domingo, 27 de diciembre de 2015

El chico de las estrellas o la valentía de escribir bien

No me gustan las simetrías. No me gustan la ropa interior conjuntada ni los pendientes iguales ni ordenar las cosas por tamaños. Pero en lo que a escritura se refiere, me gusta que todo esté colocadito, que no haya negritas ni cursivas ni nada que llame la atención de la forma sobre el contenido salvo que haya un motivo muy potente para ello. Odio los saltos de párrafo porque sí y la prosa que juega a ser verso solo por el capricho de un salto de línea. Pero, dicho todo esto, me gusta mucho, mucho, la forma de El chico de las estrellas.

No sé si es novela, autobiografía, poesía urbana o qué. Ni me importa, ya que estamos. Pero dice contar la vida de su autor y en ese pacto que establecemos el libro yo, me lo creo. Ojo, que no pongo en duda en ningún momento la sinceridad de quien lo firma, solo digo que me creo lo que me dice como me creo que Peter Pan vuela o que algún día encontraré un armario con una puerta secreta al fondo, porque me lo han contado bien. Y me da pena que el libro se analice, se valore o se premie porque su autor ha tenido la valentía de contar su vida. O porque es homosexual. No, me niego. No quiero saber si su autor es valiente, ni me importa, porque quien me ha atrapado desde la primera página es Chris Pueyo, el personaje. El Chris Pueyo que, aparte de un chico guapísimo (sí, he cotilleado sus fotos por la red), el autor de esta novela y un bloguero popular, es un personaje más del libro. En el momento que aparece en tinta azul, se convierte en un narrador testigo y parte, protagonista y secundario. Y me engancho a su voz hasta el punto de que me haría creer que la luna puede moverse con un soplido si se lo propusiera.

La valentía que admiro, que envidio y que me deja con la boca abierta es la del escritor que ha conseguido esa prosa tan fantástica, ese ritmo tan caótico y a la vez tan ordenado, ese personaje tan, tan, tan redondo. Es un libro valiente porque se atreve a romper las normas. Eso sí, las rompe con un motivo. Uno diferente en cada caso, en cada ruptura.

La tinta es azul porque el personaje tiene una relación especial con ese color. Mezcla la primera persona y la tercera, como si le costara a ratos saber quién es, como si fuera más fácil decir según qué cosas cuando es otro el que las pronuncia. Y en un alarde de valentía (literaria, valentía literaria) se permite mezclar la segunda también, como si la mente del personaje fuera un caos tal que no sabe cuándo habla consigo mismo y cuándo con el lector. Y hasta usa la minúscula en un capítulo entero. Pero no es un capricho ni una forma de llamar la atención, hay un motivo. Y es un motivo precioso. Porque también hay detalles preciosos. Si medio mundo colgó candados en los puentes por una novela, no imagino cuánta gente estará ahora mismo coleccionando instantes en el reverso de los billetes de autobús.

Es un texto corto, de esos que se pueden leer en unas horas. Y digo “pueden”, porque también es posible dedicarle más tiempo, detenerse en cada canción o cada libro que nombra. Así la historia se sale de esas pocas páginas y se hace más grande. Y es, sobre todo por esto lo envidio, uno de esos textos que parece que no ha costado trabajo escribir, que aparentemente no se han pensado, ni medido, ni corregido. Un discurso tan natural que no parece escritura. Y mi yo escritor se junta aquí con mi yo profesor y me dice que eso ocurre porque es bueno, porque ha medido, pensado y corregido. Que la Señora del Zumo de Tomate debió de verlo en pleno proceso creativo y por eso sabía que iba a lograrlo.

No he hecho recomendaciones para los regalos de Navidad como los últimos años en la página de la Escuela, así que lo haré desde aquí: leedlo, desifrutadlo, regaladlo.

Y, por favor, no digáis que es valiente porque su autor es gay, porque ha tenido el valor de contar su vida y abrirse en canal. Consideradlo valiente porque está tan bien escrito que os ha llevado a sentir todo eso.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Violet y Finch o cómo no hacer una reseña

Tengo memoria de pez. Leo un libro y a los pocos días se me ha olvidado. Me pasa con las películas, con los nombres de la gente y con un millón de cosas más. Por eso tomo notas o hago reseñas nada más terminar la lectura, porque unos días después sería tarde. Pero desde que leí Violet y Finch, de Jennifer Niven, estoy intentando escribir sobre ella y no lo consigo porque no soy capaz de responder a una pregunta que me hago siempre a la hora de reseñar un libro: ¿Lo recomendaría? ¿Recomendaría una historia que comienza al borde de una azotea desde la que dos adolescentes, por motivos distintos, con vidas que no se parecen en nada, quieren saltar?

Es una lectura que no se olvida, aunque tengas memoria de pez. Que te deja unos días pensando y te descubres en el metro o en un interesantísimo partido de fútbol recordando una frase que no dijo Violet o aquella otra que sí dijo Finch. Y eso es bueno, es muy bueno. Quiere decir que la historia de los protagonistas me ha llegado a ese sitio de nombre abstracto al que tienen que llegar las historias. Lo recomendaría, claro.

Violet es perfecta, o todos los creen así, y es duro vivir con esa marca. Finch es un desastre del que no cabe esperar nada, o todos los creen así, y es duro vivir con esa marca. Tal vez por eso se complementan tan bien, porque son de una forma para ellos y de otra para el resto del mundo. ¿Cuántos adolescentes (o adultos) se sienten así? La empatía está garantizada. ¿Cómo no recomendarlo?

Pero también es un libro que me ha hecho sufrir, que me ha hecho llorar, que me ha hecho pensar mucho. Es un libro que me ha dejado un sabor de boca agridulce, si no amargo. Y no sé si recomendar un libro así, porque bastante puñetera es la vida por su cuenta sin que le añadamos más dolor.

Narra desde dos voces, alternando capítulos, algo que está muy de moda en la literatura juvenil y que me gusta, aunque con matices. Me gustan los libros que me dejan ver el punto de vista de dos personajes desde dentro, esa intimidad que da la primera persona. Pero cuando las dos voces se parecen mucho (y pasa en casi todos los que he leído, con estupendas excepciones como Pomelo y Limón o Una tarta de manzana llena de esperanza) y hace falta poner el nombre de quien habla al inicio del capítulo para que lo reconozcamos, me cuesta un poco, solo un poquito, creérmelas. En este caso, aunque se parezcan, son diferentes y, sobre todo, me dejan ver las entrañas de dos personajes complejos, muy complejos, pero a los que termino entendiendo. Y les deseo lo mejor, he pasado casi cuatrocientas páginas deseándoles lo mejor. Lo recomiendo, claro que sí. Recomiendo que cualquiera viva esas horas de olvidarse de todo lo que le rodea para centrarse en la vida de dos adolescentes que se ayudan, se comprenden y se complementan pese a ser las dos personalidades más opuestas que se pueda imaginar.

Como reseña, lo sé, esto es un desastre. Ni siquiera es una reseña, en realidad. Sin resumen, sin puntos fuertes o débiles. Solo un caos de pensamientos y sensaciones, porque así es como me ha dejado la lectura. Y encima, ni siquiera he respondido mi pregunta. ¿Lo recomendaría? No lo sé.

Si queréis sentir el placer y el dolor al mismo tiempo, sí. Si queréis leer con el miedo a que algo se tuerza, sí. Si queréis enamoraros de unos personajes, hacerlos vuestros y sufrir, amar, reír y llorar con ellos, sí. Si queréis una historia que no vais a olvidar, ni aun teniendo memoria de pez, sí.

Si queréis un fin de semana de lectura placentera, de la que te deja una sonrisa tonta y calorcito en el estómago, no. O sí. Quién sabe.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Palabras envenenadas, de Maite Carranza

Me regalaron Palabras envenenadas, de Maite Carranza, hace cuatro años, cuando yo tenía un hija de 15, la edad de la protagonista. Empecé a leerlo y a las pocas páginas tuve que abandonar. Bárbara es una chica de 15 años que empieza a ligar con chicos, que se sabe atractiva y lo aprovecha y que tiene una madre que no pone pegas a ese cambio, pero un día deja una nota, desaparece de casa y tres días después la policía descubre que no ha sido una fuga, sino un secuestro.

Me sentí mal, y eso bueno. Me sentí identificada, y eso es mejor. Me lo creí a pies juntillas, y eso es la leche.

Ahora, cuatro años después, he vuelto al libro. Me ha vuelto a remover por dentro y a hacerme un agujerito en el estómago, pero esta vez lo he leído completo y he comprendido los premios, el éxito y a los lectores satisfechos.

Con dos narradores diferentes, la propia Bárbara y un narrador en tercera persona que va saltando de un personaje a otro, Maite Carranza mantiene la tensión sobre lo que ha ocurrido a base de presentar posibles culpables y hacernos dudar, asegurar incluso, que hemos descubierto de quién se trata.

Como en toda buena novela, cada uno de los secundarios tiene su propia historia, pero ninguna de ellas se come la trama principal porque lo que todos los lectores queremos saber es quién ha secuestrado a Bárbara y, sobre todo, si llegarán a tiempo de rescatarla.

Cuando los escaparates de la literatura juvenil están plagados de historias fantásticas, de historias de amor dulce y maravilloso, apostar por una trama en la que la protagonista es tan realista que duele (nos duele) y además sufre (sufre mucho) de una manera totalmente injusta es un acto de valentía.

Contar una historia que nos hace pensar y mirar el mundo de otra forma es abrir un campo que parecía estar vedado a la literatura juvenil. Estoy segura de que los lectores adolescentes también disfrutan de una historia así, aunque no les deje esa sensación de “quiero ser este personaje y vivir lo que él vive”. Una historia con tensión, con suspense, con un fantástico manejo de la información que se facilita al lector y con elementos suficientes, al margen del secuestro que orquesta toda la trama, para identificarse con los personajes.

Y estoy segura también de que, ahora que tanto insistimos en que hay que parar la violencia, ayudar al que la sufre, no mirar hacia otro lado, un libro como Palabras envenenadas es más que necesario. Así que, cuatro años después, gracias.

martes, 21 de julio de 2015

La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina (o cómo dejarse esclavizar)

Tengo la mala costumbre de leer con la profesora que llevo dentro sentada sobre las rodillas. La muy petarda busca fallos y aciertos, subraya en rosa o en morado, da saltitos cuando se topa con algo que poder llevar a clase. La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina, sin duda, está lleno de “algos” que poder llevar a clase. Pero igual debería haber empezado por el principio.

Hace casi un año se fallaba el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. Por una de esas casualidades tan poco verosímiles como ciertas, César Mallorquí, que estaba en el jurado, tenía que venir a una conferencia a la Escuela el mismo día, así que llegó directo desde la deliberación del jurado. Nos habló de un libro que no había ganado, pero que en su opinión debería haberlo hecho: La canción secreta del mundo. Y yo tomé nota, porque no se puede dejar pasar una recomendación así.

Un par de mese después compré el libro y lo abrí en el autobús, camino de casa. Leí las primeras páginas, puede que los primeros párrafos, y lo cerré. ¿Un saco de niños muertos? Por Dios, con la Navidad tan cerca necesitaba una historia que hablase de felicidad y cancioncillas pegadizas, no de niños muertos. Lo aplacé para las vacaciones de verano porque no tenía pinta de ser algo que se pudiera leer en el autobús, entre clase y clase, tomando un café... Tenía pinta de atraparte y esclavizarte. (A veces acierto con las primeras impresiones).

¿Pero por qué? Y aquí vuelvo a esa profesora que se me sienta en las rodillas cuando leo. ¿Por qué una historia tan dura, tan jodidamente dura, me ha anulado durante tres días? Porque eso es lo que ha hecho. Mis tres primeros días de vacaciones y no he salido a tomar cañas, no me he levantado tarde, no he disfrutado de una sobremesa en familia... Solo he leído.

Es fácil encontrar los motivos para esa esclavitud. Por encima de todo, trabaja sobre lo que para mí es el pilar de la narrativa, algo imprescindible que hace que una historia funcione o no: las decisiones. Pero las decisiones de verdad, las que le duelen al personaje, en las que se juega algo verdaderamente importante. El primer dilema que se le plantea (tu novio antiguo o tu novio nuevo) se hubiera resuelto en la mayoría de la novelas juveniles con una historia almibarada que nos hace sentir calorcito y que, muchas veces, nos lleva a desear ser ese personaje. (Elige al guapo, elige al que escribe pintadas en las paredes para ti, elige al que juega con tu hermana pequeña o al que te trae el desayuno a la cama). Con Ariadna no. Ni una sola vez, ni por un solo segundo, he deseado ser ella. Dios me libre. Y aun así, no podía dejar de leer. De hecho, en ese párrafo en el que le plantean a la protagonista que tiene que elegir he dicho en voz alta mi primer “qué bueno eres, cabrón”.

He hablado mucho en voz alta leyendo este libro. “No, por favor, no, que no hayan muerto”; “que no elija a ese, que no lo elija”; “que todo haya sido un sueño, por favor”. Y aquí, en esta última, me he ido corriendo al espejo porque no me reconocía. No hay nada peor que un protagonista que despierta de un sueño. No hay engaño al lector menos perdonable, más ruin, y los que damos clase de escritura se lo tatuamos a los alumnos en el cerebro a base de repetirlo. Así que imaginad cómo estaba para desear que eso pasara. (No lo deseaba de verdad, solo un poquito).

Y es que el otro punto de apoyo de la narrativa, y sobre todo de la juvenil, son (en mi modesta) las consecuencias de las decisiones. Lo que me hace creerme una trama o no, empatizar con un personaje o no, querer saber qué viene después (o no) es la forma en la que afrontan las consecuencias de sus decisiones y las consecuencias mismas. Segundo “qué cabrón”.

Después han venido muchos: por la prosa maravillosamente construida, por el vocabulario milimétricamente preciso (no hay palabra más vacía que “cosa”, salvo que no la uses en toda la novela y cuando aparece sea para definir lo vacía que está la protagonista), por la visibilidad de las imágenes. Pero como ese primero, ninguno.

Me gusta creer que si el escritor se divierte el lector también lo hace y viceversa. Sobre todo, viceversa. Es decir, que si el lector se ríe es porque antes se ha reído el escritor y que no hay forma de hacerle llorar si tú no has llorado antes. Y precisamente por eso he pasado de los “qué cabrón” a los “pobrecito”, porque José Antonio Cotrina ha tenido que pasarlo mal, muy mal escribiendo este libro. De hecho creo que por eso hace guiños a sus libros preferidos, me lo imagino en su mesa de trabajo esbozando sonrisas imperceptibles cada vez que cuela un guiño: un poquito de Harry Potter por aquí, con este niño que vive bajo la escalera, un poquito de El coleccionista de relojes extraordinarios por allá, con la subasta, Jeremías, Deveraux… En realidad, el de Laura Gallego debe de ser con mucho su libro superfavorito, por los homenajes que le hace. O tal vez la válvula de escape.

Y aun así, no es la estructura, no son las decisiones, no son las consecuencias. Es una mezcla de todas ellas. Y de esos guiños a otros libros (que seguro que hay más que yo no he visto), y de esa prosa y esas descripciones, de la ambientación que ahoga, quema, aplasta. Qué cabrón.

Leedlo. Leedlo un día de sol con niños riendo por todas partes y, a ser posible, chapoteando en el mar o en la piscina. Leedlo sabiendo que durante casi setecientas páginas odiaréis haberlo empezado. Leedlo sabiendo que os esclavizará. Porque lo disfrutaréis como se disfruta de la buena literatura, esa que te remueve y te deja hecho polvo, la que te obliga a pensar y, sobre todo, te hace sentir incómodo. Y la que te obliga, al día siguiente, a contarle a tus amigos y tus compañeros, a quien sea que se cruce contigo, que te has leído un libro que te ha dejado KO.

lunes, 13 de julio de 2015

Pánico (de Lauren Oliver), o el peligroso aplauso al gilipollas

Hacía mucho que un libro no me cabreaba tanto como Pánico, de Lauren Oliver. Resumo mucho, para poneros en situación: llegan las vacaciones y los chicos del último curso del instituto (17 o 18 años) de un pueblo neoyorquino se embarcan en un juego en el que tienen que superar una serie de pruebas peligrosas. Al final del juego (y del verano) el ganador se embolsa una cantidad brutal de dinero que durante todo el año han ido pagando religiosamente todos los alumnos del instituto a razón de un dolar diario. Esto sucede cada verano. Raro es el año en el que no muere alguien, pero un pacto de silencio que involucra a todos los chicos del pueblo hace que ni la policía ni los adultos le pongan freno a este juego.

No voy a decir nada de la verosimilitud, pese a que la policía resulta bastante tonta, todos los adultos muy relajados y los chicos, que no tienen ni para comer en algunos casos, unos potentados (que un dólar al día es una pasta a lo largo del año). Hoy no va de eso el artículo.

Como escritora, sueño con que mis hijos adolescentes me lean y se sientan orgullosos de lo que su madre ha escrito, pero como sé que esta imbecilidad a mi editora no le resultará suficiente, sueño también con que otros adolescentes me lean y quieran más, que se enamoren de mis personajes, que deseen vivir lo que ellos viven. Como madre, espero que mis hijos nunca empaticen con los personajes de Pánico y, por Dios, por Dios, que nunca quieran vivir algo parecido.

Sé que la sociedad ha evolucionado y que un poquito de peligro ya no es suficiente para mantener a los lectores pegados a las páginas de un libro. Cuando en el telediario hay muertes en directo a la hora de la comida y no se nos atraganta la sopa, la violencia ha dejado de ser un tabú o algo que tratar con sumo cuidado. Los juegos del hambre y todas las distopías (me he resistido durante mucho tiempo a usar esta palabra, pero siempre hay una primera vez) que han venido después nos muestran adolescentes que mueren y matan, sobre todo que matan, porque no les queda otro remedio. Porque una fuerza opresora los obliga, porque les ha tocado vivir en el “mata o muere”, porque las decisiones, ese pilar en el que se sustenta la literatura, están tejidas de tal forma que a los personajes no les queda otra que arremangarse y dejar de lado sus principios para sobrevivir.

Pero aquí no. Aquí los adolescentes mueren y matan, porque matan aunque solo sea por el silencio cómplice, para comprarse un coche, pagarse un aumento de pecho, vengarse o, simplemente, por aburrimiento. No hay buenos y malos, todos participan de esta locura de juego absurdo y tratan de hacernos creen que unos motivos son más nobles que otros, que prender fuego a una casa que tiene gente dentro no es tan malo si lo has hecho por amor. Ay, el amor. Qué fácil es perdonarlo todo por amor. Es verdad, lo decía al principio, que hacía mucho que no me cabreaba tanto leyendo un libro y la última vez que pasó los motivos fueron exactamente los mismos: una trama que pretende convencerme de que el amor (mal llamado amor) justifica cualquier cosa. Es la base del maltrato, ese “lo hago por tu bien” que lo mismo justifica un guantazo, partirle la cara al chico que te ha mirado con deseo, un novio que te mira el teléfono para saber con quién has quedado o un arriesgado paseo por una tablita, a quince metros de altura, bajo una lluvia torrencial. Me niego a aplaudir a la protagonista que se pone un revólver en la cabeza y aprieta el gatillo con la esperanza de que no salga la bala y, sobre todo, me niego a pensar que eso la hace valiente. No es valiente, es gilipollas. Y pienso en Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, y sé que también es gilipollas, pero él se tiene que enfrentar a las consecuencias de lo que hace, de eso va el libro exactamente. Los protagonistas de Pánico no se enfrentan nunca a las consecuencias de sus decisiones.

No sé cuántos adolescentes (y no tan adolescentes) han puesto un candado en un puente después de que una novela mostrase ese gesto como máxima representación del amor, aunque por lo que sale en las noticias han debido de ser muchos. Pero tiemblo de pensar cuántos, no, cuántos no, tiemblo de pensar que a un solo adolescente se le pueda ocurrir que es divertido jugarse la vida para matar el aburrimiento porque, total, los adultos no se enteran, la policía tampoco y tu gran amor te lo perdonará si le explicas que lo has hecho por ella.

miércoles, 10 de junio de 2015

47 trocitos y una bombilla rota


Llevo unos días de bombillas rotas en la tripa. Sí, hombre, esos cristales diminutos, casi polvo, que se cuelan por todas partes cuando estalla una bombilla y que no cortan, ni pinchan, solo rascan. Incordian. Y como no hay sangre, ni siquiera puedes quejarte. Yo esos días lloro sin que nadie me vea. A veces sin lágrimas, solo lloro porque me apetece llorar, sin motivo. Y sé, porque ya voy teniendo años, que cuando tengo días de bombillas rotas, lo mejor es no leer nada que llegue directo a las tripas, porque la mezcla rasca, incordia y deja un poso que luego cuesta mucho limpiar. Y hoy, con el dichoso polvo de bombilla esparcido por todo el cuerpo, voy yo, lista, y me leo 47 trocitos, de Cristina Sánchez Andrade.

Hay libros que te remueven (no he dicho conmueven, no, he escrito remueven) por motivos tan personales, que nadie más los comprende. A veces ni uno mismo. Me pasó con Palabras envenenadas, de Maite Carranza. Me lo regalo Ana y quise leerlo porque me interesaba el tema, porque había escuchado buenas críticas y porque era un regalo pensado para mí. Pero no hubo forma. Los diálogos entre la madre y la hija eran tan parecidos a los que tengo a diario con mi hija que se me saltaban las lágrimas y tuve que abandonar.

Cuando conocí a Cristina Sánchez Andrade hablamos de cursos, de alumnos, de libros y de café. Le dije que mi especialidad era la literatura infantil y ella no me contó que había escrito este libro, así que, cuando vi unos meses después una noticia sobre 47 trocitos me sorprendí mucho. En el siguiente correo que cambiamos por cosas de trabajo le dije que tenía ganas de leerlo y ella, que es un amor, me lo hizo llegar a través de Edebé.

Reconozco que me daba un poco de yuyu leerlo, porque la historia de una niña con síndrome de Down podía ser pegajosilla, muy dramática o con una moraleja tan grande que no cupiese en las páginas. Pero no. No es la historia de Manuelita Quita y Pon, sino la de su hermana. O tal vez sea la de las dos, pero a mí la que me atrapa es la de Pussy, que tiene una hermana a la que todos hacen caso, a la que todos contemplan, y de la que se tiene, en cierta medida, que ocupar. Y es un pedazo de historia. Pero tampoco es eso lo que me ha dejado más pequeñita de lo que ya soy.

Vaya de antemano que a mí una buena metáfora me pone a los pies de un libro. Eso sí, aviso para todos los escritores famosos que están leyendo esto y que han decidido incluir una metáfora en su próximo libro para que me postre ante ellos, he dicho buena metáfora. Una mala o manida me enfada. Y soy muy rencorosa en esto de las metáforas, como la mafia, perdono pero no olvido. Pues bien, hay tantas y tan buenas metáforas en este libro que a ratitos estaba leyendo sin prestar atención a la trama, a las peripecias de los personajes, solo disfrutando de la palabra. En cierta manera, me ha recordado a Mi madre cabe en un dedal, aunque no tenga nada que ver, por la forma en que mezcla realismo y fantasía, sin puntos entre medias. Como me ha recordado a La sonrisa etrusca, mucho, por ese abuelo que tiene un sapo en la tripa, tan similar a la Rusca de la novela de Sampedro. Y a Poe, por los niños cuervo. Y es que en pocas páginas, cabe mucho literatura. Y si además está aderezada con las magníficas ilustraciones de Guridi, las ciento y pico paginitas, a doble espacio y con letra grande, se quedan muy cortas para albergar tanta magia.

Los cristalitos de bombilla reventada se clavan un poco cuando los niños cuervo se ríen de Manuelita Quita y Pon o cuando Pussy no la invita a ver su obra de teatro porque se avergüenza de ella, pero creo que son mis cristales, no los vuestros, no los de otros lectores. Leed sin miedo (a llorar).

Y me encantaría hacer una reseña al uso, con su resumen, sus puntos fuertes y los débiles, con esa voz de maestrilla que se me pone a veces cuando analizo un libro. Pero, sencillamente, no me apetece. Solo me apetece recomendarlo porque es un libro para leer despacio, para leer en voz alta, sobre todo algunos párrafos, para leer con un niño y comentarlo. Para tenerlo en la estantería y volverlo a leer cualquier otro día de lluvia porque llorar, a veces, aunque sea sin motivo, deja buen sabor de boca.


miércoles, 25 de febrero de 2015

Los experimentos narrativos (Pomelo y Limón, de Begoña Oro)

Me gustan los experimentos. Será mi vena docente o algún trastorno producido por la ingesta masiva de chocolate desde que era pequeña, pero me lanzo de cabeza a los libros que arriesgan en algún sentido. A veces tengo la sensación de que hemos caído en la trampa de contentar al lector a base de ofrecerle lo que le gusta, lo que otros le han ofrecido antes con éxito. Que apostamos sobre seguro, vaya. Por eso aplaudo a los inconformistas y a los que quieren ir más allá.

El último experimento que he leído (y por Dios, quede claro que uso la palabra experimento con todo el respeto del mundo, con admiración incluso) es Pomelo y Limón, de Begoña Oro. No se trata de un libro nuevo, tiene ya cuatro años, pero nunca he dicho que la sección de novedades sea mi favorita.

La historia es sencilla: chico y chica se conocen, se gustan, se enamoran y sus familias no están muy convencidas de que esa relación sea una buena idea. Romeo y Julieta. El amor prohibido. Nada que no nos hayan contado antes. Tal vez por eso Begoña Oro ha decidido contárnoslo con cuatro narradores diferentes. Cuando hablo a mis alumnos sobre los experimentos narrativos siempre les aconsejo que si su innovación está en la forma, mantengan un contenido reconocible, que no presente demasiadas dificultades al lector (del mismo modo que si el experimento viene de la mano de lo que cuentan, es mejor que elijan una forma clásica de hacerlo). Sé que llegará el libro (o el alumno) que me convenza de lo contrario pero, de momento, creo que es un acierto utilizar una historia de amor clásica cuando lo que se busca es sorprender con la forma. Y digo clásica aunque estén presentes blogs, mensajes de texto, programas de televisión, revistas del corazón, un pendrive con el que se intercambian las cartas… Porque no deja de ser la historia de amor prohibido, la lucha por defender la relación, contra todo el que se oponga. Pero es una historia clásica en el siglo XXI hasta el punto de que la dirección del blog en el que escribe la protagonista está activa y muestra precisamente eso, el blog en el que escribe María, con los comentarios que otros personajes han escrito en él y que también aparecen en el libro. Es decir, la historia sale de los límites del papel o del ebook y salta a las redes sociales, a las de verdad. Y así sí, entra de lleno en el siglo XXI.

Pero voy al experimento. Begoña Oro utiliza cuatro narradores diferentes y no necesita ninguna marca tipográfica que indique al lector quién narra cada vez, porque las voces son diferentes, la extensión de las cartas (sí, los chicos se escriben cartas y se convierten así en narradores de su propia historia) es siempre corta en las de él y más larga y más poética en las de ella. El narrador general de la historia, además, habla con el lector, le explica lo que está haciendo y lo que podría hacer con la historia, casi como si le diera clases de escritura (tal vez esto también haya influido en mi rendición absoluta). Y se permite regañarle y hasta ponerse un poco chulo. Incluso oculta su identidad y se regodea en ello ante el lector. Se permite la seguridad en sí mismo que esperamos de un buen narrador:

Dije antes que las historias acaban como pueden.
No es así. Las historias acaban como su autor quiera que acaben. O al menos acaban donde su autor quiere, que casi viene a ser lo mismo.
(…)
Pero ¿quién soy yo y cómo quiero que acabe esta historia? No pienso revelarlo hasta que te pongas de mi parte.

He hablado de tres narradores: Jorge, María y el narrador general. Pero hay un cuarto que no se puede ignorar: los dibujos. Jorge escribe poco, es parco en palabras, pero dibuja. Le envía dibujos que, sin ser obras de arte sino lo que un chico de su edad podría trazar en una clase aburrida con un par de bolígrafos, hablan de lo que siente, de lo que ocurre a su alrededor, de la historia. Y no incluyo el blog entre los narradores porque entonces tendríamos también a la chica que hace comentarios desde el otro lado del mundo, a la propia María con una voz muy diferente a la de las cartas…

Y aunque juegue con los narradores y la historia sea clásica, no se descuida ni un segundo la verosimilitud. La protagonista, por ejemplo, no puede usar el teléfono ni internet y por eso tiene que recurrir a cartas escondidas, a una amiga que hace de intermediaria, a los dibujos... Pero el motivo por el que no pueden usarlo es tan creíble, tan racional, que ningún lector lo pone en duda. Apela, además, al deseo más íntimo de los lectores: la empatía. Dice Yaiza, la lectora del blog de la protagonista:

¿Cómo puede ser que una desconocida, en algún lugar, esté escribiendo mi historia con las mismas palabras con que yo lo haría?

Y me pregunto cuántos lectores han pensado esto mismo al leer una historia, sobre todo una historia de amor.

Un experimento, en definitiva (que cuando me gusta algo no sé parar y me estoy alargando demasiado), muy cuidado, muy respetuoso con el lector y muy acertado.