viernes, 23 de junio de 2017

El pirata Roberts, Sherezade y el Storytelling




La primera vez que vi La Princesa prometida, me enamoré del pirata Roberts. No de Cary Elwes (que también) sino de la idea de un personaje que está por encima de quien lo representa, no importa quién se esconda detrás del antifaz negro, sino la leyenda que arrastra el nombre, el miedo que provoca. El misterio. 

Vale, paro un segundo. 

Si no habéis leído o visto La Princesa prometida no sabéis de lo que estoy hablando. Roberts es un pirata invencible, un hombre al que todos temen. Pero lo cierto es que detrás de ese nombre se esconde una hilera interminable de hombres que han pirateado durante un tiempo, se han retirado llegados a esa edad en la que a todos nos apetece desaparecer en isla de clima estable, cocos con banderitas y cofres llenos de oro. Y otro, más joven, más hambriento, con menos oro en los bolsillos, ocupa su lugar y toma su nombre. Wesley cae preso en el barco del Roberts del momento y el pirata, sabe Dios por qué, decide no matarlo, por si sirve para el relevo. Tal es mi obsesión con este personaje que, en todas las novelas que escribo, aparece. Aguanta en la primera versión y luego, en alguna de las muchas revisiones, desaparece. Tengo guardados tantos párrafos con descripciones de piratas Roberts adaptados que puede que algún día haga una novela con todos ellos. 


Estoy ahorrando para jubilarme aquí, mientras unos cuantos Roberts me abanican

El caso es que Roberts siempre me ha recordado a Sherezade y estoy convencida de que William Goldman quiso hacer un guiño o un homenaje al cuento de «Las mil y una noches» con este personaje. «Hoy no te mataré —le decía el pirata a Wesley antes de que él mismo ocupase el puesto— tal vez mañana».

Hace unos meses pude leer un libro sobre oratoria y el poder de la palabra que se ha presentado esta semana: Convence y Vencerás, de Antonio Fabregat. Sí, no es casual el apellido, somos una familia de artistas, qué le vamos a hacer. El caso es que el último capítulo del libro habla de Sherezade y del Storytelling o, como bien dijo Francisco Valiente, uno de los colaboradores del libro, la teoría del relato. Somos cotillas por naturaleza, decía Valiente, y por eso nos interesa la vida de quien nos está hablando, sus anécdotas. Porque si alguien que se sube a una tarima para convencernos de lo que sea, empieza a hablar contando un suceso que le ocurrió en la infancia o cuando buscaba trabajo o con su primera pareja, atrapa nuestra atención. Como Sherezade, dice el libro, se gana la atención de quien quiere matarla. Un orador pretende convencer a su auditorio de que su postura es la buena y utiliza las historias personales para humanizarse, para buscar la empatía. Los escritores queremos convencer a los lectores de que todo lo que les contamos es cierto y utilizamos para ello las historias de los personajes, sus anécdotas, porque eso los humaniza. 

Pero es más fácil creer a Sherezade que a Wesley. Ella viste gasas y él cuero negro (que, la verdad, para estar surcando los mares y escalando acantilados, me resulta un poco incómoda la indumentaria). Él se convierte en un ágil escalador, un increíble espadachín, un estratega inteligente; ella, solo salva la vida. Él es un personaje de ficción; ella, una leyenda. En definitiva, él se encuentra con el destino y ella se lo trabaja. Y esto es algo sobre lo que podemos reflexionar en dos direcciones: al crear a nuestros personajes y al crearnos nosotros. 

Imagínate ir todo el día en un barco con estas pintas

Nuestros personajes, esto lo sabe cualquiera que ha dedicado un ratito a analizar lo que lee y lo que escribe, tienen que trabajarse su destino. Los personajes víctimas a los que les pasa de todo son aburridos, nos dan pena un ratito, pero a las pocas páginas queremos zarandearlos para que despierten, para que hagan algo; los personajes afortunados a los que la suerte les cae encima son aburridos y nos caen gordos porque no se merecen lo que tienen. Como Wesley, solo que él es guapo y además, pobre, ha sufrido mucho y se redime jugándose la vida para salvar a Buttercup. Qué carajo, y es amigo de Fezzik. Cualquiera que sea amigo de ese gigante tiene que caernos bien a la fuerza. 

Los escritores podemos elegir entre ser Roberts o Sherezade, entre esperar a que la casualidad, el capricho del lector, la buena suerte o un milagro nos conviertan en eternos, en un nombre que provoque una reacción (aunque no sea el miedo) en todo el que lo escuche o en ser alguien que se salva a base de contar historias. Yo, por lo bien que me quedan las gasas y la manía que le tengo al negro, ya he elegido. 



martes, 30 de mayo de 2017

A pecho descubierto

Cada año, el libro de alumnos de la Escuela de Escritores lo prologa un profesor diferente. Este año el honor ha sido mío y me apetece compartirlo.

A pecho descubierto


 Hay escritores de brújula y escritores de mapa. Eso dicen. También los hay de GPS, de miguitas dejadas en un bosque, intérpretes de señales de humo, de sueños, de posos de té y marcas de pintalabios en el borde de una taza. Buscadores de formas en las nubes. Hay tantos tipos de escritor como escritores, porque cada uno de los que nos dedicamos a esta búsqueda de la palabra precisa inventamos nuestra manera de hacerlo invirtiendo horas, energía y más entusiasmo del que cabe entre la piel y los huesos.

La escritura es aprendizaje, es prueba y error, es darse cabezazos contra el teclado unas veces y bailar en pijama en el salón, a media noche, cuando las palabras suenan exactamente como queríamos que sonaran, otras. Todos los autores de este libro lo saben, porque todos y cada uno de ellos son escritores. Escritor es el que escribe (lo sé, lo sé, es una gran frase, se nota que yo tampoco he dejado de aprender). No el que publica, no el que alcanza el éxito, no el que gana un concurso, sino aquel que se deja los dedos en el intento de hacerlo un poco mejor. El que se siente orgulloso de lo que ha escrito y lo muestra, como en este libro, a pecho descubierto.

Los alumnos de la Escuela llegan a los talleres con un objetivo: aprender a escribir. Todos los que nos dedicamos a la escritura fantaseamos en algún momento con publicar un libro, estar en los escaparates de las mejores librerías y firmar ejemplares hasta que nos duela la mano («fotos no, por favor, que no me he maquillado», dice al salir del avión y encontrarse ante una masa de periodistas). Desconfiad del escritor que niegue haberlo pensado. Pero si estamos aquí es porque sabemos que todo eso, aunque lo lográsemos, no es comparable al placer de la experimentación y del crecimiento. Parece una frase hecha, palabras de consuelo, pero podéis creerme, no lo es. Cada autor de los que firma este libro ha sentido el deseo de abandonar, se ha planteado si de verdad merece la pena esperar ansioso el veredicto de un profesor y de un grupo, ha llorado a escondidas cuando nadie ha entendido su mensaje, pero también ha vivido el instante de satisfacción en el que ese profesor que la semana pasada dijo que el texto necesitaba una revisión profunda hoy dice «enhorabuena» o «ahora sí» o se queda callado un segundo antes de empezar a hablar, porque no encuentra la forma de expresar cuánto le ha gustado. En una de mis últimas clases escribí en el margen del texto de una alumna: «Joder, qué buena idea». Dos días después me contó que le había hecho una fotografía a mis garabatos. Ojalá la mire cada vez que sienta deseos de abandonar.

Vais a leer cuentos, poemas, artículos, fragmentos de novela, críticas de cine... Comprenderéis algunos, os identificaréis con otros y seguro que también releeréis párrafos completos con la sensación de que se os escapa algo. Pero sentíos afortunados, porque estaréis en todos los casos ante un proceso que pocos lectores tienen la oportunidad de vivir: el nacimiento de un escritor. El escritor nace cuando regala a otros sus palabras sin esperar nada a cambio, cuando deja de esconderse en frases como «escribo para mí» o «no necesito que nadie me lea» y vence el vértigo al juicio ajeno a base de esforzarse para mejorar. Nos alimentamos de vuestro gozo en la lectura y de que un lector, solo uno, lo agradezca (si son legiones de lectores agradecidos, tanto mejor, qué duda cabe).

Todos los autores de este libro seguirán creciendo, aprendiendo, experimentando. Nuestra labor como profesores es acompañarlos en ese proceso, guiarlos sin robarles lo que son, lo que eran cuando llegaron. Hacer de ellos un escritor mejor, pero nunca uno distinto. No buscamos modelarlos a nuestra imagen y semejanza, sino que se encuentren y crezcan. Porque a diferencia de vosotros, los lectores, los profesores hemos tenido el privilegio de contemplar no solo el nacimiento del escritor, sino todo el proceso hasta que ha eclosionado. Y podéis creerme, es un privilegio al que no renunciaría, al que espero no renunciar, por nada del mundo.

Mi deseo al soplar las velas de la tarta imaginaria con la que celebramos el final de este curso es que ninguno de los textos que vais a leer sea el mejor que su autor podría haber escrito, porque eso significaría que se han rendido, que han dejado de aprender. Pero sabed también que estáis ante cuentos, poemas, fragmentos… terminados de los que tanto los autores como los profesores nos sentimos muy orgullosos. Dentro de unos años estos escritores sabrán más, habrán escrito más y tendrán más arrugas en las fotos. Pero seguirán aprendiendo y todos vosotros os sentiréis dichosos por haber sido testigos de una parte del proceso. Por haberlos ayudado a mostrar sus escritos sin red de seguridad, a pecho descubierto.


lunes, 22 de mayo de 2017

Contar sílabas


Esta semana me he encontrado, por casualidad, con la imagen de la fotografía. Después, casi por casualidad o por una cadena de respuestas, me han enviado la misma imagen, pero en español. Y sí, me gusta. Me encanta. El ritmo es importante (importantísimo) en la prosa y cuantas más veces y de más formas diferentes nos lo digan, mejor. Pero me he pasado el fin de semana pensando que hay algo que no me convence y después de largas noches de insomnio (o de pensarlo un ratito) he llegado a la conclusión de que los hispanoparlantes y los angloparlantes no solo nos diferenciamos en el color del pelo.

Puede que caigan sobre mí cien mil expertos en ritmo (o cualquiera que sepa un poco más que yo, que es fácil) y todo el gremio de traductores, pero el español, en mi oído, marca el ritmo por el número de sílabas más que por el número de palabras.

Nos gustan los octosílabos. Tal vez sea por los romances, tal vez por las serranillas. O porque al pensar cantamos, vaya usted a saber por qué, el caso es que sin medirlo, ocho vienen y ocho van, en cuanto nos descuidamos. Mira si no los refranes: El que a buen árbol se arrima; Agua que no has de beber; A caballo regalado; En tu casa o en la mía (y aunque esto no sea un refrán, anda que no lo hemos dicho).

Te habrás dado cuenta, pero todos los periodos entre comas o entre puntos del párrafo anterior son octosílabos. Hay frases de tres palabras y otras de siete, pero al oído todas duran lo mismo. Hablo de sílabas métricas, que incluyen sinalefas y alargamientos o acortamientos según cierren con una palabra esdrújula o una aguda. No es que usemos todo el tiempo frases de ocho sílabas, pero sí tenemos una cierta tendencia a hacerlo y eso, más de una vez y más de dos, se traduce en unas cuantas frases seguidas de la misma longitud, lo que provoca un ritmo monótono. Sí, deberíamos seguir el consejo de la imagen y mezclar frases largas con frases cortas, puntos con comas, subordinadas con estructuras simples… Pero no te fíes del todo del número de palabras y tómate la molestia de contar (aunque sea por encima) el número de sílabas de las frases.

Porque hay otra complicación en esto del ritmo. Cuando escribimos varias frases seguidas con la misma duración, se crea en nuestra mente un ritmo musical que nos arrastra hacia la rima como las sirenas hacia las rocas. (¡¡Oh, cielos!! ¡¡Ha dicho rima!!) Mis alumnos saben que soy una obsesa de las rimas, que las persigo, las señalo, les pongo un círculo grande alrededor y dejo que me resbalen las gafas hasta la punta de la nariz para después decir: aquí hay una rima. Si lees de nuevo el párrafo de octosílabos que he puesto un poco más arriba, notarás que falta algo, que el cerebro pide algo que no le estás dando y hace que te atasques un poco o sientas que algunas palabras deberían cambiarse.

Es por la falta de rima.

Lee estas últimas líneas en voz alta:

El que a buen árbol se arrima; Agua que no has de beber; A caballo regalado; En tu casa o en la mía (y aunque no sea un refrán, anda que no lo hemos dicho).
Y ahora vuelve a leer:
Agua que no has de beber; El que a buen árbol se arrima; A caballo regalado; En tu casa o en la mía (y aunque esto no sea un refrán, es frase muy repetida).
¡¡Olé!! Ya sé escribir romances.

Solo he cambiado el orden de las frases, para que funcionasen como versos de rima impar, y he modificado la última para mantener la rima asonante (i-a). Y sí, suena como un poema, como un romance, pero no es eso lo que busco.

En todos mis cursos tengo que parar alguna clase para explicar por qué me obsesionan las rimas. Los que trabajamos con literatura para niños estamos muy acostumbrados a leer textos rimados y poemas, así que no siempre es fácil convencer a los alumnos de que unas veces sí es bueno usar la rima y otras no. Si busco que mi lector cree ese ritmo, esa cancioncilla, en su cabeza, vengan a mí todas las rimas y todas las sílabas contadas. Pero si quiero que se fije en la historia, si quiero que oiga la voz de mi narrador sin darse cuenta de que hay una voz narrando, como si un amigo se la estuviese contando frente a una hoguera, entonces ¿para qué distraerlo?

¿Cuántas veces has cantado una canción sin pararte a pensar lo que decía? Y no hablo solo de canciones en inglés, con esa fonética para la que estamos especialmente dotados (¿quién no ha cantado Las maravillas de malaika?), hablo de canciones que suenan bien, tienen ritmo, son pegadizas… ¿Cien gaviotas dónde irán? Que me perdonen los seguidores de Duncan Dhu, pero ¿qué sentido tenía eso? Yo no quiero que mi lector cante lo que escribo, no quiero que se enganche a la musiquilla y mueva los pies. Prefiero que se meta en la historia, que llore, ría o se enfade por lo que le cuento.

Y esta última frase parece dar a entender que da igual la forma, lo importante es el contenido, pero es todo lo contrario. Para no llamar la atención sobre la forma hay que cuidar la escritura mucho más que para sí hacerlo. Medir las frases y evitar la monotonía, leer en voz alta y evitar las rimas, contar sílabas, contar palabras, contar comas y puntos para que no todas las estructuras sean iguales.

Poner de vez en cuando una frase aislada.

Porque el lector se fijará en esa frase que hemos separado. Sabrá que el narrador, antes de pronunciarla, se ha parado un instante. Y se parará otro instante después de decirla.

Ay. Podría estar horas y horas hablando de ritmo, pero mejor dejémoslo aquí. Eso sí, te propongo un juego: cuenta sílabas. Cuando hables, cuando escuches, cuando escribas, cuando leas. Educa tu oído para diferenciar la longitud de las frases o para detectar cuándo son muy parecidas.


Pero no me culpes si te vuelves un obseso. También los frikis del cómputo silábico tenemos nuestro corazoncito y necesitamos que nos quieran. 

viernes, 21 de abril de 2017

Cuando el nombre es más que un nombre


Me llamo Esperanza. Esperanza Teresa, para ser exactos. Pero desde que era bien pequeña he sido Chiki para todos los que me rodean. Cómo llegamos a eso es una historia sencilla: mi madre también se llama Esperanza y generaba demasiadas confusiones así que, en casa, empecé a ser La Chiqui (lo de la k lo añadí en algún momento rebelde de la adolescencia).


Maravillosa caligrafía de Gabriella Campbell

Un nombre es solo un conjunto de fonemas. Juan. María. Ana. Roberto. Eustaquio. Tarquisio. Aída.

Holden.

Holden Caulfield.

Y aun siendo solo un conjunto de fonemas, algunos nombres tienen la capacidad de identificar unívocamente a un personaje. Harry Potter. Ana Karenina. Alonso Quijano. Manolito Gafotas. Gregor Samsa. Aureliano Buendía. Gandalf. Phileas.

El nombre, nombre propio, no lo olvidemos, debería identificarnos y, de igual forma, debería identificar a nuestros personajes. No todos los personajes que aparecen en todas las novelas tienen nombres irrepetibles, pero merece la pena dedicar un rato a pensar cómo vamos a llamar al protagonista de una historia que pretendemos que se meta en la mente del lector y se haga allí un hueco para siempre.

Como toda palabra, el nombre tiene dos componentes: significante y significado. O lo que es lo mismo, forma y contenido. 

Claudio significa cojo. Ada, la que da alegría. Cándido significa blanco, pero ha evolucionado por una asociación metafórica en inocente e incluso en pusilánime. Y todos conocemos el significado de Blanca, Amador, Esperanza… Hay, por tanto, significados evidentes con los que podemos intentar que nuestro lector haga una asociación de ideas, añadiendo un plus a ese nombre. Si mi personaje se llama Claudio y además cojea, la mayoría de los lectores no reparará en la asociación, pero el que lo haga, se sentirá privilegiado por haber comprendido el juego.

El profesor Snape, de Harry Potter, tiene un nombre fonéticamente muy parecido a snake (serpiente, en inglés). Y hay que reconocer que, cuando aparece, en el primer libro de la saga, pasamos muchas páginas pensando que es una especie de serpiente, capaz de acercarse sin hacer ruido, y peligroso a más no poder. De hecho, esa sensación no desaparece en toda la serie. Y qué decir de Draco Malfoy, tan peligroso y tan engreído como un dragón malo.

Pero tampoco debemos volvernos locos con los significados de los nombres, no es bueno forzar la asociación. Blancanieves es un personaje de cuento infantil y busca esa asociación, explicada desde la primera línea. Pero si Harry Potter se hubiese llamado Mago Potter, nos resultaría excesivo. Una de esas casualidades que se llevan tan mal con la narrativa. Las asociaciones deben ser sutiles, como un regalo para el lector espabilado.

Sobre la forma del nombre de los personajes se puede decir más incluso que sobre el significado. Largos, cortos; fáciles, difíciles; comunes, raros; vocales abiertas, vocales cerradas…

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que el lector intentará pronunciarlo. En su mente o cuando hable de él, eso nos da igual. Intentará asociar nombre y personaje, por lo que no parece buena idea utilizar nombres impronunciables. A veces me llegan novelas para corregir (generalmente de género fantástico) en las que un personaje tiene nombre impronunciable. Krther, Smanthgr, o cualquier otra combinación de muchas consonantes y muy pocas vocales, y me paso la novela entera buscando cómo llamarlo. Suelo inventar la forma, transformar lo que el autor me ha dado: Kráter, Esmanthager… Es algo que hacemos todos los lectores, convertir lo impronunciable en algo pronunciable. El problema es que cada lector lo hará según su propio criterio y así nuestro personaje perderá esa exclusividad, esa asociación inequívoca que buscamos.

La combinación de nombre más apellido refuerza la exclusividad. No es lo mismo ser Harry, que ser Harry Potter; ser Ana, que ser Ana Karenina; Gregor, que Gregor Samsa. Pero esto se trata de una opción personal del escritor y de la demanda de la historia. Unos chicos de un instituto cualquiera usarán sus apellidos porque se pasa lista en clase y porque cuando coinciden varios nombres se usa el apellido para diferenciar, pero una novela sobre un personaje que emprende un viaje, narrada en primera persona, a priori, no demanda tanta información. Cien años de soledad narra la historia de una familia, cien años de una familia, ¿cómo no vamos a necesitar su apellido? Pero ¿cuánto necesitamos saber el apellido de Wendy, de Peter Pan? Pues se apellida Gentil. Y resulta cómico que el padre (que es quien aparece con este dato en la novela) se apellide así. Es un guiño de Barrie a los lectores, porque el señor Gentil es muchas cosas, pero no es gentil. Alicia, Matilda, Bastian, Coraline… no necesitan apellido.

Y decía que es una opción del escritor porque a algunos nos cuesta usar apellidos. No nos sentimos cómodos teniendo que exponer el apellido del personaje cada vez que aparece y si no lo usamos tenemos la sensación de que es una información inútil que hemos dado en algún momento y luego no ha ido más allá.

También los sonidos juegan su papel en esto de las asociaciones inconscientes. Las vocales abiertas se asocian, por sinestesia, a figuras redondeadas, líneas suaves. Y esta sinestesia nos lleva a otra: la bondad frente a la maldad, la dulzura frente a la agresividad. Reconozco que es una asociación forzada, pero existe. Igual que la vocal /i/ se asocia, de manera involuntaria, con los diminutivos (y estos con el cariño), así que es más fácil fiarse de alguien que se llama Kiti que de alguien que se llama Kutu.

Los escritores de prosa huimos de la rima que produce cacofonías. Los nombres terminados en /ía/ son una tortura a la hora de evitar esas rimas. También si terminan en /ón/ y, afinando un poco más, las rimas asonantes en /a/-/a/, sobre todo si estamos narrando en pasado y usamos el pretérito imperfecto.

La longitud del nombre también juega su papel a la hora de elegirlos. Cuanto más cortos, más fáciles de recordar, pero los monosílabos se parecen demasiado. Zac, Sol, Bet… Pueden dar la sensación de que todos nuestros personajes se parecen. Por eso es recomendable que haya nombres más cortos y más largos.

Al leer, tendemos a quedarnos con la inicial del nombre (que además está escrita en mayúscula). Poco a poco, página a página, vamos familiarizándonos y memorizando quién es quién. Es bueno evitar iniciales repetidas. Laura y Lucía no se parecen en nada, salvo en esa primera letra, pero muchos lectores confundirán a los dos personajes durante unas cuantas páginas.

Parece de Perogrullo, pero el nombre de nuestro personaje debería dejar claro su sexo, salvo que queramos jugar con la ambigüedad o que haya un motivo para que no sea así. Jorge, unas de las chicas de Las Aventuras de los Cinco, de Enyd Blyton, era mi personaje preferido, tan rebelde que vestía pantalones en vez de las faldas de su prima, tanto, que llevaba el pelo corto; tanto, tanto, que tenía nombre de chico.

Como ocurre con muchas palabras, algunos nombres tienen una tercera dimensión, más allá del significante y el significado: la de la memoria. Existen nombres capaces de evocar un recuerdo, una sensación, incluso de provocar rechazo o cariño. Asociaciones externas de los nombre

Nos es lo mismo llamarse Sigfrido que llamarse Luis. La primera impresión de un personaje que se llama Luis es que vive en un país de habla hispana de siglo XX o el XXI, que pertenece a una familia de clase alta, media o baja. Es decir, es un nombre atemporal, agreográfico y sin marca social. Un nombre neutro con el que no asociamos prácticamente nada, más allá del sexo.

En el nombre de un personaje puede haber información implícita (sutilmente implícita) sobre su edad, su lugar de nacimiento, su clase social y hasta parte del carácter de su familia. Y digo de su familia, porque el nombre no lo elige el personaje, sino que otros lo han elegido por él (luego hablaremos de los apodos, que son cosa bien distinta). Tengo unas amiga cuyo nombre empieza por B. El suyo, y el de sus cuatro hermanos, y más de una vez  he pensado robarle la idea para caracterizar a una familia de personajes que siguieran esa tradición. Todos los primos de la misma generación tendrían nombres que empezasen por la misma letra. Hasta que alguien, el díscolo de la familia, decidiera romper con la costumbre. 

Estas son, como la Jorge, la coprotagonista de Los Cinco, asociaciones que tienen que ver con el carácter de los personajes. Los nombres con marca geográfica (Olaf), temporal (Arsenio, que hoy podría resultar antiguo), social (Fernando María parece remitir a las clases altas y más conservadoras) ayudan a configurar la ambientación de la historia, el entorno del personaje.

Un apartado específico y muchas horas de debate merecen los nombres extranjeros. Del mismo modo que el inglés se ha ido colando en nuestro idioma para la terminología más técnica o más moderna, también ha “contaminado” nuestro listado de nombres. Jessica, Vanessa (poned atención a la ese repetida), Jonatan… son nombres cada vez más populares. O lo han sido unos años atrás. Pero no me refiero a estos, que podemos tomar casi como nombres de nuestro idioma, si acaso con una marca social o temporal, sino a novelas en las que, incomprensiblemente, los protagonistas se llaman Peter, Edward o Alan. Es otro tema sobre el que hablar en otro momento, porque muchos autores creen que al “americanizar” sus historias las hacen más universales de cara a una futura distribución. Junto al nombre del personaje aparecen localizaciones como Wyoming, Nueva York o Seattle, aunque los personajes en realidad vivan y se comporten como chicos de un barrio de Madrid o de Buenos Aires y los edificios respondan más al perfil de Carabanchel, que al de Brooklyn y estudien Secundaria y no High School.

Hasta ahora he estado divagando sobre nombres humanos. Pero en la narrativa fantástica aparecen razas diferentes a la nuestra. Dice mi amigo Javier que cualquier nombre español, convertido en esdrújulo, parece élfico. Áragon, de El señor de los anillos, no parecía tan fantástico si se llamase Aragón (aunque él no sea un elfo). Cualquier nombre más o menos neutro, más o menos común, adquiere una dimensión fantástica y lejana cuando cambiamos el acento, cuando añadimos una h o un s, o incluso acentos gráficos poco comunes (como la diéresis) o ajenos (como los circunflejos) a nuestro idioma. Son recursos que permiten mantener la norma de fácil pronunciación pese a la extrañeza de la forma.

He dicho antes que el nombre viene impuesto por la familia o por quien tenga la autoridad sobre un personaje. Pero en el caso de los apodos es diferente. Un apodo es un rasgo distintivo, es algo que identifica a nuestro personaje y solo a él. En Yo conocí a Muelle, novela de Jorge Gómez Soto cuyos protagonistas son unos grafiteros que siguen la estela del famoso artista callejero madrileño Muelle, el protagonista, Luis, toma conciencia de que en realidad él no es como sus amigos, que casi le hacen el favor de dejarle formar parte de su colectivo. Y lo dice así (hablando consigo mismo):

No te dejes llevar por Don Delirios de Grandeza y escucha la cruda verdad: podrás hacerte conocido, llenarás de firmas mil paredes, tendrás el respeto de muchos por pertenecer a los CC, harás algunos grafitis medio decentes, pero tú sabes (aunque todavía no estés preparado para admitirlo) que nunca vas a ser uno de los grandes, ni siquiera de los medianos. Olvídate de deslumbrar. ¿No te das cuenta de que a Hot lo llaman Hot y a ti te llaman Luis? Es un detalle insignificante, pero revelador.

El apodo puede elegirlo el propio personaje o que se lo adjudiquen otros. Si se da el primer caso, el personaje se identifica con ese apodo, y por tanto nos dan una idea a los lectores no solo de cómo es, sino sobre todo de cómo se ve a sí mismo.

Si, por el contrario, lo eligen otros, puede tener una carga positiva o negativa y nos indica cómo ven al personaje desde fuera y qué relación tiene con su entorno. Manolito Gafotas tiene ese nombre porque, al llevar gafas, alguien en su entorno ha querido reírse de él, pero su personalidad es la de alguien que intenta convertir todo en algo positivo, en algo aprovechable para su bienestar, así que ha decidido hacerlo suyo y con eso deja de ser un insulto para convertirse en un valor añadido del personaje.

En Y decirte una estupidez, por ejemplo, te quiero, de Martín Casariego, el protagonista y narrador de la novela da más de veinte apodos diferentes a Sara, la chica que le gusta. Saraapartamiradas, Saraprincesa… es una forma de definir al personaje, de describirlo y de hacerlo desde un punto de vista totalmente subjetivo. Sara es el personaje de las mil caras, la adolescente más cambiante que ha dado la literatura. Y sus nombres lo reflejan.


Para terminar, el nombre del personaje habla de él, de su entorno, incluso del género o el enfoque de la historia. No brindar esa información al lector es desaprovechar una oportunidad de llegar a él.