miércoles, 26 de noviembre de 2014

Una tarta de manzana llena de esperanza

¿Se puede odiar a un personaje de novela? Definitivamente, sí. Paloma Nosequemás, te odio. Odio tu pelo rubio sedoso, tu sonrisa blanca, tus piernas increíblemente perfectas. Y si pensáis que no es bueno odiar así, mejor no leáis Una tarta de manzana llena de esperanza, de Sarah Moore Fitzgerald. Porque Paloma aparece por primera vez en la oración colectiva por su amigo, su mejor amigo según dice el profesor que la presenta, que acaba de suicidarse. Pero Meg, que es quien lo cuenta, cree que ella debería ocupar ese sitio. La segunda vez que la vemos, Paloma vive en la casa de Meg, que se ha ido temporalmente a Nueva Zelanda y ha regresado a toda prisa cuando se ha enterado de la noticia. Una metáfora tan clara que es imposible no verla.

Oscar es un chico estupendo, capaz de hacer felices a quienes lo rodean cocinando para ellos unas tartas de manzana que albergan la magia de todo lo que se hace con amor y con el deseo de agradar. Pero un día decide acabar con todo, se sube a su bicicleta, pedalea con todas su fuerzas y se lanza al mar. Solo su hermano, Steve, y su mejor amiga, Meg, creen que Oscar sigue vivo y mientras ellos lo crean, lo estará, porque la esperanza (y siento el tópico) es lo último a lo que debemos aferrarnos. Oscar está vivo aunque solo ellos dos lo crean, porque:

"Si queréis saber mi opinión, os diré que conformarse y aceptar la desaparición de una persona es algo muy parecido a un delito. Un insulto a su memoria."

Una historia dulce, tensa e intensa. Sobre todo muy intensa. Y muy bien escrita. Narrada alternativamente por Oscar y Meg, que se van consolidando como narradores a medida que avanza la novela. Reconozco que en las primeras páginas he estado a punto de abandonar la lectura porque no me convencía la voz de Meg. Pero poco a poco el narrador va cogiendo fuerza y confianza, tanto cuando se trata del chico como cuando es ella la que se pone al frente de la narración. Las primeras frases parecían estar unidas a la fuerza, medidas con regla para que encajasen en algún esquema previamente fijado, como si a su autora le hubiese costado trabajo dejar la mano correr. Pero un par de capítulos después las comparaciones se suceden, se amontonan y se empujan. Y esto, que podría provocar una sensación caótica, convierte el texto en una sucesión de imágenes sensoriales (visuales, olfativas, gustativas, táctiles), como si al fin Sarah Morre Fitzgerald hubiese encontrado la confianza para dejarse llevar. Desparecen las líneas, las palabras, la longitud de las frases y solo queda la historia. Pero qué historia.

La contraportada decía que, en la búsqueda de Oscar, tanto Meg como Steve y el propio Oscar aprenden una valiosa lección. Y yo no soy nada amiga de los libros que enseñan lecciones, así que os aviso, por si os pasa como a mí, que no es cierto, que no terminaréis la lectura con la sensación de que nadie ha aprendido nada sino de que, por un ratito, un niño de catorce años y su extraña manía de cocinar tartas para los demás os han hecho un poquito más felices. Leedla. Ya me daréis las gracias después.