sábado, 2 de julio de 2016

Las decisiones de los personajes

No hay nada que me haga pensar en tanto la teoría sobre la escritura como tener que responder la duda de un alumno. Hace unos meses, para una de esas preguntas, estuve dando vueltas a por qué unas historias nos enganchan más que otras (sí, lo sé, la pregunta se las trae). El caso es que me puse a garabatear y salió esto: 


De ahí pasó a una clase, luego a otra en la que lo desarrollé un poco más, luego a unas notas manuscritas para aclarar cada punto de ese dibujo... Hoy trataba de explicarle a otro alumno por qué sus personajes tenían que empezar a tomar decisiones y ya que me ponía, he redactado esas notas para que dejaran de ser garabatos y pudieran leerse. 

Lo cierto es que hay historias en las que pasan un millón de cosas, cosas divertidas, cosas interesantes, cosas geniales incluso y aun así no nos enganchan. Nos da la sensación al leerlas de estar sentados en un parque viendo como diez niños se balancean en los columpios. Cualquiera de ellos podría caerse y desencadenar el desastre o ese chico más alto que el resto podría empujar a otro para ocupar su sitio y convertir la tarde pacífica en una batalla de niños, padres y vecinos. Pero pasan las horas y los columpios siguen moviéndose arriba y abajo sin más novedades que un papá que se lleva a rastras a su hijo cuando ya anochece o una niña que ha perdido el coletero.

Para mí, el pilar que sujeta la narrativa (infantil y juvenil, pero también la narrativa general) es la capacidad de los personajes para tomar decisiones. Para empujar al niño grande y ocupar su sitio. Y no me he equivocado, no. No es la capacidad del niño grande para dar el empujón, qué fácil, sino la del enclenque que sabe que se la juega y aun así, decide hacerlo.

En narrativa, los personajes toman decisiones continuamente. Eligen tomar la leche sola o con cereales, ir al colegio andando o en autobús, saltar a la comba o jugar a balón prisionero. La mayoría de esas decisiones no les afectan demasiado, pero son las que tejen la trama fina de la historia. 
  
Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región. El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo, y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.
Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.
A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes. «Tunante», dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa. Se metió en su coche y se alejó del número 4.
En las primeras páginas de Harry Potter y la piedra filosofal, El tío de Harry decide ponerse una corbata sosa, coger su maletín, besar a su mujer, montarse en el coche; su tía decide sentar a Dudley en la silla; Dudley tira los cereales contra la pared también porque así lo ha decidido. La historia no sería diferente si la corbata del tío tuviera lunares de colores, si la tía hubiera tomado al niño en brazos o si el chico se hubiera comido los cereales sin rechistar. Son decisiones irrelevantes.

Estas decisiones irrelevantes sirven para conocer a los personajes (el señor Dursley en un soso), para mostrarnos el entorno, para evitar que las escenas sean estáticas y para apoyar la verosimilitud (si Dudley tira los cereales y su padre decide hacerle un guiño, ¿cómo no me voy a creer toda diferencia de trato hacia los primos que vendrá después?).

No soy muy de listas, pero se puede hacer una sobre las características de estas decisiones:

  • Se pueden aislar, cambiar o eliminar sin que la historia cambie.
  • No suelen ser dicotomías. No hay dos opciones entre las que elegir, sino un abanico de posibilidades, un armario lleno de corbatas (muy sosas todas, casi seguro).
  • Las toma cualquier personaje.
  • Hay muchas en cada capítulo. Casi en cada acción, en cada movimiento.

En resumen, las decisiones irrelevantes son el atrezzo de una historia: necesarias pero imperceptibles.

Cuando un libro se nos cae de las manos, nos aburre y nos da esa sensación de parque infantil, es fácil que haya muchas decisiones irrelevantes y muy pocas relevantes. Porque la importancia de las decisiones de los personajes se mide por la gravedad de las consecuencias que arrastran.

Y ahí, en las decisiones relevantes, es donde se sujeta la historia

Las decisiones relevantes son las que tienen consecuencias para los personajes: Si salgo con Ana esta tarde, Laura va a enfadarse conmigo; si tiro los cereales contra la pared, me quedaré sin desayunar (¡qué hambre!); si salto de ese tejado tan alto, es posible que me mate. Se trata, por tanto, de decisiones que afectan a los personajes, modifican el sentido de la historia, de forma que, si las eliminásemos, la historia cambiaría.

No es lo mismo, claro, tirar los cereales contra la pared y pasar hambre un ratito que saltar del tejado y romperse la cabeza. Por eso me gusta separar las decisiones relevantes en dos bloques: las de consecuencias asumibles y las de consecuencias inasumibles. Esa imagen que cierra tantos libros y tantas películas en la que vemos al protagonista ponerse en el camino de la flecha, bala, espada… para evitar que muera un ser querido es una decisión de consecuencias inasumibles porque, a priori, el resultado va a ser la muerte. Luego ya nos encargamos los escritores y los guionistas de que no siempre muera (casi nunca, en realidad), pero el caso es que cuando el protagonista se ha puesto en la trayectoria de la bala lo ha hecho convencido de que iba a morir.

Vuelvo a esas listas que digo que no me gusta hacer para ver en qué se diferencian unas y otras.

Las decisiones de consecuencias asumibles las puede tomar cualquier personaje de la historia.  Hermion decide qué hierba es la buena y eso supone que la trama vaya en una dirección y no en otra, alguien deja la capa de invisibilidad para Harry y eso supone que descubra información que no podría haber descubierto de otra forma. Son puntos de giro, en unos casos, avances en la trama, en otros. 

Las decisiones inasumibles, en cambio, suele tomarlas el protagonista. Puede haber un secundario que se sacrifique por él, es cierto, pero el riesgo de que ese secundario usurpe el puesto al protagonista es muy alto. El lector puede interesarse más por esa historia (¡guau, cómo mola este chico, quiero saber más de él!) o sentirse decepcionado por un protagonista que no está a la altura del o que los secundarios han hecho por él. 

Una decisión de consecuencias inasumibles implica renuncia: muero, me marcho para que seas feliz y no volveré a verte nunca, renuncio a mi libertad para que tú seas libre... En el caso de las decisiones de consecuencias asumibles, no siempre hay renuncia (ir a la escuela de Howarts mola y no supone dejar atrás nada que vaya a echar de menos), Caperucita, cuando habla con el lobo, no renuncia a nada, al menos conscientemente.

Son mucho menos frecuentes que las decisiones irrelevantes. En el caso de las asumibles una o dos por capítulo (de hecho, a la hora de elegir dónde ponemos el punto a un capítulo tendríamos que tenerlo en cuenta, pero de eso ya hablaremos otro día). En el caso de las inasumibles, una por historia. Una vez que decido morir por ti, ¿qué más puedo hacer? Y sobre todo, a ojos del lector, ¿qué puede ser más interesante? Algunos libros presentan más de una de estas decisiones, primero me ofrezco a morir para que tú te salves y después, como no he muerto, me ofrezco a dejarme torturar para que los dioses te concedan ese deseo tan espectacular que tienes. El problema de esta estructura es que crean en el lector la expectativa de que el personaje va a morir y no muere, así que cuando llega la siguiente situación límite no le da tanta importancia porque, total, ya sabe que es posible darle la vuelta. Todos hemos tenido esa sensación de “eh, no te preocupes, que es el protagonista y los protagonistas no mueren” (salvo en Juego de Tronos).

Las decisiones relevantes generan tensión narrativa siguiendo una ley casi matemática: cuanta mayor renuncia implique una decisión, mayor tensión narrativa. Si el chico enclenque del columpio empuja al mayor, está renunciando a su integridad física. Si lo hace el fuerte, solo renuncia a la aprobación y el aplauso de los adultos. Como mucho, se arriesga a una regañina.

Y esa tensión se presenta de manera gradual a lo largo de la historia por lo que parece una conclusión lógica que sea la decisión relevante (inasumible) la que sirva de cierre, la que provoque el desenlace. 

Y una vez dicho todo esto, como en la escritura no hay (no debería haber) normas inamovibles, estoy segura de que se puede hacer un libro interesante sin decisiones relevantes. Y también, seguro, se puede empezar una historia con la decisión inasumible, someter al protagonista a la tortura de decidir cien veces... Y estaré encantada de encontrar los libros que me desdigan. 

2 comentarios:

  1. Supongo que pensamos cosas demasiado parecidas sobre la planificación. Para mí es un mero sistema de abordar lo incertidumbre y pensar en la novela. Y a partir de ahí, precisamente, es un dejarse llevar por ella (por la incertidumbre). La palabra inasumible, en literatura, es casi sinónima de "necesaria". Gracias por el blog.

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    1. Si he conseguido pensar algo ligeramente parecido a lo que tú piensas sobre la planificación, es una prueba de que el aprendizaje da frutos. Gracias a ti, Nacho.

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