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Mostrando entradas de 2015

El chico de las estrellas o la valentía de escribir bien

No me gustan las simetrías. No me gustan la ropa interior conjuntada ni los pendientes iguales ni ordenar las cosas por tamaños. Pero en lo que a escritura se refiere, me gusta que todo esté colocadito, que no haya negritas ni cursivas ni nada que llame la atención de la forma sobre el contenido salvo que haya un motivo muy potente para ello. Odio los saltos de párrafo porque sí y la prosa que juega a ser verso solo por el capricho de un salto de línea. Pero, dicho todo esto, me gusta mucho, mucho, la forma de El chico de las estrellas.

No sé si es novela, autobiografía, poesía urbana o qué. Ni me importa, ya que estamos. Pero dice contar la vida de su autor y en ese pacto que establecemos el libro yo, me lo creo. Ojo, que no pongo en duda en ningún momento la sinceridad de quien lo firma, solo digo que me creo lo que me dice como me creo que Peter Pan vuela o que algún día encontraré un armario con una puerta secreta al fondo, porque me lo han contado bien. Y me da pena que el libro…

Violet y Finch o cómo no hacer una reseña

Tengo memoria de pez. Leo un libro y a los pocos días se me ha olvidado. Me pasa con las películas, con los nombres de la gente y con un millón de cosas más. Por eso tomo notas o hago reseñas nada más terminar la lectura, porque unos días después sería tarde. Pero desde que leí Violet y Finch, de Jennifer Niven, estoy intentando escribir sobre ella y no lo consigo porque no soy capaz de responder a una pregunta que me hago siempre a la hora de reseñar un libro: ¿Lo recomendaría? ¿Recomendaría una historia que comienza al borde de una azotea desde la que dos adolescentes, por motivos distintos, con vidas que no se parecen en nada, quieren saltar?

Es una lectura que no se olvida, aunque tengas memoria de pez. Que te deja unos días pensando y te descubres en el metro o en un interesantísimo partido de fútbol recordando una frase que no dijo Violet o aquella otra que sí dijo Finch. Y eso es bueno, es muy bueno. Quiere decir que la historia de los protagonistas me ha llegado a ese sitio de…

Palabras envenenadas, de Maite Carranza

Me regalaron Palabras envenenadas, de Maite Carranza, hace cuatro años, cuando yo tenía un hija de 15, la edad de la protagonista. Empecé a leerlo y a las pocas páginas tuve que abandonar. Bárbara es una chica de 15 años que empieza a ligar con chicos, que se sabe atractiva y lo aprovecha y que tiene una madre que no pone pegas a ese cambio, pero un día deja una nota, desaparece de casa y tres días después la policía descubre que no ha sido una fuga, sino un secuestro.

Me sentí mal, y eso bueno. Me sentí identificada, y eso es mejor. Me lo creí a pies juntillas, y eso es la leche.

Ahora, cuatro años después, he vuelto al libro. Me ha vuelto a remover por dentro y a hacerme un agujerito en el estómago, pero esta vez lo he leído completo y he comprendido los premios, el éxito y a los lectores satisfechos.

Con dos narradores diferentes, la propia Bárbara y un narrador en tercera persona que va saltando de un personaje a otro, Maite Carranza mantiene la tensión sobre lo que ha ocurrido…

La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina (o cómo dejarse esclavizar)

Tengo la mala costumbre de leer con la profesora que llevo dentro sentada sobre las rodillas. La muy petarda busca fallos y aciertos, subraya en rosa o en morado, da saltitos cuando se topa con algo que poder llevar a clase. La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina, sin duda, está lleno de “algos” que poder llevar a clase. Pero igual debería haber empezado por el principio.

Hace casi un año se fallaba el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. Por una de esas casualidades tan poco verosímiles como ciertas, César Mallorquí, que estaba en el jurado, tenía que venir a una conferencia a la Escuela el mismo día, así que llegó directo desde la deliberación del jurado. Nos habló de un libro que no había ganado, pero que en su opinión debería haberlo hecho: La canción secreta del mundo. Y yo tomé nota, porque no se puede dejar pasar una recomendación así.

Un par de mese después compré el libro y lo abrí en el autobús, camino de casa. Leí las primeras páginas, puede q…

Pánico (de Lauren Oliver), o el peligroso aplauso al gilipollas

Hacía mucho que un libro no me cabreaba tanto como Pánico, de Lauren Oliver. Resumo mucho, para poneros en situación: llegan las vacaciones y los chicos del último curso del instituto (17 o 18 años) de un pueblo neoyorquino se embarcan en un juego en el que tienen que superar una serie de pruebas peligrosas. Al final del juego (y del verano) el ganador se embolsa una cantidad brutal de dinero que durante todo el año han ido pagando religiosamente todos los alumnos del instituto a razón de un dolar diario. Esto sucede cada verano. Raro es el año en el que no muere alguien, pero un pacto de silencio que involucra a todos los chicos del pueblo hace que ni la policía ni los adultos le pongan freno a este juego.

No voy a decir nada de la verosimilitud, pese a que la policía resulta bastante tonta, todos los adultos muy relajados y los chicos, que no tienen ni para comer en algunos casos, unos potentados (que un dólar al día es una pasta a lo largo del año). Hoy no va de eso el artículo.

47 trocitos y una bombilla rota

Llevo unos días de bombillas rotas en la tripa. Sí, hombre, esos cristales diminutos, casi polvo, que se cuelan por todas partes cuando estalla una bombilla y que no cortan, ni pinchan, solo rascan. Incordian. Y como no hay sangre, ni siquiera puedes quejarte. Yo esos días lloro sin que nadie me vea. A veces sin lágrimas, solo lloro porque me apetece llorar, sin motivo. Y sé, porque ya voy teniendo años, que cuando tengo días de bombillas rotas, lo mejor es no leer nada que llegue directo a las tripas, porque la mezcla rasca, incordia y deja un poso que luego cuesta mucho limpiar. Y hoy, con el dichoso polvo de bombilla esparcido por todo el cuerpo, voy yo, lista, y me leo 47 trocitos, de Cristina Sánchez Andrade.

Hay libros que te remueven (no he dicho conmueven, no, he escrito remueven) por motivos tan personales, que nadie más los comprende. A veces ni uno mismo. Me pasó con Palabras envenenadas, de Maite Carranza. Me lo regalo Ana y quise leerlo porque me interesaba el tema, por…

Los experimentos narrativos (Pomelo y Limón, de Begoña Oro)

Me gustan los experimentos. Será mi vena docente o algún trastorno producido por la ingesta masiva de chocolate desde que era pequeña, pero me lanzo de cabeza a los libros que arriesgan en algún sentido. A veces tengo la sensación de que hemos caído en la trampa de contentar al lector a base de ofrecerle lo que le gusta, lo que otros le han ofrecido antes con éxito. Que apostamos sobre seguro, vaya. Por eso aplaudo a los inconformistas y a los que quieren ir más allá.

El último experimento que he leído (y por Dios, quede claro que uso la palabra experimento con todo el respeto del mundo, con admiración incluso) es Pomelo y Limón, de Begoña Oro. No se trata de un libro nuevo, tiene ya cuatro años, pero nunca he dicho que la sección de novedades sea mi favorita.

La historia es sencilla: chico y chica se conocen, se gustan, se enamoran y sus familias no están muy convencidas de que esa relación sea una buena idea. Romeo y Julieta. El amor prohibido. Nada que no nos hayan contado antes.…