lunes, 17 de marzo de 2014

Esquemas repetidos en LIJ (Las tejedoras de destinos)

Una sociedad futura donde unos pocos tienen el control sobre todos los demás. La pobreza, el hambre y la tiranía gobiernan. Y esos pocos que tienen el control eligen a una adolescente para participar en algo de lo que huiría si pudiera y que le cambiará la vida para siempre. Pero no puede huir, la amenaza contra su hermana pequeña sirve como acicate para que se porte bien. La televisión retransmite el proceso y hay que poner a la chica muy guapa para mantener al pueblo desinformado. De su aspecto se encarga un equipo de esteticistas. La trasladan a la capital, donde viven solo los poderosos, y la rodean de un lujo que ni quiere ni disfruta… ¿Los juegos del hambre? No. Las tejedoras de destinos.

Vale, reconozco que he hecho un poco de trampa al contarlo, pero así es como empieza este libro del que, por otra parte, tengo muy buena impresión. Las diez primeras páginas están tan bien hechas que invitan a seguir hasta la última. Saber que la protagonista tiene un don, un don que muchos ansían, pero que se ha pasado la vida entrenando para no mostrarlo, es un gran acierto. La voz de la narradora, en presente y primera persona, atrapa y la novela está escrita con corrección, sin caer en los tópicos y dando la información justa para que el lector no se desespere, pero para que necesite seguir leyendo. Dos chicos, una chica, unos padres que ocultan lo que son y se vuelcan para que su hija también lo haga (como en Cazadores de Sombras)… Todos los ingredientes que ya han funcionado en otras obras. ¿Por qué no?

En literatura, esto lo han dicho otros mucho más listos que yo, hay unos poquitos temas que se van repitiendo con planteamientos más o menos novedosos. Desde Romeo y Julieta se han escrito un millón de historias de amor prohibido y no por eso dejan de ser interesantes, si están bien contadas. En el caso de la literatura juvenil hay unos cuantos esquemas que se repiten y funcionan bien y esto, en principio, no tiene por qué ser negativo. Harry Potter repite el esquema de todas las novelas de internados con la novedad de la magia. Pero él no deja de ser una cenicienta moderna que hasta duerme debajo de la escalera. ¿Cuántos Peter Pan, Bella y Bestia, Cenicientas... tenemos en la literatura actual?

Si en un grupo más o menos homogéneo introducimoss un elemento discordante (sea un vampiro en un instituto, una humana en una familia de vampiros, una mortal en un grupo de cazadores de sombras, una chica con camisas enormes y adornos en el pelo, en una instituto de adolescentes cortados con un único patrón…) la historia empieza a contarse sola. Bueno, no. Sola no. La historia se puede contar bien o mal, caer en todos los tópicos o huir de ellos, presentar personajes planos y previsibles o por el contrario hacerlos llenos de ángulos, de dobleces. Humanos, vaya. Hasta los vampiros pueden ser muy humanos, dudar como dudamos, soñar, temer, amar como lo hacemos los humanos.

En el caso de Las tejedoras de destinos, no obstante, hay demasiados puntos en común con Los juegos del hambre y no todos ellos son imprescindibles. Las esteticistas, la televisión como vehículo de propaganda durante 24 horas al día, la obsesión de todos los personajes por mantener un aspecto juvenil… No es malo repetir esquemas que han funcionado a otros autores, el problema es que si se asemejan demasiado, las comparaciones son inevitables. Y al comparar también parece inevitable que haya un vencedor y un vencido.

La gran novedad de Las tejedoras de destinos, su apuesta arriesgada, es presentar una sociedad extremadamente machista donde los hombres dirigen, las mujeres trabajan para ellos y los niños viven separados de las niñas hasta que llega la edad de emparejarse. Incluso ese emparejamiento es tan aséptico, tan dirigido, que da grima. Las mujeres, como cabe esperar en una trama de buenos y malos, opresores y orpimidos, son en realidad importantísimas, imprescindibles en el entramado gubernamental y los hombres las subyugan por el miedo a que sean conscientes de su poder. El amor está prácticamente extinguido. Y digo que es una apuesta arriesgada porque ese planteamiento podría ganarse el aplauso del público femenino, pero también el rechazo del masculino. Afortunadamente, no es así. Algunos hombres, conscientes del error que supone su forma de vida, se erigen como protagonistas y eso hace que el componente de denuncia social no pese más que la historia. Además, las tramas de amor, culpabilidad, supervivencia, entrega y sacrificio sujetan la novela mucho más allá de esa intención de hacer al lector reflexionar sobre algo que se repite en todas las sociedades modernas en mayor o menor medida.

En resumen, recomiendo la lectura porque entretiene y está bien escrita. Pero aviso, para que nadie me regañe después, que los lectores de Los juegos del hambre pueden sentirse un poco defraudados.

jueves, 6 de marzo de 2014

Personajes homosexuales en LIJ

Me gusta encontrarme personajes homosexuales en los libros de literatura infantil y juvenil. Dicho así suena a estupidez, lo sé, a postureo, ahora que se lleva tanto esa palabra, pero intentaré explicarlo. No esperéis un artículo sobre la homosexualidad, los motivos para incluir o no personajes homosexuales en la LIJ, ni un análisis de todos los personajes. Eso ya lo ha hecho estupendamente David Lozano en su blog. Esto es solo una reflexión en voz alta. Y no soy de chillar mucho.

Me gusta la normalización, que el homosexual de una novela deje de ser el bicho raro para convertirse en uno más, con una vida, una historia, un conflicto al margen de su homosexualidad. Del mismo modo que aparecen blancos, negros, chinos o paquistaníes, sin que la diferencia de piel merezca una extensa reflexión, aplaudo la literatura que muestra a un adolescente homosexual sin dedicar un párrafo a explicar, o lo que es mucho peor, justificar, este hecho. La literatura no es exactamente igual que la vida, solo es algo que se parece a ella y a veces, solo a veces, es posible dar la vuelta y soñar con que la vida se parezca a la literatura, aunque solo sea por imitación.

Hay libros cuya temática es la homosexualidad que me han cautivado, como la maravillosa novela gráfica El azul es un color cálido o el álbum ilustrado Titiritesa. Pero no son esos los personajes de los que quiero escribir hoy. Son los secundarios que asoman la cabecita en tramas de otros los que me interesan. David, un estupendo secundario de Play, de Javier Ruescas, es homosexual. No lo esconde, no hace alarde de ello y aunque sus amigos lo saben no ha querido decírselo a sus padres. Pasada esta aclaración de cinco líneas, David es un amigo del protagonista que actúa como tal, que lo apoya o lo reprende, según el momento… Un personaje más. Me encanta que se aleje del personaje que reivindica la visibilidad, del narrador que afirma con rotundidad que todos los homosexuales deben sentirse orgullosos de serlo y gritarlo a los cuatro vientos, ese narrador que parece querer darnos lecciones de ética a los lectores y a la vez construir un manual de conducta para adolescentes homosexuales.
Decía que me gusta que se salgan del tópico, pero en el tópico está Fabián, de Ojos azules en Kabul, de Anabel Botella: un chico sensible, diseñador de ropa, amanerado y que constantemente hace comentarios sobre otros chicos (sobre todo si son guapos). Y también me encanta, me enamoré de él a las pocas líneas de haberlo conocido. En definitiva, lo que me gusta es que la literatura refleje un abanico de personajes tan amplio como las personas a las que intentan parecerse. No sé si es fácil o difícil ser homosexual y adolescente, no tengo ni idea. Supongo que depende de cada caso, de cada persona, de su familia, de sus amigos, de su entorno. Pero sobre todo de uno mismo. Y es genial que la literatura muestra también ese arco de realidades. El padre de Park, de Eleanor y Park, odia que su hijo se maquille los ojos, pero no es, como el chico cree, porque lo considere una nenaza, es que teme que lo machaquen. Me pongo en su lugar y yo también me moriría de miedo si creo que a uno de mis hijos lo pueden machacar por algo, sea por pintarse los ojos, tener el pelo de color diferente, no vestir como viste la mayoría, ser más alto o más bajo... Y aunque en este caso no se trata de un personaje homosexual, el miedo del padre a que lo tomen por tal es el escollo en la relación de ambos.

Hasta aquí he hablado de novelas realistas, pero no es el único género en el que aparecen personajes homosexuales. Ahí están los estupendos Magnus y Alec de Cazadores de Sombras. El uno ha superado hace cientos (literalmente) de años el complejo que pudiera ocasionarle ser homosexual. El otro, un cazador capaz de enfrentarse a vampiros y demonios, no se atreve a decirles a sus padres quién le gusta en realidad. O las chicas de Las tejedoras de destinos, enamoradas en un mundo que prohíbe la homosexualidad, que no quieren reivindicar nada ni encabezar ninguna revolución, solo se aman. Es un libro que presenta una sociedad exageradamente machista en la que las mujeres siempre trabajan al servicio de los hombres, tal vez por eso la autora ha elegido una relación lésbica. Son menos los casos de chicas en la literatura juvenil, no sé por qué. O yo me he topado con menos, quién sabe.

Desde el punto de vista narrativo, son personajes que dan mucho juego, además. Descartamos la posibilidad de un romance con el (o la) protagonista, como en el caso de Billie, la novela de Anna Gavalda, pero no nos priva de la relación de amistad entre chico y chica. Ni de sus formas de ver la vida, tan distintas.

Y por todo esto, me gusta que aparezcan personajes homosexuales en LIJ.