco libros en un par de semanas, me he topado con Flores de sombra, de Sofía Rhei y he hecho las paces con mi yo lector. No había leído nada de esta autora antes (ya me flagelo yo, tranquilos) pero me ha gustado su forma de escribir, su prosa nada artificial, su respeto por el lector y por la historia. Y me ha enganchado en las cinco primeras páginas. Y todo eso sin inventar la rueda, contando lo que otros han contado antes, recurriendo a estructuras que ya estaban en la literatura antes de que ella o yo naciésemos. Pero contándolo muy bien.

Pon a un adolescente caprichoso y egoísta en un mundo aburrido, gris, incómodo y dale una puerta a un mundo diferente, fantástico, en el que otros seres se juegan la vida, con un malo malísimo y un bueno que vive para los demás y es capaz de sacrificarse por el bien ajeno. Puede ser un armario, una cueva, un laberinto o un jardín alucinante. El resultado siempre será el mismo: el adolescente aprecia lo que tiene, deja de ser tan caprichoso, a veces incluso se enamora… Y, sobre todo, vive una aventura que lo cambia para siempre.

En Flores de sombra ese mundo mágico es tan atractivo que cualquier lector desearía encontrar la puerta por la que se accede. No recurre al imaginario de personajes fantásticos que todos conocemos, sino que crea los suyos y los presenta sin miedo, sin explicaciones innecesarias. Como deben presentarse, vaya. Y es valiente, porque no pretende que su aspecto los defina, no hay buenos guapos y malos feos, que es algo en lo que muchos escritores caen de manera inconsciente. De hecho, los buenos también son a veces egoístas o engañan para protegerse y los malos llegan a dudar o a cambiar de bando.

Tenía la sensación de que esta novela daba para mucho más y entonces he visto que hay una segunda parte. Cuando digo que daba para más quiero decir que hay hilos sin cerrar, elementos que me han llamado la atención y de los que después no he vuelto a saber nada. Son detallitos, pero tengo la mala costumbre de fijarme mucho en ellos. La protagonista y su madre viven en un caserón antiguo, destartalado, como las mansiones de las historias de miedo y encima la chica lo pinta de negro. Pero ya, no va a más. Un personaje dice a otro que siempre cocina los ingredientes de dos en dos y yo espero que eso quiera decir algo, que sea un rasgo de la cocinera que nos lleve a otro lugar. Pero no, en esta novela al menos, no.

En fin, que os recomiendo la lectura. Que apuesto mi hacienda a que no vais a abandonar.

lunes, 17 de marzo de 2014

Esquemas repetidos en LIJ (Las tejedoras de destinos)

Una sociedad futura donde unos pocos tienen el control sobre todos los demás. La pobreza, el hambre y la tiranía gobiernan. Y esos pocos que tienen el control eligen a una adolescente para participar en algo de lo que huiría si pudiera y que le cambiará la vida para siempre. Pero no puede huir, la amenaza contra su hermana pequeña sirve como acicate para que se porte bien. La televisión retransmite el proceso y hay que poner a la chica muy guapa para mantener al pueblo desinformado. De su aspecto se encarga un equipo de esteticistas. La trasladan a la capital, donde viven solo los poderosos, y la rodean de un lujo que ni quiere ni disfruta… ¿Los juegos del hambre? No. Las tejedoras de destinos.

Vale, reconozco que he hecho un poco de trampa al contarlo, pero así es como empieza este libro del que, por otra parte, tengo muy buena impresión. Las diez primeras páginas están tan bien hechas que invitan a seguir hasta la última. Saber que la protagonista tiene un don, un don que muchos ansían, pero que se ha pasado la vida entrenando para no mostrarlo, es un gran acierto. La voz de la narradora, en presente y primera persona, atrapa y la novela está escrita con corrección, sin caer en los tópicos y dando la información justa para que el lector no se desespere, pero para que necesite seguir leyendo. Dos chicos, una chica, unos padres que ocultan lo que son y se vuelcan para que su hija también lo haga (como en Cazadores de Sombras)… Todos los ingredientes que ya han funcionado en otras obras. ¿Por qué no?

En literatura, esto lo han dicho otros mucho más listos que yo, hay unos poquitos temas que se van repitiendo con planteamientos más o menos novedosos. Desde Romeo y Julieta se han escrito un millón de historias de amor prohibido y no por eso dejan de ser interesantes, si están bien contadas. En el caso de la literatura juvenil hay unos cuantos esquemas que se repiten y funcionan bien y esto, en principio, no tiene por qué ser negativo. Harry Potter repite el esquema de todas las novelas de internados con la novedad de la magia. Pero él no deja de ser una cenicienta moderna que hasta duerme debajo de la escalera. ¿Cuántos Peter Pan, Bella y Bestia, Cenicientas... tenemos en la literatura actual?

Si en un grupo más o menos homogéneo introducimoss un elemento discordante (sea un vampiro en un instituto, una humana en una familia de vampiros, una mortal en un grupo de cazadores de sombras, una chica con camisas enormes y adornos en el pelo, en una instituto de adolescentes cortados con un único patrón…) la historia empieza a contarse sola. Bueno, no. Sola no. La historia se puede contar bien o mal, caer en todos los tópicos o huir de ellos, presentar personajes planos y previsibles o por el contrario hacerlos llenos de ángulos, de dobleces. Humanos, vaya. Hasta los vampiros pueden ser muy humanos, dudar como dudamos, soñar, temer, amar como lo hacemos los humanos.

En el caso de Las tejedoras de destinos, no obstante, hay demasiados puntos en común con Los juegos del hambre y no todos ellos son imprescindibles. Las esteticistas, la televisión como vehículo de propaganda durante 24 horas al día, la obsesión de todos los personajes por mantener un aspecto juvenil… No es malo repetir esquemas que han funcionado a otros autores, el problema es que si se asemejan demasiado, las comparaciones son inevitables. Y al comparar también parece inevitable que haya un vencedor y un vencido.

La gran novedad de Las tejedoras de destinos, su apuesta arriesgada, es presentar una sociedad extremadamente machista donde los hombres dirigen, las mujeres trabajan para ellos y los niños viven separados de las niñas hasta que llega la edad de emparejarse. Incluso ese emparejamiento es tan aséptico, tan dirigido, que da grima. Las mujeres, como cabe esperar en una trama de buenos y malos, opresores y orpimidos, son en realidad importantísimas, imprescindibles en el entramado gubernamental y los hombres las subyugan por el miedo a que sean conscientes de su poder. El amor está prácticamente extinguido. Y digo que es una apuesta arriesgada porque ese planteamiento podría ganarse el aplauso del público femenino, pero también el rechazo del masculino. Afortunadamente, no es así. Algunos hombres, conscientes del error que supone su forma de vida, se erigen como protagonistas y eso hace que el componente de denuncia social no pese más que la historia. Además, las tramas de amor, culpabilidad, supervivencia, entrega y sacrificio sujetan la novela mucho más allá de esa intención de hacer al lector reflexionar sobre algo que se repite en todas las sociedades modernas en mayor o menor medida.

En resumen, recomiendo la lectura porque entretiene y está bien escrita. Pero aviso, para que nadie me regañe después, que los lectores de Los juegos del hambre pueden sentirse un poco defraudados.

jueves, 6 de marzo de 2014

Personajes homosexuales en LIJ

Me gusta encontrarme personajes homosexuales en los libros de literatura infantil y juvenil. Dicho así suena a estupidez, lo sé, a postureo, ahora que se lleva tanto esa palabra, pero intentaré explicarlo. No esperéis un artículo sobre la homosexualidad, los motivos para incluir o no personajes homosexuales en la LIJ, ni un análisis de todos los personajes. Eso ya lo ha hecho estupendamente David Lozano en su blog. Esto es solo una reflexión en voz alta. Y no soy de chillar mucho.

Me gusta la normalización, que el homosexual de una novela deje de ser el bicho raro para convertirse en uno más, con una vida, una historia, un conflicto al margen de su homosexualidad. Del mismo modo que aparecen blancos, negros, chinos o paquistaníes, sin que la diferencia de piel merezca una extensa reflexión, aplaudo la literatura que muestra a un adolescente homosexual sin dedicar un párrafo a explicar, o lo que es mucho peor, justificar, este hecho. La literatura no es exactamente igual que la vida, solo es algo que se parece a ella y a veces, solo a veces, es posible dar la vuelta y soñar con que la vida se parezca a la literatura, aunque solo sea por imitación.

Hay libros cuya temática es la homosexualidad que me han cautivado, como la maravillosa novela gráfica El azul es un color cálido o el álbum ilustrado Titiritesa. Pero no son esos los personajes de los que quiero escribir hoy. Son los secundarios que asoman la cabecita en tramas de otros los que me interesan. David, un estupendo secundario de Play, de Javier Ruescas, es homosexual. No lo esconde, no hace alarde de ello y aunque sus amigos lo saben no ha querido decírselo a sus padres. Pasada esta aclaración de cinco líneas, David es un amigo del protagonista que actúa como tal, que lo apoya o lo reprende, según el momento… Un personaje más. Me encanta que se aleje del personaje que reivindica la visibilidad, del narrador que afirma con rotundidad que todos los homosexuales deben sentirse orgullosos de serlo y gritarlo a los cuatro vientos, ese narrador que parece querer darnos lecciones de ética a los lectores y a la vez construir un manual de conducta para adolescentes homosexuales.
Decía que me gusta que se salgan del tópico, pero en el tópico está Fabián, de Ojos azules en Kabul, de Anabel Botella: un chico sensible, diseñador de ropa, amanerado y que constantemente hace comentarios sobre otros chicos (sobre todo si son guapos). Y también me encanta, me enamoré de él a las pocas líneas de haberlo conocido. En definitiva, lo que me gusta es que la literatura refleje un abanico de personajes tan amplio como las personas a las que intentan parecerse. No sé si es fácil o difícil ser homosexual y adolescente, no tengo ni idea. Supongo que depende de cada caso, de cada persona, de su familia, de sus amigos, de su entorno. Pero sobre todo de uno mismo. Y es genial que la literatura muestra también ese arco de realidades. El padre de Park, de Eleanor y Park, odia que su hijo se maquille los ojos, pero no es, como el chico cree, porque lo considere una nenaza, es que teme que lo machaquen. Me pongo en su lugar y yo también me moriría de miedo si creo que a uno de mis hijos lo pueden machacar por algo, sea por pintarse los ojos, tener el pelo de color diferente, no vestir como viste la mayoría, ser más alto o más bajo... Y aunque en este caso no se trata de un personaje homosexual, el miedo del padre a que lo tomen por tal es el escollo en la relación de ambos.

Hasta aquí he hablado de novelas realistas, pero no es el único género en el que aparecen personajes homosexuales. Ahí están los estupendos Magnus y Alec de Cazadores de Sombras. El uno ha superado hace cientos (literalmente) de años el complejo que pudiera ocasionarle ser homosexual. El otro, un cazador capaz de enfrentarse a vampiros y demonios, no se atreve a decirles a sus padres quién le gusta en realidad. O las chicas de Las tejedoras de destinos, enamoradas en un mundo que prohíbe la homosexualidad, que no quieren reivindicar nada ni encabezar ninguna revolución, solo se aman. Es un libro que presenta una sociedad exageradamente machista en la que las mujeres siempre trabajan al servicio de los hombres, tal vez por eso la autora ha elegido una relación lésbica. Son menos los casos de chicas en la literatura juvenil, no sé por qué. O yo me he topado con menos, quién sabe.

Desde el punto de vista narrativo, son personajes que dan mucho juego, además. Descartamos la posibilidad de un romance con el (o la) protagonista, como en el caso de Billie, la novela de Anna Gavalda, pero no nos priva de la relación de amistad entre chico y chica. Ni de sus formas de ver la vida, tan distintas.

Y por todo esto, me gusta que aparezcan personajes homosexuales en LIJ.

jueves, 13 de febrero de 2014

Ojos azules en Kabul

Hablar de Ojos azules en Kabul , de Anabel Botella, es hablar de dos novelas. No de una con dos partes, no. Dos novelas diferentes que comparten protagonista, pero ni siquiera son una continuación de la otra, tal como entendemos las series, porque el tono, el tratamiento del tema, los secundarios… todos los elementos que componen los dos libros son diferentes. Es solo que las han encuadernado juntas.

Si hubiera leído la segunda sin conocer la primera diría que es buena, una novela de juvenil bastante digna, con los temas, tópicos y personajes que se repiten en las historias que más demandan los lectores en la actualidad. Pero no pasaría de ahí, que no es poco. El problema es que sí he leído la primera y me da rabia que la segunda no esté a la misma altura. La parte que cuenta la vida de Saira de pequeña, en Kabul, es magistral. ¿Qué ocurre si eres niña, rubia y con ojos azules, en Kabul? Que tu vida es un infierno. Esta novela duele, revuelve las tripas y te deja horas pensando cada vez que cierras el libro.

Los personajes, tanto la protagonista como los secundarios, son profundos, complejos y muy humanos, muchísimo. ¿Se puede sentir cierta paz cuando una bomba estalla junto a un grupo de niños? Hace una semana habría dicho que no. Después de conocer a los chicos a los que les estalla esa bomba digo que sí. Lo digo en bajito, porque suena a barbaridad, pero es que la protagonista ha conseguido que me meta tanto en su piel, que sienta tanto miedo, que esa bomba solo compensa un poquito el horror que ella ha vivido.

El narrador de esta historia se mantiene firme sobre Saira, la niña de ojos azules, tan firme que a veces creo que estoy leyendo una narración en primera persona. Solo hacia el final de esta primera parte, cuando aparecen los militares españoles, el narrador pierde un poco ese punto de vista y se permite la omnisciencia sobre otros personajes para darle cierto protagonismo a una de las doctoras españolas de la expedición. Posiblemente no era necesario, pero tampoco molesta y es una buena forma de dar paso a un personaje que sí será importante en la segunda novela.

No escatima la autora en recursos estilísticos propios de la buena literatura. Una bruma que se disipa y deja ver el sol justo cuando parece que la vida de la chica va a cambiar; sonidos, colores, sabores y olores que transportan al lector a un mundo que no conoce y que, sin embargo, no extraña. La comida ocupa un lugar importantísimo en el libro, como debe de ocuparlo en la cultura que refleja. No solo por el hambre sino por el significado que tiene para los personajes. Cuando Saira quiere hacer un regalo no encuentra nada mejor que unas almendras, una naranja o una chocolatina. La misma chocolatina que no se atreverá a comer más tarde porque la culpa la atenaza. El narrador podría haberse hartado a decirme que la niña se sentía culpable o triste, pero verla sentada a los pies de una cama durante horas con una chocolatina en la mano, cuando sé el hambre que ha pasado, borra de un plumazo la necesidad de cualquier otra explicación.

Echo en falta que el final de esta primera historia se hubiera alargado más, que no fuera tan precipitado. De nuevo, es la segunda novela la que justifica que se cierre tan bruscamente para poder enlazar ambos libros. Lo que no vemos en el final de la primera lo veremos después, en el arranque de la segunda.

No suelo llorar con los libros, y he llorado. No suelo pasarme de parada en el autobús, y me he pasado. No suelo releer páginas ya leídas, y lo he hecho. Y ahora tengo una especie de vacío, ese vacío que dejan los buenos libros, que hace que no me apetezca leer nada en un par de días. Ahora toca paladearlo.

lunes, 10 de febrero de 2014

Billie, de Anna Gavalda

Dudaba si traer este libro aquí, a un blog de literatura infantil y juvenil. Mil millones de veces, como poco, me han oído mis alumnos decir que un protagonista infantil no equivale a una historia infantil y que pasa lo mismo con los adolescentes. Pero es que la historia de Billie y Franck reivindica a los adolescentes que no escriben frases románticas en los puentes, que no regalan rosas, que no se besan con una puesta de sol a las espaldas. Y que, aún así, luchan por ser felices. La historia de Billie y Franck nos cuenta que la vida a los quince años puede ser un asco y que la mayoría de las veces no hay una escena romántica que lo arregle todo y aun así hay que seguir viviendo. Sí, definitivamente creo que muchos adolescentes apreciarán esta novela.

No me gusta que un libro lleve por título un nombre propio, porque no me dice nada. Pero después de leerlo sé que no había otro posible. Como Matilda, de Roald Dahl, porque su protagonista lo es todo. Cuenta sus acciones, sus decisiones, sus errores y sus aciertos. Pero el libro es Billie. Como pocas veces pasa, la voz de la narradora está por encima de la historia que cuenta, no al lector, sino a una estrella. Porque la novela empieza con la chica y su amigo tirados en mitad de un bosque, él herido grave y ella muerta de miedo. Una escena que no podía ser más estática y a la que la narración vuelve una y otra vez, para que no se nos olvide, y en la que apreciamos un mínimo gesto, el movimiento de un brazo, un mano que responde a un apretón como avance narrativo. Mientras pasa la noche, Billie va recordando la vida de los dos en voz alta, para que la buena estrella que tiene que protegerlos lo oiga y se dé cuenta de que vale la pena volverlos a salvar. Y yo mientras quiero decirle a la estrella que sí, que les dé otra oportunidad, que si no ve que se lo han ganado.

Habla y habla, más con ella misma que con la estrella. Cuenta que el nombre de ambos, Franck y Billie, se lo deben a la música y las canciones no desaparecen ya en el resto del libro. Como buen monólogo la historia nos llega de forma un poco caótica, a base de imágenes sueltas, de escenas elegidas que resumen años de amistad. Pero el chico está inconsciente y ella no quiere vivir sin él. He ahí la tensión: Billie se dejará morir si él no despierta al amanecer. No lo dice, al menos no explícitamente, pero yo lo sé, he notado la decisión en su voz. Me preocupaba un poco, porque a las pocas páginas ya quería que el libro me gustase, que se parecía bastante a una historia de amor mil veces contada, pero entonces Billie me ha dicho que Franck es homosexual. Chapó por la autora que no va a lo fácil, que no quiere lectores adivinos que saben desde la primera línea cómo acabará el libro.

Unas veces elige la primera persona, otras la segunda, a veces incluso el formato teatral. Pero cada uno de estos giros está justificado, a veces incluso explicado. Y apela a mi memoria, a las canciones que conozco, a los libros que he leído (Peter Pan, El Principito) y a los que no: Con el amor no se juega, del francés Alfred de Musset. Es, de hecho, esta obra teatral del Romanticismo la que da un hilo a la narración caótica de la protagonista.

No quiero contar nada, no quiero destripar nada. Solo señalar que la voz de la narradora hace que merezca la pena leer el libro, que hubiera sido fácil recrearse en las partes más oscuras de la vida de la protagonista y apelar a la fibra sensible del lector, pero no lo hace. Que aparecen candados cerrados en un puente, con las iniciales escritas, pero ningún lector va a ir corriendo a poner su propio candado cuando termine la novela. Como mucho, hará como yo: buscar información sobre el libro y después sobre la autora, comprobar si Alfred Musset existe y si escribió la obra de teatro romántica Con el amor no se juega. Y venir a lamentarse después por no haber leído nada de Anna Gavalda antes.

jueves, 6 de febrero de 2014

Mi verano pirata


La primera vez que leí La isla del tesoro no tendría más de doce años. Era verano y las tardes se hacían eternas así que hurgué por la biblioteca de mi padre hasta que di con un título interesante. Era un libro pequeño, de papel fino y dibujos a una tinta. Me enganché a aquel libro y pasé el mes de agosto oteando el horizonte sobre el mar por si veía llegar un barco con la bandera negra izada. Lo leí varias veces en un mes, aprovechando cualquier luz, cualquier hueco en una agenda plagada de ellos, en siestas que odiaba fingir o noches de poco sueño. Aquel mismo mes de agosto pusieron en televisión un par de películas de Errol Flint y las vi sin pestañear. Decidí, en definitiva, que quería ser pirata. No me convencía el papel de damisela salvada de los corsarios ni el de buen chico que resuelve toda la aventura. Quería vestir pantalones rotos, llevar espada, tener mi propio barco –que podía ser goleta, navío, velero, izar velamen o jarcias y mil palabras más que yo desconocía pero olían siempre, como las quisquillas que mi madre preparaba, a mar-, quería llevar un ojo tapado y tener un loro que repitiera palabras malsonantes, descubrir tesoros, caminar por la tabla y salvarme a última hora… Fue mi verano pirata y no creo que en otro haya volado tan lejos con tan pocos medios.

Aproveché la gran biblioteca de mi padre para viajar de polizón, para ser capitán de 15 años, para perderme en una isla tras un naufragio y para robar mil tesoros. Pero ninguno de esos libros me impactó tanto como el de Stevenson.

Hoy, más de treinta años después, he vuelto a encontrarme con el pequeño Jim. Sin prestar atención a la biblioteca de mi padre me he comprado una edición que se vende como lujosa, con tapas duras, papel de al menos cien gramos y algo satinado y láminas a todo color. Promete ser la versión íntegra, ni adaptada ni versionada, cito textual. Me he lanzado sobre el ejemplar buscando aquel verano de mañanas mirando al mar, jugando en las dunas y fabricando parches con cartón y goma. Y me he dado cuenta de que los recuerdos son bellos porque son recuerdos y que, con cuarenta y cuatro años a las espaldas y muchas más lecturas que entonces, he perdido en parte la capacidad de convertirme en pirata.

No hay mapa en mi edición de lujo. No hay isla con cruces marcadas, ni Catalejo, ni Árbol alto. ¡No hay mapa! Los dibujos elaborados y a todo color no se corresponden con el texto y palabras como turgente velamen, incorrecciones gramaticales, repeticiones y hasta rimas internas me hacen plantearme si merece la pena seguir leyendo.  Ignoro si en la versión de mi infancia el Squire era el Squire o el Escudero, pero hasta esa palabra sin traducir me ha disgustado.

Pero, para ser justos, tengo que confesar que la historia me ha enganchado casi tanto como entonces aún a pesar de saber lo que iba a pasar después. Los personajes se ajustan al estereotipo de novela de piratas clásica en la que los corsarios tienen cicatrices, malas intenciones, patas de palo y un loro que repite palabras malsonantes, beben ron y son supersticiosos. El caballero inglés que capitanea la expedición es noble, inteligente, valiente y fiel. El joven Jim es un héroe que ni siquiera sabe lo importante que es. Todos ellos son personajes imprescindibles que cumplen una función y sin los que la aventura no se habría desarrollado en los mismos términos.

El misterio se va dosificando de forma que cada capítulo aclara un poco las tramas anteriores pero complica las futuras. John Silver parece, desde el principio, el pirata de una sola pierna que tanto temía el viejo capitán pero es tal su actitud que el lector duda de su maldad y casi se siente culpable por haberlo juzgado mal. Del mismo modo que el capitán Smollet resulta antipático pero nos hace mirar con lupa a todos los marineros. Desde la primera página el autor nos va adentrando en un mundo de piratas pero no sabemos cómo llegará la aventura en el mar hasta que aparece el mapa. Luego ya se suceden los detalles propios de este tipo de novelas sin escatimar ninguno. Bandera negra con calavera, cañones, supersticiones, la mancha negra, el tesoro... pero sin que en ningún momento dé la sensación de que se ha traído por la fuerza uno solo de esos detalles.

Parte la novela de un clásico: el protagonista que escribe la historia tal y como la recuerda. Pero este tipo de narrador supone un problema porque no puede conocer aquellas partes en las que no ha estado presente. Y Stevenson lo resuelve con varios narradores, con la intervención del doctor Livesey contado en un par de capítulos lo que el joven Jim no había presenciado. Además, puntualmente el narrador incluye comentarios sobre la información que no puede dar ya que aún quedan riquezas en la isla, haciendo con ello al lector cómplice. El protagonista es un niño cualquiera que se ve inmerso por casualidad en toda la aventura. Incluso una vez embarcado, descubre las intenciones de Silver por mera casualidad, consigue deshacerse del marinero que va a acabar con su vida por un golpe de mar (y de suerte)... Es decir, no es su intención la de ser un héroe o un aventurero sino que el destino le va llevando a ello.

Si esta novela es de viajes o de aventura es una pregunta que no sé responder porque recoge los ingredientes principales de ambos géneros. El viaje se prepara y se cuentan los preparativos, tiene un fin que se consigue y compensa el sufrimiento de los viajeros. Pero no cabe duda de que es una aventura increíble llena de acción, peligro, suspense y misterio. Stevenson supo mezclar todos los géneros y convertir su novela en una historia muy atractiva. Tampoco tiene sentido preguntarse si está escrita para niños porque es uno de esos pocos libros que pueden atrapar por igual a chicos y grandes sin que ninguno de ellos sienta que se está metiendo en terreno ajeno.

No me he sentido pirata, no he fingido tener una espada ni me he cubierto un ojo con un parche casero. Pero he disfrutado. Y cuando un libro nos hace disfrutar, merece un agradecimiento. Gracias, señor Stevenson, una vez más. 

miércoles, 29 de enero de 2014

Del XIX al XXI, con permiso de Verne



En las últimas semanas he leído dos novelas ambientadas en el siglo XIX y he descubierto que tienen muchos más puntos en común que la época en la que se desarrollan. En ambos casos son novelas muy bien recibidas por los lectores, lo que me lleva a pensar que tal vez sus autores han encontrado algunas claves para satisfacernos. Se trata de La carrera de Inglaterra, de Ana Campoy, y La isla de Bowen, de Cesar Mallorquí.
No esperéis una reseña de cada una de las novelas, este artículo es solo una reflexión en voz alta sobre esos puntos comunes.

Cuando en una novela aparece un personaje femenino que actúa movido por el convencimiento de que entre ella y los hombres no hay diferencia, se gana mi afecto. Del mismo modo que cuando al personaje se le llena la boca defendiendo la igualdad, pero luego pasa las tardes esperando que su príncipe azul venga a rescatarla, me empuja a abandonar la lectura. En el siglo XIX la desigualdad era la base de la convivencia, pero estos libros presentan a unas mujeres que creen que el cambio es posible. Lo que me encanta de ellas es que no se limitan a creerlo, lo llevan a la práctica. Es posible que el mejor piropo que haya recibido jamás la señora Fogart, de La isla de Bowen, sea el que le dedica el profesor Zarco cuando le dice que es como un hombre, aunque hoy nos suene machista y estúpido. Como nos parece increíble que la joven Amanda Preston, de La carrera de Inglaterra, no pueda entrar a un pub sin un hombre que la acompañe.

Tanto Ana Campoy como César Mallorquí han incluido en sus novelas personajes reales mezclados con los de ficción. Esto, junto con el continuo goteo de acontecimientos que conocemos por la Historia, hace que no pongamos en duda la veracidad del resto de personajes o hechos, creados por la imaginación de los autores. La isla de Bowen da un paso más en esta mezcla y nos convence de que el capitán Nemo existió. En cambio, cuando habla de las novelas de Verne, se las atribuye a «un autor francés», aunque sí toma prestado el apellido del escritor para uno de los personajes más importantes de la novela. Como un juego de cuerdas anudadas, Verne, Conan Doyle, Nemo, Enzo Ferrari y un sinfín de personajes más se van trenzando con los verdaderos protagonistas de las historias, creando la sensación en el lector de que todos ellos son igualmente reales. No olvidemos que, en el caso de La carrera de Inglaterra, los protagonistas son los niños Alfred Hitchcock y Agatha Christie.

La labor de documentación para escribir tanto una novela como la otra ha debido de ser enorme, lo que también abunda en beneficio de la verosimilitud. Siempre he defendido que el fin del libro es el entretenimiento y no la formación, pero si además aporta conocimientos sobre Historia, Geografía o Química, sin que parezca que estamos estudiando una lección, bienvenidos sean. Grandísimo acierto el anexo final de la novela de Ana Campoy titulado «Sabías que...?», en el que se explica cuáles de esos datos presentados son reales y cuáles no. O el de la novela de César Mallorquí en el que explica cuánto hay de Verne en su obra y por qué. Igual es mi naturaleza cotilla, pero me encantan estas explicaciones.

No soy demasiado aficionada a las novelas de misterio, pero esta vez (estas dos veces) me he dejado atrapar por la buena distribución de los pequeños misterios que van resolviendo los personajes. Antes de que sepamos quién ha dejado una pista a los dos niños investigadores de La carrera de Inglaterra, ya estamos intentando averiguar el significado de unas iniciales en un bastón. Antes de que descubramos la composición del fragmento metálico que el señor Fogart ha enviado a su esposa, ya queremos descubrir qué significan unas letras y números que ha dejado por escrito a la atención del profesor Zarco. En resumen, cada pequeño misterio se resuelve justo después de que nos hayan presentado el siguiente, lo que hace imposible dejar la lectura.

Ana Campoy elige a Agatha Christie, escritora, como protagonista; César Mallorquí homenajea a Julio Verne, escritor también. Pero ninguno de los imita el estilo de estos dos grandes del siglo XIX, aunque sí dejan que sus novelas se empapen un poquito de ese tono arcaizante, de esos narradores omniscientes y, única pega que les pongo a los dos libros, de esos principios lentos tan comunes en las obras de misterio y ciencia ficción de la época. La necesidad de presentar a los personajes, las circunstancias que los han llevado hasta donde están, los antecedentes sin los que no entenderíamos la trama y sin los que la resolución del misterio se quedaría coja, hacen que el libro cobre más interés después de un buen montón de páginas. Pero asumo que esto es más un problema del lector (yo) que del libro. Ya lo he dicho, no soy demasiado aficionada a los géneros de misterio y ciencia ficción.

Me gusta que un libro me sorprenda, que me dé más de lo que espero de él. En los dos casos esperaba mucho y aun así, me han sorprendido. O dicho de otra manera: lector, ¿vas a perdértelos?

lunes, 20 de enero de 2014

Primera publicación de Isaura Lee: "Todo empezó sin querer"

Hace aproximadamente dos años, cuatro escritores nos unimos para trabajar en equipo. Hemos realizado talleres, encuentros... y unos cuantos proyectos literarios. El primero de ellos acaba de salir a la calle y estamos encantadísimos de presentarlo en sociedad y, de paso, dar la bienvenida a Isaura Lee, nombre tras el que nos refugiamos Ana Campoy, Javier Fonseca, Raquel Míguez y yo.

Se trata de un cuento, un vídeo y una serie de talleres patrocinados por el Ayuntamiento de Fuenlabrada dentro de la campaña europea antirrumores, para prevenir las actitudes racistas y xenófobas. Ha sido un placer trabajar además con Mar Blanco, ilustradora, Ismael Pantaleón, en el montaje, y Francisco Poveda, la voz.

Con todos vosotros, Isaura Lee y Todo empezó sin querer.

domingo, 12 de enero de 2014

Haciendo las paces con el siglo XXI

Cuando hablo a mis alumnos de la forma de narrar del siglo XX, suelo compararla con las novelas del XIX, con esos textos en los que el lector no ponía nada de su parte porque todo se lo daba hecho el narrador. Me paso el tiempo pidiéndoles que no expliquen, que apelen a la inteligencia del lector y que confíen en él, en su capacidad para entender, para ver, para completar. Supongo que me hago vieja y que el siglo XXI me ha pillado desprevenida, pero seguir hablando del siglo XX como lo más actual se ha quedado definitivamente obsoleto. Así que, pese a mi oposición a integrar la tecnología y la narrativa, he leído Pulsaciones, de Javier Ruescas y Francesc Miralles. Debo confesar que, además de movida por la curiosidad, me empujaba el convencimiento de que en un par de horas podría constatar que el código natural de la narrativa no es el mensaje instantáneo. Más o menos como cuando los abuelos dicen que como la música de su época, ninguna y que los melenudos de ahora no saben cantar.

La novela, se haya escrito cuando se haya escrito, respeta unas normas desde que Cervantes escribió el Quijote. El protagonista tiene un deseo, algo se opone a ese deseo y de esa oposición nace el conflicto. El lector debe ver cómo ese protagonista actúa para resolver su conflicto, qué decisiones toma y, sobre todo, cómo le afectan. He leído novelas de juvenil en las que los protagonistas pasan mucho tiempo frente a una pantalla de ordenador, chateando, y siempre me han resultado frías, estáticas. Muy actuales, escritas por autores que conocen el medio, pero que no consiguen que empatice con el personaje. Y resulta que, primera sorpresa, en un puñado de mensajes ya me había puesto en el lugar de Eli, sabía cómo se sentía y quería conocer su historia.

Pero al lector, esto también se lo digo mucho a mis alumnos, hay que prepararlo para el final, no podemos “entretenerlo” durante doscientas páginas para hacer aparecer un final impredecible, como el mago que saca un conejo blanco de una chistera. Si un personaje va a tener un papel importante en el desenlace, es imprescindible haberlo presentado antes; si un objeto es necesario para resolver el misterio, no es bueno mantenerlo oculto. También en esto acierta Pulsaciones, aunque el final, para mí, no está a la altura del resto de la novela, pero esto es algo a lo que no voy a entrar porque desvelaría información de la historia.

Cada personaje debe tener su propia voz. Ante la ausencia de narrador, se vuelve aún más importante que podamos identificar a los protagonistas, a los secundarios y a cualquier personaje que aparezca no solo por lo que dice sino también por cómo lo dice. En Pulsaciones unos personajes escriben con corrección, con todas las letras, los signos ortográficos, las tildes y un vocabulario cuidado y otros se dejan llevar por las abreviaturas, la escritura fonética, las exclamaciones e interrogaciones de cierre, pero no de apertura y todos esos recursos de economía de la comunicación que nos ponen los pelos de punta a los puristas del idioma. Y aquí aparece la primera duda. ¿Es creíble que alguien escriba con tanta corrección en un programa de mensajería instantánea? Yo me lo creo, sin lugar a dudas, porque así es como yo escribo mis mensajes. Pero, para todos esos otros lectores que no lo hacen, en la primera página se detalla el funcionamiento del programa y se dice:
No existe límite de caracteres en los mensajes, por lo que las abreviaciones ¡han dejado de ser necesarias!
Como en muchas otras novelas, el lector debe establecer un pacto con el texto al empezar: “Me creo que tus personajes, los principales al menos, son de los que escriben con corrección si les das la oportunidad”. Una vez establecido este acuerdo, yo he entrado a la historia, a los personajes y a sus voces sin poner ni una sola pega a la verosimilitud.

No cabe duda de que los autores conocen a los adolescentes, su forma de hablar, sus expresiones hechas, cómo piensan y lo apasionados que pueden llegar a ser. Tal vez echo un poco en falta esa pasión poco racional que sí veo en los adolescentes reales, pero todos los personajes me resultan perfectamente creíbles. Y vuelvo a pensar en mis alumnos y en todas las veces que les digo que tienen que documentarse, conocer al lector, conocer a los personajes. No son un puñado de mensajes, no es lo que encontraría si cotilleo el teléfono de uno de mis hijos, pero sí lo parece. Porque la literatura imita la vida, pero no la reproduce, porque la vida está cargada de momentos vacíos y de conversaciones aburridas.

He visto en las redes sociales muchos mensajes diciendo lo poco que habían tardado los lectores en terminar de leerlo. Y sí, son pocas páginas, textos muy cortos, muy ágiles. En un par de horas puedes dar cuenta de esta historia, pero ¿tiene sentido? ¿Tiene sentido consumir la historia con prisa, solo por saber qué va a pasar al final? Supongo que depende de lo que esperas cuando lees el primero de los mensajes que forman la novela. Yo no quiero solo una historia sino disfrutar de cómo se ha construido, buscar el número de pulsaciones de cada día, por qué un personaje pulsa cien veces una tecla y solo envía un mensaje de tres palabras, imaginar lo que ha borrado, fijarme en la hora de cada mensaje para saber si es hora de estar despierto o dormido, porque no es lo mismo un saludo a las seis de la tarde que a las tres de la mañana. Estos detalles pueden no tener significado y entonces sobrarían en el libro o pueden tenerlo, y entonces hay que disfrutar de ellos. A cualquiera que decida leer esta novela le recomiendo calma, paciencia. El final llega, pero es mejor saborear lo que hay antes.

La ausencia de narrador podría ser un serio problema. El lector tiene que estar informado y, si los personajes se cuentan entre ellos lo que el lector necesita saber, los diálogos resultan poco naturales, demasiado informativos. Pero estos personajes dicen lo justo y son hábiles contándonos lo que ha pasado. En las primeras páginas la protagonista escribe:
Despierta… ¡Y con móvil nuevo! He tenido que caer en coma para que mis padres escucharan mis plegarias.
Así, en pocas palabras, acabamos de saber que ha estado en coma, que acaba de salir de él, que sus padres son estrictos con la tecnología o al menos no demasiado dadivosos, y que el móvil desde el que escribe es nuevo, por si más adelante hubiera que justificar la falta de algún dato, de alguna imagen, de algo que estuviera en el teléfono anterior. Cada personaje se convierte en un mini narrador, en una fuente de información. ¿Cómo explicar que dos amigas de la protagonistas, que no se conocen, se han encontrado al fin y se todo ha ido perfectamente? Eli no puede contárselo a nadie sin que nos resulte forzado, pero si Marion, una de las chicas, escribe:
Me ha encantado Sue, díselo de mi parte.
ya está todo dicho. Apelo, lo decía antes, al lector inteligente, al que tiene que completar la parte de la historia que el narrador no le da. En este libro me he pasado horas (yo no he tardado dos horas en leerlo porque me he entretenido en analizarlo) completando, imaginando a los personajes, visualizando cómo Eli lee y relee los mensajes de Phoenix. Y nadie me ha dicho que lo haga, hasta las páginas finales, pero lo sé, sé por cómo escribe y por las cosas que escribe, que lo hace. Porque yo también lo haría.

También los gestos de los personajes, el tono de su voz, hacia dónde dirigen la mirada nos dicen mucho de ellos en otras novelas. Aquí son los silencios, las desconexiones repentinas y los cambios de tema los que nos cuentan veladamente cómo se sienten los personajes.

Para que el lector sienta deseos de seguir leyendo hay que darle un motivo, el libro debe provocar en él el deseo de conocer qué va a pasar más adelante. Eli se despierta del coma, saluda a su amiga, ha perdido parte de los recuerdos… pero todo esto no parece que vaya a tener el tirón suficiente para mantenernos enganchados hasta que sabemos lo último que recuerda, una frase pronunciada a su espalda. Solo una voz, no una cara puesto que no lo tiene delante, que dice:
No te puedo devolver la canción, pero puede mostrarte cómo danzan los peces.
¿Quién no querría saber de dónde vienen esas palabras y, sobre todo, qué significan? Vale, es demasiada casualidad que sea esa la última frase que recuerda y no un “aparta, que voy a pasar”, pero no me molesta en exceso hacer esa concesión a la novela y le reconozco la efectividad.

Conocedores de quiénes leen sus libros, los autores saben que a los adolescentes les gusta volcar en las redes sociales citas que han leído. En Pulsaciones hay unas cuantas frases de pocos caracteres que supongo que se irán repitiendo de perfil en perfil hasta perder el origen. Yo he seleccionado la mía:
A veces confundimos querer estar solos con la necesidad de estar con la persona adecuada.
No es casual que sea esta la que más me gusta, pero no quiero dar los motivos para no desvelar (más) sobre la historia.

En definitiva, Pulsaciones me ha obligado a hacer las paces con el siglo XXI, me demuestra que hasta un código aparentemente frío y en las antípodas de la narrativa puede contar una historia interesante. Y que la profesionalidad del escritor es la que hace la diferencia entre un intento facilón de congraciarse con los adolescentes utilizando sus códigos y la literatura.