domingo, 27 de diciembre de 2015

El chico de las estrellas o la valentía de escribir bien

No me gustan las simetrías. No me gustan la ropa interior conjuntada ni los pendientes iguales ni ordenar las cosas por tamaños. Pero en lo que a escritura se refiere, me gusta que todo esté colocadito, que no haya negritas ni cursivas ni nada que llame la atención de la forma sobre el contenido salvo que haya un motivo muy potente para ello. Odio los saltos de párrafo porque sí y la prosa que juega a ser verso solo por el capricho de un salto de línea. Pero, dicho todo esto, me gusta mucho, mucho, la forma de El chico de las estrellas.

No sé si es novela, autobiografía, poesía urbana o qué. Ni me importa, ya que estamos. Pero dice contar la vida de su autor y en ese pacto que establecemos el libro yo, me lo creo. Ojo, que no pongo en duda en ningún momento la sinceridad de quien lo firma, solo digo que me creo lo que me dice como me creo que Peter Pan vuela o que algún día encontraré un armario con una puerta secreta al fondo, porque me lo han contado bien. Y me da pena que el libro se analice, se valore o se premie porque su autor ha tenido la valentía de contar su vida. O porque es homosexual. No, me niego. No quiero saber si su autor es valiente, ni me importa, porque quien me ha atrapado desde la primera página es Chris Pueyo, el personaje. El Chris Pueyo que, aparte de un chico guapísimo (sí, he cotilleado sus fotos por la red), el autor de esta novela y un bloguero popular, es un personaje más del libro. En el momento que aparece en tinta azul, se convierte en un narrador testigo y parte, protagonista y secundario. Y me engancho a su voz hasta el punto de que me haría creer que la luna puede moverse con un soplido si se lo propusiera.

La valentía que admiro, que envidio y que me deja con la boca abierta es la del escritor que ha conseguido esa prosa tan fantástica, ese ritmo tan caótico y a la vez tan ordenado, ese personaje tan, tan, tan redondo. Es un libro valiente porque se atreve a romper las normas. Eso sí, las rompe con un motivo. Uno diferente en cada caso, en cada ruptura.

La tinta es azul porque el personaje tiene una relación especial con ese color. Mezcla la primera persona y la tercera, como si le costara a ratos saber quién es, como si fuera más fácil decir según qué cosas cuando es otro el que las pronuncia. Y en un alarde de valentía (literaria, valentía literaria) se permite mezclar la segunda también, como si la mente del personaje fuera un caos tal que no sabe cuándo habla consigo mismo y cuándo con el lector. Y hasta usa la minúscula en un capítulo entero. Pero no es un capricho ni una forma de llamar la atención, hay un motivo. Y es un motivo precioso. Porque también hay detalles preciosos. Si medio mundo colgó candados en los puentes por una novela, no imagino cuánta gente estará ahora mismo coleccionando instantes en el reverso de los billetes de autobús.

Es un texto corto, de esos que se pueden leer en unas horas. Y digo “pueden”, porque también es posible dedicarle más tiempo, detenerse en cada canción o cada libro que nombra. Así la historia se sale de esas pocas páginas y se hace más grande. Y es, sobre todo por esto lo envidio, uno de esos textos que parece que no ha costado trabajo escribir, que aparentemente no se han pensado, ni medido, ni corregido. Un discurso tan natural que no parece escritura. Y mi yo escritor se junta aquí con mi yo profesor y me dice que eso ocurre porque es bueno, porque ha medido, pensado y corregido. Que la Señora del Zumo de Tomate debió de verlo en pleno proceso creativo y por eso sabía que iba a lograrlo.

No he hecho recomendaciones para los regalos de Navidad como los últimos años en la página de la Escuela, así que lo haré desde aquí: leedlo, desifrutadlo, regaladlo.

Y, por favor, no digáis que es valiente porque su autor es gay, porque ha tenido el valor de contar su vida y abrirse en canal. Consideradlo valiente porque está tan bien escrito que os ha llevado a sentir todo eso.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Violet y Finch o cómo no hacer una reseña

Tengo memoria de pez. Leo un libro y a los pocos días se me ha olvidado. Me pasa con las películas, con los nombres de la gente y con un millón de cosas más. Por eso tomo notas o hago reseñas nada más terminar la lectura, porque unos días después sería tarde. Pero desde que leí Violet y Finch, de Jennifer Niven, estoy intentando escribir sobre ella y no lo consigo porque no soy capaz de responder a una pregunta que me hago siempre a la hora de reseñar un libro: ¿Lo recomendaría? ¿Recomendaría una historia que comienza al borde de una azotea desde la que dos adolescentes, por motivos distintos, con vidas que no se parecen en nada, quieren saltar?

Es una lectura que no se olvida, aunque tengas memoria de pez. Que te deja unos días pensando y te descubres en el metro o en un interesantísimo partido de fútbol recordando una frase que no dijo Violet o aquella otra que sí dijo Finch. Y eso es bueno, es muy bueno. Quiere decir que la historia de los protagonistas me ha llegado a ese sitio de nombre abstracto al que tienen que llegar las historias. Lo recomendaría, claro.

Violet es perfecta, o todos los creen así, y es duro vivir con esa marca. Finch es un desastre del que no cabe esperar nada, o todos los creen así, y es duro vivir con esa marca. Tal vez por eso se complementan tan bien, porque son de una forma para ellos y de otra para el resto del mundo. ¿Cuántos adolescentes (o adultos) se sienten así? La empatía está garantizada. ¿Cómo no recomendarlo?

Pero también es un libro que me ha hecho sufrir, que me ha hecho llorar, que me ha hecho pensar mucho. Es un libro que me ha dejado un sabor de boca agridulce, si no amargo. Y no sé si recomendar un libro así, porque bastante puñetera es la vida por su cuenta sin que le añadamos más dolor.

Narra desde dos voces, alternando capítulos, algo que está muy de moda en la literatura juvenil y que me gusta, aunque con matices. Me gustan los libros que me dejan ver el punto de vista de dos personajes desde dentro, esa intimidad que da la primera persona. Pero cuando las dos voces se parecen mucho (y pasa en casi todos los que he leído, con estupendas excepciones como Pomelo y Limón o Una tarta de manzana llena de esperanza) y hace falta poner el nombre de quien habla al inicio del capítulo para que lo reconozcamos, me cuesta un poco, solo un poquito, creérmelas. En este caso, aunque se parezcan, son diferentes y, sobre todo, me dejan ver las entrañas de dos personajes complejos, muy complejos, pero a los que termino entendiendo. Y les deseo lo mejor, he pasado casi cuatrocientas páginas deseándoles lo mejor. Lo recomiendo, claro que sí. Recomiendo que cualquiera viva esas horas de olvidarse de todo lo que le rodea para centrarse en la vida de dos adolescentes que se ayudan, se comprenden y se complementan pese a ser las dos personalidades más opuestas que se pueda imaginar.

Como reseña, lo sé, esto es un desastre. Ni siquiera es una reseña, en realidad. Sin resumen, sin puntos fuertes o débiles. Solo un caos de pensamientos y sensaciones, porque así es como me ha dejado la lectura. Y encima, ni siquiera he respondido mi pregunta. ¿Lo recomendaría? No lo sé.

Si queréis sentir el placer y el dolor al mismo tiempo, sí. Si queréis leer con el miedo a que algo se tuerza, sí. Si queréis enamoraros de unos personajes, hacerlos vuestros y sufrir, amar, reír y llorar con ellos, sí. Si queréis una historia que no vais a olvidar, ni aun teniendo memoria de pez, sí.

Si queréis un fin de semana de lectura placentera, de la que te deja una sonrisa tonta y calorcito en el estómago, no. O sí. Quién sabe.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Palabras envenenadas, de Maite Carranza

Me regalaron Palabras envenenadas, de Maite Carranza, hace cuatro años, cuando yo tenía un hija de 15, la edad de la protagonista. Empecé a leerlo y a las pocas páginas tuve que abandonar. Bárbara es una chica de 15 años que empieza a ligar con chicos, que se sabe atractiva y lo aprovecha y que tiene una madre que no pone pegas a ese cambio, pero un día deja una nota, desaparece de casa y tres días después la policía descubre que no ha sido una fuga, sino un secuestro.

Me sentí mal, y eso bueno. Me sentí identificada, y eso es mejor. Me lo creí a pies juntillas, y eso es la leche.

Ahora, cuatro años después, he vuelto al libro. Me ha vuelto a remover por dentro y a hacerme un agujerito en el estómago, pero esta vez lo he leído completo y he comprendido los premios, el éxito y a los lectores satisfechos.

Con dos narradores diferentes, la propia Bárbara y un narrador en tercera persona que va saltando de un personaje a otro, Maite Carranza mantiene la tensión sobre lo que ha ocurrido a base de presentar posibles culpables y hacernos dudar, asegurar incluso, que hemos descubierto de quién se trata.

Como en toda buena novela, cada uno de los secundarios tiene su propia historia, pero ninguna de ellas se come la trama principal porque lo que todos los lectores queremos saber es quién ha secuestrado a Bárbara y, sobre todo, si llegarán a tiempo de rescatarla.

Cuando los escaparates de la literatura juvenil están plagados de historias fantásticas, de historias de amor dulce y maravilloso, apostar por una trama en la que la protagonista es tan realista que duele (nos duele) y además sufre (sufre mucho) de una manera totalmente injusta es un acto de valentía.

Contar una historia que nos hace pensar y mirar el mundo de otra forma es abrir un campo que parecía estar vedado a la literatura juvenil. Estoy segura de que los lectores adolescentes también disfrutan de una historia así, aunque no les deje esa sensación de “quiero ser este personaje y vivir lo que él vive”. Una historia con tensión, con suspense, con un fantástico manejo de la información que se facilita al lector y con elementos suficientes, al margen del secuestro que orquesta toda la trama, para identificarse con los personajes.

Y estoy segura también de que, ahora que tanto insistimos en que hay que parar la violencia, ayudar al que la sufre, no mirar hacia otro lado, un libro como Palabras envenenadas es más que necesario. Así que, cuatro años después, gracias.