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Mostrando entradas de julio, 2014

La buena literatura arriesgada (y el orgullo de ser profe)

En casi todos mis talleres se cuela alguna mención a la literatura arriesgada, a esos textos que incomodan, molestan, hacen pensar, que no se conforman. En los cursos de iniciación suelo pedir a mis alumnos que no arriesguen demasiado, que trabajen lo que sabemos que funciona. «Bodegones», digo siempre. Porque antes de hacer el Guernica hay que pintar muchos bodegones. Y lo digo convencida, pero con miedo, porque no quiero que nadie deje de meterse en un jardín porque yo le haya dicho que se camina mejor por el sendero. Es solo que hay un tiempo para cada cosa y arriesgar sin saber por qué, sin un fin, suele llevar al desastre. Arriesgar solo para ser el más original, el más atrevido, no es, en mi opinión, un buen punto de partida. Cuando los bodegones ya nos salen bien es el momento de guerniquear. Aplaudo los riesgos, a los escritores que no se conforman con escribir lo que queremos leer, los que no van a lo seguro.

Unas veces es por la temática, por un determinado personaje, por …

No pidas sardina fuera de temporada

Leo lo que me cae en las manos, lo que me recomiendan, lo que me despierta la curiosidad… Y si eso implica leer un libro escrito hace veinte años, bienvenidas sean las recomendaciones. Lo malo de un libro de los noventa, ambientando en Barcelona y de género realista es que habla de pesetas, usa expresiones que yo usaba en mi adolescencia, pero que a los chicos de ahora les suenan a chino, y muestra a un chaval de catorce o quince años pidiendo una cerveza en un bar sin que nadie se lleve las manos a la cabeza. Y choca que los protagonistas cursen 8º de EGB en vez de segundo de la ESO. Cuando hablo de estos con mis alumnos les recomiendo que busquen las formas para decir que estudian en el instituto, sin especificar el curso, que son de los mayores o de los pequeños del colegio y otras fórmulas que no anclen tanto el texto a un momento determinado para evitar esa sensación de algo obsoleto, pasado de moda. Y pese a ese olorcillo a desván que provoca el paso de los años, merece la pena …