Ir al contenido principal

El bloqueo del escritor y las lavadoras

Hay una relación directa entre el bloqueo del escritor y la lavadora. De hecho creo que el día que lo descubran los fabricantes de detergentes y suavizantes, el mundo de la publicidad entrará en una nueva era. Como aquel “busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo”.

Me siento frente al ordenador con la escena calentita en la cabeza, con el diálogo de los personajes (¡Pedazo de diálogo! ¡Qué bien suena!) retumbándome aún en ese lugar del cerebro en el que todo encaja a la perfección. Y escribo la primera frase. Buf, qué floja, con lo bien que sonaba antes de darle a la tecla. Y muevo al chico de un lado para otro, como si tuviera una garrapata debajo de la ropa porque no sé dónde dejarlo quieto. ¿Y ella? Ella tiene cara de pánfila. Hace un ratito era una chica capaz de cambiar el mundo, de plantarle cara a ese gran drama (ahora ya no parece tan grande).

Me levanto y reviso lo que me rodea. Ahí está, la manta amarilla. La llevo hasta la cocina y la meto en la lavadora. Es una lavadora enorme, de nueve kilos nada menos, y la pobre manta se queda como perdida en ese hueco. Paso por delante del ordenador, muevo el ratón para ver lo último que he escrito. Menuda bazofia, lo borro y entonces me acuerdo de los cojines amarillos. Claro que sí, hay que aprovechar la capacidad de la lavadora. Los llevo hasta la cocina y los meto junto a la manta. Un vaso de agua. Llego (otra vez) frente al ordenador. Leo el final de la escena que escribí ayer (la manta roja y la toalla fucsia ya estarán secas). Voy hasta el tendedero y por el camino encuentro el jersey de cuello alto amarillo que no está sucio del todo porque solo me lo he puesto un rato. Total, no sé si ya me pondré cuello alto, que dicen que es primavera. Lo llevo hasta la cocina y, ahora sí, echo el detergente y el suavizante. Programa corto.

Las mantas del sofá. Ayer, la colcha del niño, aprovechando que no duerme en casa y el abrigo de la niña, por si quiere llevárselo. Recoger las mantas rojas y doblarlas. Anteayer fueron las cortinas.

De nuevo frente al teclado me digo que no está tan mal, que le he pillado el punto. Aún estoy un poco rígida y la voz no es del todo como debería ser, pero es cuestión de seguir escribiendo. ¿Cómo es eso que les digo a los alumnos sobre las musas y esperan que aparezcan? La lavadora y su programa corto están a punto de terminar, mejor espero y ya lo tiendo, que con los amarillos no se puede jugar. Parece que el rojo es el que más destiñe, pero no. Un rojo desteñido puede que tenga arreglo, algo manchado de rojo puede volver a su color pero, ay, si destiñe el amarillo.

Las mantas tendidas. Los cojines reposando sobre el radiador. No es hora aún de preparar la cena (a quién quiero engañar, si no cocino). Y el tambor de alta capacidad, nueve kilos exactamente, que me llama. Las bufandas. Ya no me voy a poner bufandas y sería una guarrería guardarlas sin lavar.

De vuelta a la mesa. Un cigarrito y me pongo a escribir. Pero antes, voy a contarle al mundo la relación directa entre el bloqueo del escritor y las lavadoras.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuando el nombre es más que un nombre

Me llamo Esperanza. Esperanza Teresa, para ser exactos. Pero desde que era bien pequeña he sido Chiki para todos los que me rodean. Cómo llegamos a eso es una historia sencilla: mi madre también se llama Esperanza y generaba demasiadas confusiones así que, en casa, empecé a ser La Chiqui (lo de la k lo añadí en algún momento rebelde de la adolescencia).

Maravillosa caligrafía de Gabriella Campbell
Un nombre es solo un conjunto de fonemas. Juan. María. Ana. Roberto. Eustaquio. Tarquisio. Aída.
Holden.
Holden Caulfield.
Y aun siendo solo un conjunto de fonemas, algunos nombres tienen la capacidad de identificar unívocamente a un personaje. Harry Potter. Ana Karenina. Alonso Quijano. Manolito Gafotas. Gregor Samsa. Aureliano Buendía. Gandalf. Phileas.
El nombre, nombre propio, no lo olvidemos, debería identificarnos y, de igual forma, debería identificar a nuestros personajes. No todos los personajes que aparecen en todas las novelas tienen nombres irrepetibles, pero merece la pena dedicar…

El pirata Roberts, Sherezade y el Storytelling

La primera vez que vi La Princesa prometida, me enamoré del pirata Roberts. No de Cary Elwes (que también) sino de la idea de un personaje que está por encima de quien lo representa, no importa quién se esconda detrás del antifaz negro, sino la leyenda que arrastra el nombre, el miedo que provoca. El misterio. 
Vale, paro un segundo. 
Si no habéis leído o visto La Princesa prometida no sabéis de lo que estoy hablando. Roberts es un pirata invencible, un hombre al que todos temen. Pero lo cierto es que detrás de ese nombre se esconde una hilera interminable de hombres que han pirateado durante un tiempo, se han retirado llegados a esa edad en la que a todos nos apetece desaparecer en isla de clima estable, cocos con banderitas y cofres llenos de oro. Y otro, más joven, más hambriento, con menos oro en los bolsillos, ocupa su lugar y toma su nombre. Wesley cae preso en el barco del Roberts del momento y el pirata, sabe Dios por qué, decide no matarlo, por si sirve para el relevo. Tal es m…

Contar sílabas

Esta semana me he encontrado, por casualidad, con la imagen de la fotografía. Después, casi por casualidad o por una cadena de respuestas, me han enviado la misma imagen, pero en español. Y sí, me gusta. Me encanta. El ritmo es importante (importantísimo) en la prosa y cuantas más veces y de más formas diferentes nos lo digan, mejor. Pero me he pasado el fin de semana pensando que hay algo que no me convence y después de largas noches de insomnio (o de pensarlo un ratito) he llegado a la conclusión de que los hispanoparlantes y los angloparlantes no solo nos diferenciamos en el color del pelo.
Puede que caigan sobre mí cien mil expertos en ritmo (o cualquiera que sepa un poco más que yo, que es fácil) y todo el gremio de traductores, pero el español, en mi oído, marca el ritmo por el número de sílabas más que por el número de palabras.
Nos gustan los octosílabos. Tal vez sea por los romances, tal vez por las serranillas. O porque al pensar cantamos, vaya usted a saber por qué, el c…