martes, 22 de marzo de 2016

El bloqueo del escritor y las lavadoras

Hay una relación directa entre el bloqueo del escritor y la lavadora. De hecho creo que el día que lo descubran los fabricantes de detergentes y suavizantes, el mundo de la publicidad entrará en una nueva era. Como aquel “busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo”.

Me siento frente al ordenador con la escena calentita en la cabeza, con el diálogo de los personajes (¡Pedazo de diálogo! ¡Qué bien suena!) retumbándome aún en ese lugar del cerebro en el que todo encaja a la perfección. Y escribo la primera frase. Buf, qué floja, con lo bien que sonaba antes de darle a la tecla. Y muevo al chico de un lado para otro, como si tuviera una garrapata debajo de la ropa porque no sé dónde dejarlo quieto. ¿Y ella? Ella tiene cara de pánfila. Hace un ratito era una chica capaz de cambiar el mundo, de plantarle cara a ese gran drama (ahora ya no parece tan grande).

Me levanto y reviso lo que me rodea. Ahí está, la manta amarilla. La llevo hasta la cocina y la meto en la lavadora. Es una lavadora enorme, de nueve kilos nada menos, y la pobre manta se queda como perdida en ese hueco. Paso por delante del ordenador, muevo el ratón para ver lo último que he escrito. Menuda bazofia, lo borro y entonces me acuerdo de los cojines amarillos. Claro que sí, hay que aprovechar la capacidad de la lavadora. Los llevo hasta la cocina y los meto junto a la manta. Un vaso de agua. Llego (otra vez) frente al ordenador. Leo el final de la escena que escribí ayer (la manta roja y la toalla fucsia ya estarán secas). Voy hasta el tendedero y por el camino encuentro el jersey de cuello alto amarillo que no está sucio del todo porque solo me lo he puesto un rato. Total, no sé si ya me pondré cuello alto, que dicen que es primavera. Lo llevo hasta la cocina y, ahora sí, echo el detergente y el suavizante. Programa corto.

Las mantas del sofá. Ayer, la colcha del niño, aprovechando que no duerme en casa y el abrigo de la niña, por si quiere llevárselo. Recoger las mantas rojas y doblarlas. Anteayer fueron las cortinas.

De nuevo frente al teclado me digo que no está tan mal, que le he pillado el punto. Aún estoy un poco rígida y la voz no es del todo como debería ser, pero es cuestión de seguir escribiendo. ¿Cómo es eso que les digo a los alumnos sobre las musas y esperan que aparezcan? La lavadora y su programa corto están a punto de terminar, mejor espero y ya lo tiendo, que con los amarillos no se puede jugar. Parece que el rojo es el que más destiñe, pero no. Un rojo desteñido puede que tenga arreglo, algo manchado de rojo puede volver a su color pero, ay, si destiñe el amarillo.

Las mantas tendidas. Los cojines reposando sobre el radiador. No es hora aún de preparar la cena (a quién quiero engañar, si no cocino). Y el tambor de alta capacidad, nueve kilos exactamente, que me llama. Las bufandas. Ya no me voy a poner bufandas y sería una guarrería guardarlas sin lavar.

De vuelta a la mesa. Un cigarrito y me pongo a escribir. Pero antes, voy a contarle al mundo la relación directa entre el bloqueo del escritor y las lavadoras.