jueves, 13 de febrero de 2014

Ojos azules en Kabul

Hablar de Ojos azules en Kabul , de Anabel Botella, es hablar de dos novelas. No de una con dos partes, no. Dos novelas diferentes que comparten protagonista, pero ni siquiera son una continuación de la otra, tal como entendemos las series, porque el tono, el tratamiento del tema, los secundarios… todos los elementos que componen los dos libros son diferentes. Es solo que las han encuadernado juntas.

Si hubiera leído la segunda sin conocer la primera diría que es buena, una novela de juvenil bastante digna, con los temas, tópicos y personajes que se repiten en las historias que más demandan los lectores en la actualidad. Pero no pasaría de ahí, que no es poco. El problema es que sí he leído la primera y me da rabia que la segunda no esté a la misma altura. La parte que cuenta la vida de Saira de pequeña, en Kabul, es magistral. ¿Qué ocurre si eres niña, rubia y con ojos azules, en Kabul? Que tu vida es un infierno. Esta novela duele, revuelve las tripas y te deja horas pensando cada vez que cierras el libro.

Los personajes, tanto la protagonista como los secundarios, son profundos, complejos y muy humanos, muchísimo. ¿Se puede sentir cierta paz cuando una bomba estalla junto a un grupo de niños? Hace una semana habría dicho que no. Después de conocer a los chicos a los que les estalla esa bomba digo que sí. Lo digo en bajito, porque suena a barbaridad, pero es que la protagonista ha conseguido que me meta tanto en su piel, que sienta tanto miedo, que esa bomba solo compensa un poquito el horror que ella ha vivido.

El narrador de esta historia se mantiene firme sobre Saira, la niña de ojos azules, tan firme que a veces creo que estoy leyendo una narración en primera persona. Solo hacia el final de esta primera parte, cuando aparecen los militares españoles, el narrador pierde un poco ese punto de vista y se permite la omnisciencia sobre otros personajes para darle cierto protagonismo a una de las doctoras españolas de la expedición. Posiblemente no era necesario, pero tampoco molesta y es una buena forma de dar paso a un personaje que sí será importante en la segunda novela.

No escatima la autora en recursos estilísticos propios de la buena literatura. Una bruma que se disipa y deja ver el sol justo cuando parece que la vida de la chica va a cambiar; sonidos, colores, sabores y olores que transportan al lector a un mundo que no conoce y que, sin embargo, no extraña. La comida ocupa un lugar importantísimo en el libro, como debe de ocuparlo en la cultura que refleja. No solo por el hambre sino por el significado que tiene para los personajes. Cuando Saira quiere hacer un regalo no encuentra nada mejor que unas almendras, una naranja o una chocolatina. La misma chocolatina que no se atreverá a comer más tarde porque la culpa la atenaza. El narrador podría haberse hartado a decirme que la niña se sentía culpable o triste, pero verla sentada a los pies de una cama durante horas con una chocolatina en la mano, cuando sé el hambre que ha pasado, borra de un plumazo la necesidad de cualquier otra explicación.

Echo en falta que el final de esta primera historia se hubiera alargado más, que no fuera tan precipitado. De nuevo, es la segunda novela la que justifica que se cierre tan bruscamente para poder enlazar ambos libros. Lo que no vemos en el final de la primera lo veremos después, en el arranque de la segunda.

No suelo llorar con los libros, y he llorado. No suelo pasarme de parada en el autobús, y me he pasado. No suelo releer páginas ya leídas, y lo he hecho. Y ahora tengo una especie de vacío, ese vacío que dejan los buenos libros, que hace que no me apetezca leer nada en un par de días. Ahora toca paladearlo.

lunes, 10 de febrero de 2014

Billie, de Anna Gavalda

Dudaba si traer este libro aquí, a un blog de literatura infantil y juvenil. Mil millones de veces, como poco, me han oído mis alumnos decir que un protagonista infantil no equivale a una historia infantil y que pasa lo mismo con los adolescentes. Pero es que la historia de Billie y Franck reivindica a los adolescentes que no escriben frases románticas en los puentes, que no regalan rosas, que no se besan con una puesta de sol a las espaldas. Y que, aún así, luchan por ser felices. La historia de Billie y Franck nos cuenta que la vida a los quince años puede ser un asco y que la mayoría de las veces no hay una escena romántica que lo arregle todo y aun así hay que seguir viviendo. Sí, definitivamente creo que muchos adolescentes apreciarán esta novela.

No me gusta que un libro lleve por título un nombre propio, porque no me dice nada. Pero después de leerlo sé que no había otro posible. Como Matilda, de Roald Dahl, porque su protagonista lo es todo. Cuenta sus acciones, sus decisiones, sus errores y sus aciertos. Pero el libro es Billie. Como pocas veces pasa, la voz de la narradora está por encima de la historia que cuenta, no al lector, sino a una estrella. Porque la novela empieza con la chica y su amigo tirados en mitad de un bosque, él herido grave y ella muerta de miedo. Una escena que no podía ser más estática y a la que la narración vuelve una y otra vez, para que no se nos olvide, y en la que apreciamos un mínimo gesto, el movimiento de un brazo, un mano que responde a un apretón como avance narrativo. Mientras pasa la noche, Billie va recordando la vida de los dos en voz alta, para que la buena estrella que tiene que protegerlos lo oiga y se dé cuenta de que vale la pena volverlos a salvar. Y yo mientras quiero decirle a la estrella que sí, que les dé otra oportunidad, que si no ve que se lo han ganado.

Habla y habla, más con ella misma que con la estrella. Cuenta que el nombre de ambos, Franck y Billie, se lo deben a la música y las canciones no desaparecen ya en el resto del libro. Como buen monólogo la historia nos llega de forma un poco caótica, a base de imágenes sueltas, de escenas elegidas que resumen años de amistad. Pero el chico está inconsciente y ella no quiere vivir sin él. He ahí la tensión: Billie se dejará morir si él no despierta al amanecer. No lo dice, al menos no explícitamente, pero yo lo sé, he notado la decisión en su voz. Me preocupaba un poco, porque a las pocas páginas ya quería que el libro me gustase, que se parecía bastante a una historia de amor mil veces contada, pero entonces Billie me ha dicho que Franck es homosexual. Chapó por la autora que no va a lo fácil, que no quiere lectores adivinos que saben desde la primera línea cómo acabará el libro.

Unas veces elige la primera persona, otras la segunda, a veces incluso el formato teatral. Pero cada uno de estos giros está justificado, a veces incluso explicado. Y apela a mi memoria, a las canciones que conozco, a los libros que he leído (Peter Pan, El Principito) y a los que no: Con el amor no se juega, del francés Alfred de Musset. Es, de hecho, esta obra teatral del Romanticismo la que da un hilo a la narración caótica de la protagonista.

No quiero contar nada, no quiero destripar nada. Solo señalar que la voz de la narradora hace que merezca la pena leer el libro, que hubiera sido fácil recrearse en las partes más oscuras de la vida de la protagonista y apelar a la fibra sensible del lector, pero no lo hace. Que aparecen candados cerrados en un puente, con las iniciales escritas, pero ningún lector va a ir corriendo a poner su propio candado cuando termine la novela. Como mucho, hará como yo: buscar información sobre el libro y después sobre la autora, comprobar si Alfred Musset existe y si escribió la obra de teatro romántica Con el amor no se juega. Y venir a lamentarse después por no haber leído nada de Anna Gavalda antes.

jueves, 6 de febrero de 2014

Mi verano pirata


La primera vez que leí La isla del tesoro no tendría más de doce años. Era verano y las tardes se hacían eternas así que hurgué por la biblioteca de mi padre hasta que di con un título interesante. Era un libro pequeño, de papel fino y dibujos a una tinta. Me enganché a aquel libro y pasé el mes de agosto oteando el horizonte sobre el mar por si veía llegar un barco con la bandera negra izada. Lo leí varias veces en un mes, aprovechando cualquier luz, cualquier hueco en una agenda plagada de ellos, en siestas que odiaba fingir o noches de poco sueño. Aquel mismo mes de agosto pusieron en televisión un par de películas de Errol Flint y las vi sin pestañear. Decidí, en definitiva, que quería ser pirata. No me convencía el papel de damisela salvada de los corsarios ni el de buen chico que resuelve toda la aventura. Quería vestir pantalones rotos, llevar espada, tener mi propio barco –que podía ser goleta, navío, velero, izar velamen o jarcias y mil palabras más que yo desconocía pero olían siempre, como las quisquillas que mi madre preparaba, a mar-, quería llevar un ojo tapado y tener un loro que repitiera palabras malsonantes, descubrir tesoros, caminar por la tabla y salvarme a última hora… Fue mi verano pirata y no creo que en otro haya volado tan lejos con tan pocos medios.

Aproveché la gran biblioteca de mi padre para viajar de polizón, para ser capitán de 15 años, para perderme en una isla tras un naufragio y para robar mil tesoros. Pero ninguno de esos libros me impactó tanto como el de Stevenson.

Hoy, más de treinta años después, he vuelto a encontrarme con el pequeño Jim. Sin prestar atención a la biblioteca de mi padre me he comprado una edición que se vende como lujosa, con tapas duras, papel de al menos cien gramos y algo satinado y láminas a todo color. Promete ser la versión íntegra, ni adaptada ni versionada, cito textual. Me he lanzado sobre el ejemplar buscando aquel verano de mañanas mirando al mar, jugando en las dunas y fabricando parches con cartón y goma. Y me he dado cuenta de que los recuerdos son bellos porque son recuerdos y que, con cuarenta y cuatro años a las espaldas y muchas más lecturas que entonces, he perdido en parte la capacidad de convertirme en pirata.

No hay mapa en mi edición de lujo. No hay isla con cruces marcadas, ni Catalejo, ni Árbol alto. ¡No hay mapa! Los dibujos elaborados y a todo color no se corresponden con el texto y palabras como turgente velamen, incorrecciones gramaticales, repeticiones y hasta rimas internas me hacen plantearme si merece la pena seguir leyendo.  Ignoro si en la versión de mi infancia el Squire era el Squire o el Escudero, pero hasta esa palabra sin traducir me ha disgustado.

Pero, para ser justos, tengo que confesar que la historia me ha enganchado casi tanto como entonces aún a pesar de saber lo que iba a pasar después. Los personajes se ajustan al estereotipo de novela de piratas clásica en la que los corsarios tienen cicatrices, malas intenciones, patas de palo y un loro que repite palabras malsonantes, beben ron y son supersticiosos. El caballero inglés que capitanea la expedición es noble, inteligente, valiente y fiel. El joven Jim es un héroe que ni siquiera sabe lo importante que es. Todos ellos son personajes imprescindibles que cumplen una función y sin los que la aventura no se habría desarrollado en los mismos términos.

El misterio se va dosificando de forma que cada capítulo aclara un poco las tramas anteriores pero complica las futuras. John Silver parece, desde el principio, el pirata de una sola pierna que tanto temía el viejo capitán pero es tal su actitud que el lector duda de su maldad y casi se siente culpable por haberlo juzgado mal. Del mismo modo que el capitán Smollet resulta antipático pero nos hace mirar con lupa a todos los marineros. Desde la primera página el autor nos va adentrando en un mundo de piratas pero no sabemos cómo llegará la aventura en el mar hasta que aparece el mapa. Luego ya se suceden los detalles propios de este tipo de novelas sin escatimar ninguno. Bandera negra con calavera, cañones, supersticiones, la mancha negra, el tesoro... pero sin que en ningún momento dé la sensación de que se ha traído por la fuerza uno solo de esos detalles.

Parte la novela de un clásico: el protagonista que escribe la historia tal y como la recuerda. Pero este tipo de narrador supone un problema porque no puede conocer aquellas partes en las que no ha estado presente. Y Stevenson lo resuelve con varios narradores, con la intervención del doctor Livesey contado en un par de capítulos lo que el joven Jim no había presenciado. Además, puntualmente el narrador incluye comentarios sobre la información que no puede dar ya que aún quedan riquezas en la isla, haciendo con ello al lector cómplice. El protagonista es un niño cualquiera que se ve inmerso por casualidad en toda la aventura. Incluso una vez embarcado, descubre las intenciones de Silver por mera casualidad, consigue deshacerse del marinero que va a acabar con su vida por un golpe de mar (y de suerte)... Es decir, no es su intención la de ser un héroe o un aventurero sino que el destino le va llevando a ello.

Si esta novela es de viajes o de aventura es una pregunta que no sé responder porque recoge los ingredientes principales de ambos géneros. El viaje se prepara y se cuentan los preparativos, tiene un fin que se consigue y compensa el sufrimiento de los viajeros. Pero no cabe duda de que es una aventura increíble llena de acción, peligro, suspense y misterio. Stevenson supo mezclar todos los géneros y convertir su novela en una historia muy atractiva. Tampoco tiene sentido preguntarse si está escrita para niños porque es uno de esos pocos libros que pueden atrapar por igual a chicos y grandes sin que ninguno de ellos sienta que se está metiendo en terreno ajeno.

No me he sentido pirata, no he fingido tener una espada ni me he cubierto un ojo con un parche casero. Pero he disfrutado. Y cuando un libro nos hace disfrutar, merece un agradecimiento. Gracias, señor Stevenson, una vez más.