viernes, 6 de junio de 2014

Mudanzas, de Javier Sagarna

Hace tiempo que intento entender la diferencia entre unos cuantos términos (todos en inglés, con lo bien que quedarían en español) que se utilizan para designar los libros que cabalgan entre la literatura juvenil y la general (que eso de “literatura para adultos” siempre me ha sonado a porno o a algo prohibido). Young Adult, New Adult, Crossover… En general, y para no meterme a analizar detalles o a etiquetar géneros, se trata de libros que atrapan por igual a público juvenil y público adulto. Para mí sí hay dos categorías, aunque no quiero darles nombre: los libros que se escriben pensando en un público juvenil, adolescentes de unos 14 años, a los que, por responsabilidad de autor, no se les ofrecen escenas de sexo ni situaciones en las que un adolescente como ellos actúa de manera más que cuestionable y no sufre consecuencias, y los que se escriben pensando en lectores más próximos a la edad adulta, que no tienen por qué ver en los personajes modelos a los que imitar. Esos libros, en definitiva, que no daríamos a leer a nuestros hijos de menos de 18. Esta semana he releído uno de esos libros. Tengo que aclarar que se lo recomendé a mi hija cuando tenía 15 años, pero tampoco he dicho que sea la mejor madre del mundo. Se trata de Mudanzas, de Javier Sagarna.

Me gusta la voz. Está narrado en primera persona y me creo al narrador, cosa que no me pasa muy a menudo con los libros de juvenil. No me convence cuando un narrador que tiene diecisiete o dieciocho años habla como un catedrático de universidad con canas, pero tampoco me gustan los narradores tópicos que se disfrazan de adolescentes para que su lector empatice con ellos. Soy una lectora exigente, lo sé, pero hay que quererme como soy. Ari, el narrador de Mudanzas, es un politoxicómano, aunque él se niegue a verlo, que no intenta convencerme de que lo que hace está bien o de que la vida lo ha tratado tan mal que no le ha quedado otra salida. No. Simplemente me cuenta su historia sin preocuparse demasiado por lo que yo piense de él. En ese sentido, me recuerda al de , de Charles Benoit o a algunos de los narradores de Trainspotting, de Irvine Wells. Pero a diferencia de otras novelas de temática parecida, en Mudanzas no hay reflexiones, no hay digresiones, todo ocurre en escenas, una detrás de otra, sin una sola transición. Como si el propio Ari se hubiese dedicado a tomar fotografías, aparentemente al azar, durante un año y ahora me las pusiera todas delante.

Cuando se publicó Mudanzas, twitter no estaba de moda, los lectores no buscaban frases de menos de 140 caracteres que poder lanzar al mundo. Y aun así, la novela comienza diciendo:
Supongo que si uno no muere, sobrevive a casi todo.

Cuando he terminado de leer la novela he vuelto a esa frase porque ahí está resumida toda la historia de Ari. Durante un año no muere, por más que lo intenta, así que sobrevive, tan sencillo como eso. Y me gusta que me lo diga en la primera línea porque es un gesto de respeto hacia los lectores: Ey, lector, parece decirme, no voy a engañarte, no sufras ni en las escenas de más tensión: sigo vivo. Y me quedo tranquila, sí, porque a pesar de cómo es, de lo que hace, de lo que dice, Ari me gusta y quiero que al menos una vez en su vida tome la decisión correcta y las cosas le salgan bien. Le he dado vueltas a por qué me cae bien y la clave está en las primeras páginas. Habla fatal a su madre, tiene una bronca con su padre… pero antes de todo eso lo he visto hecho polvo porque su chica lo ha dejado. No justifico lo que hace, sigo pensando que es un macarra descerebrado, pero jo, su chica lo ha dejado.

También en esas primeras páginas conozco a todos los personajes que tendrán un papel, por pequeño que sea, en la novela. A unos los veo en detalle y a otros de pasada, pero todo el elenco ha salido a saludar antes de empezar la función. Pura técnica. Porque en esta novela hay mucha técnica narrativa, pero de la que no se ve. Hilvanes de los que desaparecen cuando nos vestimos con esta historia, pero que la sujetan sin fisuras.

Decía que las fotografías parecen estar tomadas al azar, pero sé que no es así. Sé que elige en qué momento hablarme de un pobre perro al que todos saludan y que va a terminar en una piscina de formol o cuándo mostrarme a un tipo trajeado, con mucho mejor aspecto que él, abandonando un hámster a escondidas, liberándolo para que muera, pero lejos de su vista. Porque los adultos, hasta los más respetables, a veces hacemos eso: desentendernos del dolor a base de alejarlo, taparnos los ojos para no verlo. Y Ari se queda mirando y maldiciendo a hombre del traje porque él tiene principios, los suyos, pero los tiene, los respeta y los defiende. Cada imagen está elegida, por eso cuando todos quieren que la vida sea de color de rosa y volver a la normalidad, se van a una estación de esquí donde el paisaje debería ser blanco y de postal, pero encuentran una montaña pelada y charcos sucios; por eso, cuando la vida le sonríe un poquito, solo un poquito, termina el invierno y comienza la primavera. Y por eso, cuando Ari va al cine a ver una película de Steven Seagal o de Van Damm, ni siquiera él lo recuerda, y el bueno se salva en el último minuto y se lleva a la chica y todo es perfecto, él se queda con la imagen de uno de los malos a los que un caimán le ha arrancado el brazo. Aparentemente al azar, sí. Pero cada imagen está donde tiene que estar y lanza un mensaje directo al subconsciente.

No quiero buscarle género o lectores. Solo pienso que al leerla con cuarenta y cinco años comprendemos a Ari y tememos por él, queremos que la vida le sonría un poquito o que espabile de una vez. Pero el lector de quince, de veinte años, tal vez se comprenda un poco mejor a sí mismo y piense. Solo eso. Que no es poco.