miércoles, 29 de enero de 2014

Del XIX al XXI, con permiso de Verne



En las últimas semanas he leído dos novelas ambientadas en el siglo XIX y he descubierto que tienen muchos más puntos en común que la época en la que se desarrollan. En ambos casos son novelas muy bien recibidas por los lectores, lo que me lleva a pensar que tal vez sus autores han encontrado algunas claves para satisfacernos. Se trata de La carrera de Inglaterra, de Ana Campoy, y La isla de Bowen, de Cesar Mallorquí.
No esperéis una reseña de cada una de las novelas, este artículo es solo una reflexión en voz alta sobre esos puntos comunes.

Cuando en una novela aparece un personaje femenino que actúa movido por el convencimiento de que entre ella y los hombres no hay diferencia, se gana mi afecto. Del mismo modo que cuando al personaje se le llena la boca defendiendo la igualdad, pero luego pasa las tardes esperando que su príncipe azul venga a rescatarla, me empuja a abandonar la lectura. En el siglo XIX la desigualdad era la base de la convivencia, pero estos libros presentan a unas mujeres que creen que el cambio es posible. Lo que me encanta de ellas es que no se limitan a creerlo, lo llevan a la práctica. Es posible que el mejor piropo que haya recibido jamás la señora Fogart, de La isla de Bowen, sea el que le dedica el profesor Zarco cuando le dice que es como un hombre, aunque hoy nos suene machista y estúpido. Como nos parece increíble que la joven Amanda Preston, de La carrera de Inglaterra, no pueda entrar a un pub sin un hombre que la acompañe.

Tanto Ana Campoy como César Mallorquí han incluido en sus novelas personajes reales mezclados con los de ficción. Esto, junto con el continuo goteo de acontecimientos que conocemos por la Historia, hace que no pongamos en duda la veracidad del resto de personajes o hechos, creados por la imaginación de los autores. La isla de Bowen da un paso más en esta mezcla y nos convence de que el capitán Nemo existió. En cambio, cuando habla de las novelas de Verne, se las atribuye a «un autor francés», aunque sí toma prestado el apellido del escritor para uno de los personajes más importantes de la novela. Como un juego de cuerdas anudadas, Verne, Conan Doyle, Nemo, Enzo Ferrari y un sinfín de personajes más se van trenzando con los verdaderos protagonistas de las historias, creando la sensación en el lector de que todos ellos son igualmente reales. No olvidemos que, en el caso de La carrera de Inglaterra, los protagonistas son los niños Alfred Hitchcock y Agatha Christie.

La labor de documentación para escribir tanto una novela como la otra ha debido de ser enorme, lo que también abunda en beneficio de la verosimilitud. Siempre he defendido que el fin del libro es el entretenimiento y no la formación, pero si además aporta conocimientos sobre Historia, Geografía o Química, sin que parezca que estamos estudiando una lección, bienvenidos sean. Grandísimo acierto el anexo final de la novela de Ana Campoy titulado «Sabías que...?», en el que se explica cuáles de esos datos presentados son reales y cuáles no. O el de la novela de César Mallorquí en el que explica cuánto hay de Verne en su obra y por qué. Igual es mi naturaleza cotilla, pero me encantan estas explicaciones.

No soy demasiado aficionada a las novelas de misterio, pero esta vez (estas dos veces) me he dejado atrapar por la buena distribución de los pequeños misterios que van resolviendo los personajes. Antes de que sepamos quién ha dejado una pista a los dos niños investigadores de La carrera de Inglaterra, ya estamos intentando averiguar el significado de unas iniciales en un bastón. Antes de que descubramos la composición del fragmento metálico que el señor Fogart ha enviado a su esposa, ya queremos descubrir qué significan unas letras y números que ha dejado por escrito a la atención del profesor Zarco. En resumen, cada pequeño misterio se resuelve justo después de que nos hayan presentado el siguiente, lo que hace imposible dejar la lectura.

Ana Campoy elige a Agatha Christie, escritora, como protagonista; César Mallorquí homenajea a Julio Verne, escritor también. Pero ninguno de los imita el estilo de estos dos grandes del siglo XIX, aunque sí dejan que sus novelas se empapen un poquito de ese tono arcaizante, de esos narradores omniscientes y, única pega que les pongo a los dos libros, de esos principios lentos tan comunes en las obras de misterio y ciencia ficción de la época. La necesidad de presentar a los personajes, las circunstancias que los han llevado hasta donde están, los antecedentes sin los que no entenderíamos la trama y sin los que la resolución del misterio se quedaría coja, hacen que el libro cobre más interés después de un buen montón de páginas. Pero asumo que esto es más un problema del lector (yo) que del libro. Ya lo he dicho, no soy demasiado aficionada a los géneros de misterio y ciencia ficción.

Me gusta que un libro me sorprenda, que me dé más de lo que espero de él. En los dos casos esperaba mucho y aun así, me han sorprendido. O dicho de otra manera: lector, ¿vas a perdértelos?

lunes, 20 de enero de 2014

Primera publicación de Isaura Lee: "Todo empezó sin querer"

Hace aproximadamente dos años, cuatro escritores nos unimos para trabajar en equipo. Hemos realizado talleres, encuentros... y unos cuantos proyectos literarios. El primero de ellos acaba de salir a la calle y estamos encantadísimos de presentarlo en sociedad y, de paso, dar la bienvenida a Isaura Lee, nombre tras el que nos refugiamos Ana Campoy, Javier Fonseca, Raquel Míguez y yo.

Se trata de un cuento, un vídeo y una serie de talleres patrocinados por el Ayuntamiento de Fuenlabrada dentro de la campaña europea antirrumores, para prevenir las actitudes racistas y xenófobas. Ha sido un placer trabajar además con Mar Blanco, ilustradora, Ismael Pantaleón, en el montaje, y Francisco Poveda, la voz.

Con todos vosotros, Isaura Lee y Todo empezó sin querer.

domingo, 12 de enero de 2014

Haciendo las paces con el siglo XXI

Cuando hablo a mis alumnos de la forma de narrar del siglo XX, suelo compararla con las novelas del XIX, con esos textos en los que el lector no ponía nada de su parte porque todo se lo daba hecho el narrador. Me paso el tiempo pidiéndoles que no expliquen, que apelen a la inteligencia del lector y que confíen en él, en su capacidad para entender, para ver, para completar. Supongo que me hago vieja y que el siglo XXI me ha pillado desprevenida, pero seguir hablando del siglo XX como lo más actual se ha quedado definitivamente obsoleto. Así que, pese a mi oposición a integrar la tecnología y la narrativa, he leído Pulsaciones, de Javier Ruescas y Francesc Miralles. Debo confesar que, además de movida por la curiosidad, me empujaba el convencimiento de que en un par de horas podría constatar que el código natural de la narrativa no es el mensaje instantáneo. Más o menos como cuando los abuelos dicen que como la música de su época, ninguna y que los melenudos de ahora no saben cantar.

La novela, se haya escrito cuando se haya escrito, respeta unas normas desde que Cervantes escribió el Quijote. El protagonista tiene un deseo, algo se opone a ese deseo y de esa oposición nace el conflicto. El lector debe ver cómo ese protagonista actúa para resolver su conflicto, qué decisiones toma y, sobre todo, cómo le afectan. He leído novelas de juvenil en las que los protagonistas pasan mucho tiempo frente a una pantalla de ordenador, chateando, y siempre me han resultado frías, estáticas. Muy actuales, escritas por autores que conocen el medio, pero que no consiguen que empatice con el personaje. Y resulta que, primera sorpresa, en un puñado de mensajes ya me había puesto en el lugar de Eli, sabía cómo se sentía y quería conocer su historia.

Pero al lector, esto también se lo digo mucho a mis alumnos, hay que prepararlo para el final, no podemos “entretenerlo” durante doscientas páginas para hacer aparecer un final impredecible, como el mago que saca un conejo blanco de una chistera. Si un personaje va a tener un papel importante en el desenlace, es imprescindible haberlo presentado antes; si un objeto es necesario para resolver el misterio, no es bueno mantenerlo oculto. También en esto acierta Pulsaciones, aunque el final, para mí, no está a la altura del resto de la novela, pero esto es algo a lo que no voy a entrar porque desvelaría información de la historia.

Cada personaje debe tener su propia voz. Ante la ausencia de narrador, se vuelve aún más importante que podamos identificar a los protagonistas, a los secundarios y a cualquier personaje que aparezca no solo por lo que dice sino también por cómo lo dice. En Pulsaciones unos personajes escriben con corrección, con todas las letras, los signos ortográficos, las tildes y un vocabulario cuidado y otros se dejan llevar por las abreviaturas, la escritura fonética, las exclamaciones e interrogaciones de cierre, pero no de apertura y todos esos recursos de economía de la comunicación que nos ponen los pelos de punta a los puristas del idioma. Y aquí aparece la primera duda. ¿Es creíble que alguien escriba con tanta corrección en un programa de mensajería instantánea? Yo me lo creo, sin lugar a dudas, porque así es como yo escribo mis mensajes. Pero, para todos esos otros lectores que no lo hacen, en la primera página se detalla el funcionamiento del programa y se dice:
No existe límite de caracteres en los mensajes, por lo que las abreviaciones ¡han dejado de ser necesarias!
Como en muchas otras novelas, el lector debe establecer un pacto con el texto al empezar: “Me creo que tus personajes, los principales al menos, son de los que escriben con corrección si les das la oportunidad”. Una vez establecido este acuerdo, yo he entrado a la historia, a los personajes y a sus voces sin poner ni una sola pega a la verosimilitud.

No cabe duda de que los autores conocen a los adolescentes, su forma de hablar, sus expresiones hechas, cómo piensan y lo apasionados que pueden llegar a ser. Tal vez echo un poco en falta esa pasión poco racional que sí veo en los adolescentes reales, pero todos los personajes me resultan perfectamente creíbles. Y vuelvo a pensar en mis alumnos y en todas las veces que les digo que tienen que documentarse, conocer al lector, conocer a los personajes. No son un puñado de mensajes, no es lo que encontraría si cotilleo el teléfono de uno de mis hijos, pero sí lo parece. Porque la literatura imita la vida, pero no la reproduce, porque la vida está cargada de momentos vacíos y de conversaciones aburridas.

He visto en las redes sociales muchos mensajes diciendo lo poco que habían tardado los lectores en terminar de leerlo. Y sí, son pocas páginas, textos muy cortos, muy ágiles. En un par de horas puedes dar cuenta de esta historia, pero ¿tiene sentido? ¿Tiene sentido consumir la historia con prisa, solo por saber qué va a pasar al final? Supongo que depende de lo que esperas cuando lees el primero de los mensajes que forman la novela. Yo no quiero solo una historia sino disfrutar de cómo se ha construido, buscar el número de pulsaciones de cada día, por qué un personaje pulsa cien veces una tecla y solo envía un mensaje de tres palabras, imaginar lo que ha borrado, fijarme en la hora de cada mensaje para saber si es hora de estar despierto o dormido, porque no es lo mismo un saludo a las seis de la tarde que a las tres de la mañana. Estos detalles pueden no tener significado y entonces sobrarían en el libro o pueden tenerlo, y entonces hay que disfrutar de ellos. A cualquiera que decida leer esta novela le recomiendo calma, paciencia. El final llega, pero es mejor saborear lo que hay antes.

La ausencia de narrador podría ser un serio problema. El lector tiene que estar informado y, si los personajes se cuentan entre ellos lo que el lector necesita saber, los diálogos resultan poco naturales, demasiado informativos. Pero estos personajes dicen lo justo y son hábiles contándonos lo que ha pasado. En las primeras páginas la protagonista escribe:
Despierta… ¡Y con móvil nuevo! He tenido que caer en coma para que mis padres escucharan mis plegarias.
Así, en pocas palabras, acabamos de saber que ha estado en coma, que acaba de salir de él, que sus padres son estrictos con la tecnología o al menos no demasiado dadivosos, y que el móvil desde el que escribe es nuevo, por si más adelante hubiera que justificar la falta de algún dato, de alguna imagen, de algo que estuviera en el teléfono anterior. Cada personaje se convierte en un mini narrador, en una fuente de información. ¿Cómo explicar que dos amigas de la protagonistas, que no se conocen, se han encontrado al fin y se todo ha ido perfectamente? Eli no puede contárselo a nadie sin que nos resulte forzado, pero si Marion, una de las chicas, escribe:
Me ha encantado Sue, díselo de mi parte.
ya está todo dicho. Apelo, lo decía antes, al lector inteligente, al que tiene que completar la parte de la historia que el narrador no le da. En este libro me he pasado horas (yo no he tardado dos horas en leerlo porque me he entretenido en analizarlo) completando, imaginando a los personajes, visualizando cómo Eli lee y relee los mensajes de Phoenix. Y nadie me ha dicho que lo haga, hasta las páginas finales, pero lo sé, sé por cómo escribe y por las cosas que escribe, que lo hace. Porque yo también lo haría.

También los gestos de los personajes, el tono de su voz, hacia dónde dirigen la mirada nos dicen mucho de ellos en otras novelas. Aquí son los silencios, las desconexiones repentinas y los cambios de tema los que nos cuentan veladamente cómo se sienten los personajes.

Para que el lector sienta deseos de seguir leyendo hay que darle un motivo, el libro debe provocar en él el deseo de conocer qué va a pasar más adelante. Eli se despierta del coma, saluda a su amiga, ha perdido parte de los recuerdos… pero todo esto no parece que vaya a tener el tirón suficiente para mantenernos enganchados hasta que sabemos lo último que recuerda, una frase pronunciada a su espalda. Solo una voz, no una cara puesto que no lo tiene delante, que dice:
No te puedo devolver la canción, pero puede mostrarte cómo danzan los peces.
¿Quién no querría saber de dónde vienen esas palabras y, sobre todo, qué significan? Vale, es demasiada casualidad que sea esa la última frase que recuerda y no un “aparta, que voy a pasar”, pero no me molesta en exceso hacer esa concesión a la novela y le reconozco la efectividad.

Conocedores de quiénes leen sus libros, los autores saben que a los adolescentes les gusta volcar en las redes sociales citas que han leído. En Pulsaciones hay unas cuantas frases de pocos caracteres que supongo que se irán repitiendo de perfil en perfil hasta perder el origen. Yo he seleccionado la mía:
A veces confundimos querer estar solos con la necesidad de estar con la persona adecuada.
No es casual que sea esta la que más me gusta, pero no quiero dar los motivos para no desvelar (más) sobre la historia.

En definitiva, Pulsaciones me ha obligado a hacer las paces con el siglo XXI, me demuestra que hasta un código aparentemente frío y en las antípodas de la narrativa puede contar una historia interesante. Y que la profesionalidad del escritor es la que hace la diferencia entre un intento facilón de congraciarse con los adolescentes utilizando sus códigos y la literatura.