martes, 21 de julio de 2015

La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina (o cómo dejarse esclavizar)

Tengo la mala costumbre de leer con la profesora que llevo dentro sentada sobre las rodillas. La muy petarda busca fallos y aciertos, subraya en rosa o en morado, da saltitos cuando se topa con algo que poder llevar a clase. La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina, sin duda, está lleno de “algos” que poder llevar a clase. Pero igual debería haber empezado por el principio.

Hace casi un año se fallaba el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. Por una de esas casualidades tan poco verosímiles como ciertas, César Mallorquí, que estaba en el jurado, tenía que venir a una conferencia a la Escuela el mismo día, así que llegó directo desde la deliberación del jurado. Nos habló de un libro que no había ganado, pero que en su opinión debería haberlo hecho: La canción secreta del mundo. Y yo tomé nota, porque no se puede dejar pasar una recomendación así.

Un par de mese después compré el libro y lo abrí en el autobús, camino de casa. Leí las primeras páginas, puede que los primeros párrafos, y lo cerré. ¿Un saco de niños muertos? Por Dios, con la Navidad tan cerca necesitaba una historia que hablase de felicidad y cancioncillas pegadizas, no de niños muertos. Lo aplacé para las vacaciones de verano porque no tenía pinta de ser algo que se pudiera leer en el autobús, entre clase y clase, tomando un café... Tenía pinta de atraparte y esclavizarte. (A veces acierto con las primeras impresiones).

¿Pero por qué? Y aquí vuelvo a esa profesora que se me sienta en las rodillas cuando leo. ¿Por qué una historia tan dura, tan jodidamente dura, me ha anulado durante tres días? Porque eso es lo que ha hecho. Mis tres primeros días de vacaciones y no he salido a tomar cañas, no me he levantado tarde, no he disfrutado de una sobremesa en familia... Solo he leído.

Es fácil encontrar los motivos para esa esclavitud. Por encima de todo, trabaja sobre lo que para mí es el pilar de la narrativa, algo imprescindible que hace que una historia funcione o no: las decisiones. Pero las decisiones de verdad, las que le duelen al personaje, en las que se juega algo verdaderamente importante. El primer dilema que se le plantea (tu novio antiguo o tu novio nuevo) se hubiera resuelto en la mayoría de la novelas juveniles con una historia almibarada que nos hace sentir calorcito y que, muchas veces, nos lleva a desear ser ese personaje. (Elige al guapo, elige al que escribe pintadas en las paredes para ti, elige al que juega con tu hermana pequeña o al que te trae el desayuno a la cama). Con Ariadna no. Ni una sola vez, ni por un solo segundo, he deseado ser ella. Dios me libre. Y aun así, no podía dejar de leer. De hecho, en ese párrafo en el que le plantean a la protagonista que tiene que elegir he dicho en voz alta mi primer “qué bueno eres, cabrón”.

He hablado mucho en voz alta leyendo este libro. “No, por favor, no, que no hayan muerto”; “que no elija a ese, que no lo elija”; “que todo haya sido un sueño, por favor”. Y aquí, en esta última, me he ido corriendo al espejo porque no me reconocía. No hay nada peor que un protagonista que despierta de un sueño. No hay engaño al lector menos perdonable, más ruin, y los que damos clase de escritura se lo tatuamos a los alumnos en el cerebro a base de repetirlo. Así que imaginad cómo estaba para desear que eso pasara. (No lo deseaba de verdad, solo un poquito).

Y es que el otro punto de apoyo de la narrativa, y sobre todo de la juvenil, son (en mi modesta) las consecuencias de las decisiones. Lo que me hace creerme una trama o no, empatizar con un personaje o no, querer saber qué viene después (o no) es la forma en la que afrontan las consecuencias de sus decisiones y las consecuencias mismas. Segundo “qué cabrón”.

Después han venido muchos: por la prosa maravillosamente construida, por el vocabulario milimétricamente preciso (no hay palabra más vacía que “cosa”, salvo que no la uses en toda la novela y cuando aparece sea para definir lo vacía que está la protagonista), por la visibilidad de las imágenes. Pero como ese primero, ninguno.

Me gusta creer que si el escritor se divierte el lector también lo hace y viceversa. Sobre todo, viceversa. Es decir, que si el lector se ríe es porque antes se ha reído el escritor y que no hay forma de hacerle llorar si tú no has llorado antes. Y precisamente por eso he pasado de los “qué cabrón” a los “pobrecito”, porque José Antonio Cotrina ha tenido que pasarlo mal, muy mal escribiendo este libro. De hecho creo que por eso hace guiños a sus libros preferidos, me lo imagino en su mesa de trabajo esbozando sonrisas imperceptibles cada vez que cuela un guiño: un poquito de Harry Potter por aquí, con este niño que vive bajo la escalera, un poquito de El coleccionista de relojes extraordinarios por allá, con la subasta, Jeremías, Deveraux… En realidad, el de Laura Gallego debe de ser con mucho su libro superfavorito, por los homenajes que le hace. O tal vez la válvula de escape.

Y aun así, no es la estructura, no son las decisiones, no son las consecuencias. Es una mezcla de todas ellas. Y de esos guiños a otros libros (que seguro que hay más que yo no he visto), y de esa prosa y esas descripciones, de la ambientación que ahoga, quema, aplasta. Qué cabrón.

Leedlo. Leedlo un día de sol con niños riendo por todas partes y, a ser posible, chapoteando en el mar o en la piscina. Leedlo sabiendo que durante casi setecientas páginas odiaréis haberlo empezado. Leedlo sabiendo que os esclavizará. Porque lo disfrutaréis como se disfruta de la buena literatura, esa que te remueve y te deja hecho polvo, la que te obliga a pensar y, sobre todo, te hace sentir incómodo. Y la que te obliga, al día siguiente, a contarle a tus amigos y tus compañeros, a quien sea que se cruce contigo, que te has leído un libro que te ha dejado KO.

lunes, 13 de julio de 2015

Pánico (de Lauren Oliver), o el peligroso aplauso al gilipollas

Hacía mucho que un libro no me cabreaba tanto como Pánico, de Lauren Oliver. Resumo mucho, para poneros en situación: llegan las vacaciones y los chicos del último curso del instituto (17 o 18 años) de un pueblo neoyorquino se embarcan en un juego en el que tienen que superar una serie de pruebas peligrosas. Al final del juego (y del verano) el ganador se embolsa una cantidad brutal de dinero que durante todo el año han ido pagando religiosamente todos los alumnos del instituto a razón de un dolar diario. Esto sucede cada verano. Raro es el año en el que no muere alguien, pero un pacto de silencio que involucra a todos los chicos del pueblo hace que ni la policía ni los adultos le pongan freno a este juego.

No voy a decir nada de la verosimilitud, pese a que la policía resulta bastante tonta, todos los adultos muy relajados y los chicos, que no tienen ni para comer en algunos casos, unos potentados (que un dólar al día es una pasta a lo largo del año). Hoy no va de eso el artículo.

Como escritora, sueño con que mis hijos adolescentes me lean y se sientan orgullosos de lo que su madre ha escrito, pero como sé que esta imbecilidad a mi editora no le resultará suficiente, sueño también con que otros adolescentes me lean y quieran más, que se enamoren de mis personajes, que deseen vivir lo que ellos viven. Como madre, espero que mis hijos nunca empaticen con los personajes de Pánico y, por Dios, por Dios, que nunca quieran vivir algo parecido.

Sé que la sociedad ha evolucionado y que un poquito de peligro ya no es suficiente para mantener a los lectores pegados a las páginas de un libro. Cuando en el telediario hay muertes en directo a la hora de la comida y no se nos atraganta la sopa, la violencia ha dejado de ser un tabú o algo que tratar con sumo cuidado. Los juegos del hambre y todas las distopías (me he resistido durante mucho tiempo a usar esta palabra, pero siempre hay una primera vez) que han venido después nos muestran adolescentes que mueren y matan, sobre todo que matan, porque no les queda otro remedio. Porque una fuerza opresora los obliga, porque les ha tocado vivir en el “mata o muere”, porque las decisiones, ese pilar en el que se sustenta la literatura, están tejidas de tal forma que a los personajes no les queda otra que arremangarse y dejar de lado sus principios para sobrevivir.

Pero aquí no. Aquí los adolescentes mueren y matan, porque matan aunque solo sea por el silencio cómplice, para comprarse un coche, pagarse un aumento de pecho, vengarse o, simplemente, por aburrimiento. No hay buenos y malos, todos participan de esta locura de juego absurdo y tratan de hacernos creen que unos motivos son más nobles que otros, que prender fuego a una casa que tiene gente dentro no es tan malo si lo has hecho por amor. Ay, el amor. Qué fácil es perdonarlo todo por amor. Es verdad, lo decía al principio, que hacía mucho que no me cabreaba tanto leyendo un libro y la última vez que pasó los motivos fueron exactamente los mismos: una trama que pretende convencerme de que el amor (mal llamado amor) justifica cualquier cosa. Es la base del maltrato, ese “lo hago por tu bien” que lo mismo justifica un guantazo, partirle la cara al chico que te ha mirado con deseo, un novio que te mira el teléfono para saber con quién has quedado o un arriesgado paseo por una tablita, a quince metros de altura, bajo una lluvia torrencial. Me niego a aplaudir a la protagonista que se pone un revólver en la cabeza y aprieta el gatillo con la esperanza de que no salga la bala y, sobre todo, me niego a pensar que eso la hace valiente. No es valiente, es gilipollas. Y pienso en Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, y sé que también es gilipollas, pero él se tiene que enfrentar a las consecuencias de lo que hace, de eso va el libro exactamente. Los protagonistas de Pánico no se enfrentan nunca a las consecuencias de sus decisiones.

No sé cuántos adolescentes (y no tan adolescentes) han puesto un candado en un puente después de que una novela mostrase ese gesto como máxima representación del amor, aunque por lo que sale en las noticias han debido de ser muchos. Pero tiemblo de pensar cuántos, no, cuántos no, tiemblo de pensar que a un solo adolescente se le pueda ocurrir que es divertido jugarse la vida para matar el aburrimiento porque, total, los adultos no se enteran, la policía tampoco y tu gran amor te lo perdonará si le explicas que lo has hecho por ella.