miércoles, 27 de julio de 2016

Plan de escritura en cinco días

Hoy cerramos el taller de Escritura Creativa para adolescentes en Escuela de Escritores. Ha sido divertido, pero, sobre todo, ha sido sorprendente. Ay, lo que hubiera dado yo por encontrar algo así cuando tenía doce o trece años.
Los chicos del taller no necesitan empujones para lanzarse a escribir, pero aun así, voy a proponerles un plan de cinco días para romper cualquier bloqueo.
Os lo dejo aquí por si soy más perezosos, más vergonzosos, menos seguros que nuestros chicos.

Plan de ejercicio creativo de una semana
Empieza en lunes, porque somos más dados a cumplir los compromisos que arrancan con el inicio de la semana, del mes, del año… Seguro que hay una razón psicológica para ello, pero la desconozco, así que no lo puedo argumentar. Por una vez, creedme sin más y prometo no volver a pedíroslo.
Lunes:
Describe lo primero que has visto al levantarte. Con todo detalle. Pero no hace falta (de hecho no deberías hacerlo) que te pongas a anotarlo según te levantas. Solo retén la imagen y luego, a la hora que sea la que has decidido reservar para la escritura, haz memoria de eso que has visto. Posiblemente, salvo que vivas en una cabaña sin techo en lo alto de árbol que crece en una montaña inexplorada, lo que ves al levantarte son cuatro paredes, unas cortinas, la mesita de noche, el armario y unos zapatos que no recogiste porque te dio sueño. Es decir, un párrafo, dos a lo sumo. Diez minutos. Relee lo que has escrito, corrige, cambia. Léelo en voz alta para ver que tal suena. Y ya. No escribas más. No hoy.
Martes: 
Describe a la última persona que has visto que no conocieras de nada: el conductor del autobús, un señor que pasaba por la calle y al que has visto desde la ventana, la chica que te ha vendido el pan y en la que nunca te habías fijado… Fíjate en todos los detalles: su aspecto, su ropa, su voz, su forma de caminar.
Como el lunes, léelo, corrige, cambia. Y déjalo estar.
Miércoles:
Cuenta lo que ha pasado hoy durante la comida (o ayer, si estás escribiendo por la mañana). Quién se ha sentado a la mesa, qué había para comer, quién ha cocinado, si has hablado durante la comida o no. Pero cierra los ojos para recordarlo y cuenta también a qué olía, cómo sabía, si estaba caliente o frío, si había ruido de fondo, una tele, una radio, los pitidos de los coches en la calle o si solo se escuchaba el silencio…
Jueves:
Intenta recordar cuándo ha sido la última vez que has reído a carcajadas. Y si no es la última, una, da igual si es de hace tres días o de hace tres años. Y cuéntalo. Dónde estabas, quién más había contigo, qué pasó que te provocara tanta risa, si los demás se rieron tanto, si alguien se enfadó…
Hoy has tardado un poquito más en escribirlo, ¿verdad? Eso es porque esta propuesta es más creativa. Ya no solo describes, no cuentas con objetividad lo que ves y lo que percibes, también entran en juego las sensaciones, los sentimientos y la subjetividad.
Viernes:
¿Recuerdas a esa persona que describiste el martes, ese al que no conocías de nada?  Invéntate un nombre. Y una vez que tengas nombre para él o para ella, inventa una vida: ¿Tiene familia? ¿Vive con ellos? ¿Estudia o trabaja? ¿Qué estudia? ¿Dónde trabaja? ¿Se ha peleado con alguien y por eso lleva esa cara tan seria? ¿Va a pedirle matrimonio a su novia y por eso sonríe como un bobo? ¿Huye de la policía? ¿Acaba de perder el trabajo? ¿Va hacia una entrevista de trabajo?
Inventa hasta donde te apetezca. Si le pide matrimonio a la novia, lo que ella dice, lo que hace él con esa respuesta… Y recuerda describir con el detalle con el que has descrito lo que has visto al levantarte; incluir sonidos, olores, sensaciones, como el miércoles; buscar las emociones de tu personaje principal y de los que lo rodean, como el jueves. 

Felicidades, has llegado al viernes y has vencido al monstruo del bloqueo. O lo has atontado un rato.  Descansa el fin de semana, celebra esta meta, presume con los amigos, comparte con otros…

Y el lunes que viene, si te apetece, si te ha resultado divertido escribir y tienes ganas de contar más historias, sigue inventando vidas o contando la tuya, o alterando recuerdos y contando lo que te hubiera gustado vivir, lo que quieras. Si te ha gustado escribir, sigue escribiendo. 

domingo, 10 de julio de 2016

El contador de palabras

Me pregunta un alumno si su idea mola. Respondo con un discurso que, no por haberlo utilizado muchas veces es menos cierto: las ideas, en sí, no hacen la diferencia.

Yo tenía una idea. Una idea molona con muertos, vivos, ángeles, fantasmas, un poquito de amor, venganza… Ah, no. Venganza no, que tengo incapacidad manifiesta para los personajes malos. El caso es que mi idea empezó con una frase y llegó a quince mil palabras.

No me asusta trabajar, cualquiera que me conozca lo sabe. No pongo pegas a empezar de cero. Pero hay un monstruo que habita debajo del teclado de los escritores de novelas, o debajo del mío al menos, y que repite siempre las mismas palabras: recicla, copipega. 

Abrí un documento nuevo y tardé un par de semanas en llegar, otra vez, a las quince mil palabras. Más colocaditas, mejor cosidas entre sí, tal vez. Pero seguía siendo una colcha de esas de parches que de lejos bien, pero de cerca...

Vuelta al inicio, y así hasta cuatro o cinco veces. Porque ese monstruo repetitivo cuenta las palabras. El jodido contador de palabras. Mi ordenador es testigo de que hay cinco versiones diferentes de la misma historia. Y todas con quince mil palabras.

Miento, en la última llegué a veinte mil. ¡Guau! Veinte mil palabras. Y entonces me di cuenta de que seguía sin gustarme y de que no iba a escribirla. Me concedí un día para llorar y al siguiente volví a la carga.


Para vencer a los monstruos solo hay que mirarlos de frente. Bueno, igual no, igual eso no es suficiente para vencerlos, pero es mejor tener luz que luchar a oscuras. Ponerle nombre al monstruo es empezar a vencerlo.

La semana pasada volví a la página en blanco. Pero esta vez de verdad, al cero absoluto. Otra historia, otra voz. Otra novela.

Y me di cuenta en pocos días de que no había tirado a la basura esos cuatro meses de contar palabras. Que el cero absoluto, en realidad, era un cero con decimales y que esos decimales molaban.

Porque mi idea mola. Tiene fantasmas, vivos, muertos, ángeles, un poquito de amor y hasta una puntita de venganza. Pero la idea en sí no hará la diferencia. Las horas y horas de trabajo,  los porrazos contra la pared de mi cabezonería, el empeño en contar cosas que no importan, los personajes que no aportan nada pero que me daba pena borrar porque, jo, me los había currado tanto son los que, tal vez, marquen la diferencia.

Y he cosido la boca al monstruo. 

sábado, 2 de julio de 2016

Las decisiones de los personajes

No hay nada que me haga pensar en tanto la teoría sobre la escritura como tener que responder la duda de un alumno. Hace unos meses, para una de esas preguntas, estuve dando vueltas a por qué unas historias nos enganchan más que otras (sí, lo sé, la pregunta se las trae). El caso es que me puse a garabatear y salió esto: 


De ahí pasó a una clase, luego a otra en la que lo desarrollé un poco más, luego a unas notas manuscritas para aclarar cada punto de ese dibujo... Hoy trataba de explicarle a otro alumno por qué sus personajes tenían que empezar a tomar decisiones y ya que me ponía, he redactado esas notas para que dejaran de ser garabatos y pudieran leerse. 

Lo cierto es que hay historias en las que pasan un millón de cosas, cosas divertidas, cosas interesantes, cosas geniales incluso y aun así no nos enganchan. Nos da la sensación al leerlas de estar sentados en un parque viendo como diez niños se balancean en los columpios. Cualquiera de ellos podría caerse y desencadenar el desastre o ese chico más alto que el resto podría empujar a otro para ocupar su sitio y convertir la tarde pacífica en una batalla de niños, padres y vecinos. Pero pasan las horas y los columpios siguen moviéndose arriba y abajo sin más novedades que un papá que se lleva a rastras a su hijo cuando ya anochece o una niña que ha perdido el coletero.

Para mí, el pilar que sujeta la narrativa (infantil y juvenil, pero también la narrativa general) es la capacidad de los personajes para tomar decisiones. Para empujar al niño grande y ocupar su sitio. Y no me he equivocado, no. No es la capacidad del niño grande para dar el empujón, qué fácil, sino la del enclenque que sabe que se la juega y aun así, decide hacerlo.

En narrativa, los personajes toman decisiones continuamente. Eligen tomar la leche sola o con cereales, ir al colegio andando o en autobús, saltar a la comba o jugar a balón prisionero. La mayoría de esas decisiones no les afectan demasiado, pero son las que tejen la trama fina de la historia. 
  
Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región. El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo, y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.
Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.
A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes. «Tunante», dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa. Se metió en su coche y se alejó del número 4.
En las primeras páginas de Harry Potter y la piedra filosofal, El tío de Harry decide ponerse una corbata sosa, coger su maletín, besar a su mujer, montarse en el coche; su tía decide sentar a Dudley en la silla; Dudley tira los cereales contra la pared también porque así lo ha decidido. La historia no sería diferente si la corbata del tío tuviera lunares de colores, si la tía hubiera tomado al niño en brazos o si el chico se hubiera comido los cereales sin rechistar. Son decisiones irrelevantes.

Estas decisiones irrelevantes sirven para conocer a los personajes (el señor Dursley en un soso), para mostrarnos el entorno, para evitar que las escenas sean estáticas y para apoyar la verosimilitud (si Dudley tira los cereales y su padre decide hacerle un guiño, ¿cómo no me voy a creer toda diferencia de trato hacia los primos que vendrá después?).

No soy muy de listas, pero se puede hacer una sobre las características de estas decisiones:

  • Se pueden aislar, cambiar o eliminar sin que la historia cambie.
  • No suelen ser dicotomías. No hay dos opciones entre las que elegir, sino un abanico de posibilidades, un armario lleno de corbatas (muy sosas todas, casi seguro).
  • Las toma cualquier personaje.
  • Hay muchas en cada capítulo. Casi en cada acción, en cada movimiento.

En resumen, las decisiones irrelevantes son el atrezzo de una historia: necesarias pero imperceptibles.

Cuando un libro se nos cae de las manos, nos aburre y nos da esa sensación de parque infantil, es fácil que haya muchas decisiones irrelevantes y muy pocas relevantes. Porque la importancia de las decisiones de los personajes se mide por la gravedad de las consecuencias que arrastran.

Y ahí, en las decisiones relevantes, es donde se sujeta la historia

Las decisiones relevantes son las que tienen consecuencias para los personajes: Si salgo con Ana esta tarde, Laura va a enfadarse conmigo; si tiro los cereales contra la pared, me quedaré sin desayunar (¡qué hambre!); si salto de ese tejado tan alto, es posible que me mate. Se trata, por tanto, de decisiones que afectan a los personajes, modifican el sentido de la historia, de forma que, si las eliminásemos, la historia cambiaría.

No es lo mismo, claro, tirar los cereales contra la pared y pasar hambre un ratito que saltar del tejado y romperse la cabeza. Por eso me gusta separar las decisiones relevantes en dos bloques: las de consecuencias asumibles y las de consecuencias inasumibles. Esa imagen que cierra tantos libros y tantas películas en la que vemos al protagonista ponerse en el camino de la flecha, bala, espada… para evitar que muera un ser querido es una decisión de consecuencias inasumibles porque, a priori, el resultado va a ser la muerte. Luego ya nos encargamos los escritores y los guionistas de que no siempre muera (casi nunca, en realidad), pero el caso es que cuando el protagonista se ha puesto en la trayectoria de la bala lo ha hecho convencido de que iba a morir.

Vuelvo a esas listas que digo que no me gusta hacer para ver en qué se diferencian unas y otras.

Las decisiones de consecuencias asumibles las puede tomar cualquier personaje de la historia.  Hermion decide qué hierba es la buena y eso supone que la trama vaya en una dirección y no en otra, alguien deja la capa de invisibilidad para Harry y eso supone que descubra información que no podría haber descubierto de otra forma. Son puntos de giro, en unos casos, avances en la trama, en otros. 

Las decisiones inasumibles, en cambio, suele tomarlas el protagonista. Puede haber un secundario que se sacrifique por él, es cierto, pero el riesgo de que ese secundario usurpe el puesto al protagonista es muy alto. El lector puede interesarse más por esa historia (¡guau, cómo mola este chico, quiero saber más de él!) o sentirse decepcionado por un protagonista que no está a la altura del o que los secundarios han hecho por él. 

Una decisión de consecuencias inasumibles implica renuncia: muero, me marcho para que seas feliz y no volveré a verte nunca, renuncio a mi libertad para que tú seas libre... En el caso de las decisiones de consecuencias asumibles, no siempre hay renuncia (ir a la escuela de Howarts mola y no supone dejar atrás nada que vaya a echar de menos), Caperucita, cuando habla con el lobo, no renuncia a nada, al menos conscientemente.

Son mucho menos frecuentes que las decisiones irrelevantes. En el caso de las asumibles una o dos por capítulo (de hecho, a la hora de elegir dónde ponemos el punto a un capítulo tendríamos que tenerlo en cuenta, pero de eso ya hablaremos otro día). En el caso de las inasumibles, una por historia. Una vez que decido morir por ti, ¿qué más puedo hacer? Y sobre todo, a ojos del lector, ¿qué puede ser más interesante? Algunos libros presentan más de una de estas decisiones, primero me ofrezco a morir para que tú te salves y después, como no he muerto, me ofrezco a dejarme torturar para que los dioses te concedan ese deseo tan espectacular que tienes. El problema de esta estructura es que crean en el lector la expectativa de que el personaje va a morir y no muere, así que cuando llega la siguiente situación límite no le da tanta importancia porque, total, ya sabe que es posible darle la vuelta. Todos hemos tenido esa sensación de “eh, no te preocupes, que es el protagonista y los protagonistas no mueren” (salvo en Juego de Tronos).

Las decisiones relevantes generan tensión narrativa siguiendo una ley casi matemática: cuanta mayor renuncia implique una decisión, mayor tensión narrativa. Si el chico enclenque del columpio empuja al mayor, está renunciando a su integridad física. Si lo hace el fuerte, solo renuncia a la aprobación y el aplauso de los adultos. Como mucho, se arriesga a una regañina.

Y esa tensión se presenta de manera gradual a lo largo de la historia por lo que parece una conclusión lógica que sea la decisión relevante (inasumible) la que sirva de cierre, la que provoque el desenlace. 

Y una vez dicho todo esto, como en la escritura no hay (no debería haber) normas inamovibles, estoy segura de que se puede hacer un libro interesante sin decisiones relevantes. Y también, seguro, se puede empezar una historia con la decisión inasumible, someter al protagonista a la tortura de decidir cien veces... Y estaré encantada de encontrar los libros que me desdigan. 

martes, 22 de marzo de 2016

El bloqueo del escritor y las lavadoras

Hay una relación directa entre el bloqueo del escritor y la lavadora. De hecho creo que el día que lo descubran los fabricantes de detergentes y suavizantes, el mundo de la publicidad entrará en una nueva era. Como aquel “busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo”.

Me siento frente al ordenador con la escena calentita en la cabeza, con el diálogo de los personajes (¡Pedazo de diálogo! ¡Qué bien suena!) retumbándome aún en ese lugar del cerebro en el que todo encaja a la perfección. Y escribo la primera frase. Buf, qué floja, con lo bien que sonaba antes de darle a la tecla. Y muevo al chico de un lado para otro, como si tuviera una garrapata debajo de la ropa porque no sé dónde dejarlo quieto. ¿Y ella? Ella tiene cara de pánfila. Hace un ratito era una chica capaz de cambiar el mundo, de plantarle cara a ese gran drama (ahora ya no parece tan grande).

Me levanto y reviso lo que me rodea. Ahí está, la manta amarilla. La llevo hasta la cocina y la meto en la lavadora. Es una lavadora enorme, de nueve kilos nada menos, y la pobre manta se queda como perdida en ese hueco. Paso por delante del ordenador, muevo el ratón para ver lo último que he escrito. Menuda bazofia, lo borro y entonces me acuerdo de los cojines amarillos. Claro que sí, hay que aprovechar la capacidad de la lavadora. Los llevo hasta la cocina y los meto junto a la manta. Un vaso de agua. Llego (otra vez) frente al ordenador. Leo el final de la escena que escribí ayer (la manta roja y la toalla fucsia ya estarán secas). Voy hasta el tendedero y por el camino encuentro el jersey de cuello alto amarillo que no está sucio del todo porque solo me lo he puesto un rato. Total, no sé si ya me pondré cuello alto, que dicen que es primavera. Lo llevo hasta la cocina y, ahora sí, echo el detergente y el suavizante. Programa corto.

Las mantas del sofá. Ayer, la colcha del niño, aprovechando que no duerme en casa y el abrigo de la niña, por si quiere llevárselo. Recoger las mantas rojas y doblarlas. Anteayer fueron las cortinas.

De nuevo frente al teclado me digo que no está tan mal, que le he pillado el punto. Aún estoy un poco rígida y la voz no es del todo como debería ser, pero es cuestión de seguir escribiendo. ¿Cómo es eso que les digo a los alumnos sobre las musas y esperan que aparezcan? La lavadora y su programa corto están a punto de terminar, mejor espero y ya lo tiendo, que con los amarillos no se puede jugar. Parece que el rojo es el que más destiñe, pero no. Un rojo desteñido puede que tenga arreglo, algo manchado de rojo puede volver a su color pero, ay, si destiñe el amarillo.

Las mantas tendidas. Los cojines reposando sobre el radiador. No es hora aún de preparar la cena (a quién quiero engañar, si no cocino). Y el tambor de alta capacidad, nueve kilos exactamente, que me llama. Las bufandas. Ya no me voy a poner bufandas y sería una guarrería guardarlas sin lavar.

De vuelta a la mesa. Un cigarrito y me pongo a escribir. Pero antes, voy a contarle al mundo la relación directa entre el bloqueo del escritor y las lavadoras.