jueves, 24 de diciembre de 2015

Violet y Finch o cómo no hacer una reseña

Tengo memoria de pez. Leo un libro y a los pocos días se me ha olvidado. Me pasa con las películas, con los nombres de la gente y con un millón de cosas más. Por eso tomo notas o hago reseñas nada más terminar la lectura, porque unos días después sería tarde. Pero desde que leí Violet y Finch, de Jennifer Niven, estoy intentando escribir sobre ella y no lo consigo porque no soy capaz de responder a una pregunta que me hago siempre a la hora de reseñar un libro: ¿Lo recomendaría? ¿Recomendaría una historia que comienza al borde de una azotea desde la que dos adolescentes, por motivos distintos, con vidas que no se parecen en nada, quieren saltar?

Es una lectura que no se olvida, aunque tengas memoria de pez. Que te deja unos días pensando y te descubres en el metro o en un interesantísimo partido de fútbol recordando una frase que no dijo Violet o aquella otra que sí dijo Finch. Y eso es bueno, es muy bueno. Quiere decir que la historia de los protagonistas me ha llegado a ese sitio de nombre abstracto al que tienen que llegar las historias. Lo recomendaría, claro.

Violet es perfecta, o todos los creen así, y es duro vivir con esa marca. Finch es un desastre del que no cabe esperar nada, o todos los creen así, y es duro vivir con esa marca. Tal vez por eso se complementan tan bien, porque son de una forma para ellos y de otra para el resto del mundo. ¿Cuántos adolescentes (o adultos) se sienten así? La empatía está garantizada. ¿Cómo no recomendarlo?

Pero también es un libro que me ha hecho sufrir, que me ha hecho llorar, que me ha hecho pensar mucho. Es un libro que me ha dejado un sabor de boca agridulce, si no amargo. Y no sé si recomendar un libro así, porque bastante puñetera es la vida por su cuenta sin que le añadamos más dolor.

Narra desde dos voces, alternando capítulos, algo que está muy de moda en la literatura juvenil y que me gusta, aunque con matices. Me gustan los libros que me dejan ver el punto de vista de dos personajes desde dentro, esa intimidad que da la primera persona. Pero cuando las dos voces se parecen mucho (y pasa en casi todos los que he leído, con estupendas excepciones como Pomelo y Limón o Una tarta de manzana llena de esperanza) y hace falta poner el nombre de quien habla al inicio del capítulo para que lo reconozcamos, me cuesta un poco, solo un poquito, creérmelas. En este caso, aunque se parezcan, son diferentes y, sobre todo, me dejan ver las entrañas de dos personajes complejos, muy complejos, pero a los que termino entendiendo. Y les deseo lo mejor, he pasado casi cuatrocientas páginas deseándoles lo mejor. Lo recomiendo, claro que sí. Recomiendo que cualquiera viva esas horas de olvidarse de todo lo que le rodea para centrarse en la vida de dos adolescentes que se ayudan, se comprenden y se complementan pese a ser las dos personalidades más opuestas que se pueda imaginar.

Como reseña, lo sé, esto es un desastre. Ni siquiera es una reseña, en realidad. Sin resumen, sin puntos fuertes o débiles. Solo un caos de pensamientos y sensaciones, porque así es como me ha dejado la lectura. Y encima, ni siquiera he respondido mi pregunta. ¿Lo recomendaría? No lo sé.

Si queréis sentir el placer y el dolor al mismo tiempo, sí. Si queréis leer con el miedo a que algo se tuerza, sí. Si queréis enamoraros de unos personajes, hacerlos vuestros y sufrir, amar, reír y llorar con ellos, sí. Si queréis una historia que no vais a olvidar, ni aun teniendo memoria de pez, sí.

Si queréis un fin de semana de lectura placentera, de la que te deja una sonrisa tonta y calorcito en el estómago, no. O sí. Quién sabe.

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