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Mostrando entradas de 2017

Supersorda, de Cece Bell

Hay libros que llegan a un lugar oculto de esos que todos tenemos y al que no queremos que nadie se acerque. Libros que te pillan con las defensas bajadas o que te hacen bajarlas de golpe, qué más da. Supersorda es de esos. Para mí (quiero decir) es de esos libros. 
Tal vez preferiría no saber qué es la hipoacusia, no saber que un sordo no te oye a oscuras, no entender por qué es bueno tocar en el hombro a una persona con audífonos antes de dirigirme a ella, para que sepa que el sonido que escucha viene de mi boca y no de la de otra persona. Pero lo sé. Como sé lo divertidas que resultan las confusiones (Si Juanes escuchase la versión "Adiós, me piro" de su canción, quedaría encantado) o lo incómodo que puede llegar a ser decirle a un tutor de secundaria que, por culpa de su barba, tu hijo no puede leerle los labios. 
Cece Bell, la autora de Supersorda, también lo sabe y ha tenido la grandísima idea de contárnoslo a todos. Pero no de cualquier manera, no como un manual de co…

Róndola, de Sofía Rhei (o cómo divertirse leyendo)

Si Vladimir Propp levantase la cabeza y se encontrara con Róndola, de Sofía Rhei, creo que la besaría (a la autora, pero también la novela) y se volvería a dormir tranquilo (y muerto de risa). 
Siempre les digo a mis alumnos que, si ellos no se divierten al escribir, el lector tampoco lo hará al leer. Pues bien, creo que Sofía Rhei se ha divertido (y mucho) escribiendo esta novela y por eso yo me he divertido tanto leyéndola. No se lo ponía fácil, además, porque me dan pereza las novelas muy largas. Los lomos de más de tres centímetros ponen mi sentido arácnido alerta desde que era pequeña, pero había leído tanto sobre Róndola (y además era un regalo hecho con mucho cariño), que me salté el aviso. Creo que en la página 20 ya se me había olvidado que faltaban casi 600 más y solo mi espalda se resentía por cargar con el libro en el bolso.
Retomar los estándares de los cuentos de hadas en el siglo XXI no tiene mucho sentido, salvo que lo hagas para dar un pasito más, para presentar pri…

Diez razones para no hacer listas de diez razones

Me encantan las listas. Cada mañana, cuando llego a la Escuela, hago una lista de las tareas del día. Un poquito lo hago por no olvidar cosas importantes y un mucho por el placer de tachar cada objetivo cumplido (ya hablaremos otro día de este placer adictivo y pecaminoso). Y antes de hacer una maleta, anoto todo lo que tiene que ir dentro. Y para la compra, claro. No sé cómo se puede ir a la compra sin una buena lista. Tengo listas en las mesas de casa y la Escuela, en la cocina, en la tableta (libros por leer, reseñas por hacer, apuntes por maquetar…) y antes, cuando no había móviles, llevaba en la cartera una lista con todos los teléfonos importantes (eh, solo los importantes, para los otros tenía la agenda) y la actualizaba cada principio de año. También con los cumpleaños.
Sigo a muchos escritores en las redes. No hago listas de los que sigo, no va por ahí este artículo. Y los escritores, claro, hablan (hablamos) de escritura. Supongo que me guían una mezcla de voyerismo y deseo …

El pirata Roberts, Sherezade y el Storytelling

La primera vez que vi La Princesa prometida, me enamoré del pirata Roberts. No de Cary Elwes (que también) sino de la idea de un personaje que está por encima de quien lo representa, no importa quién se esconda detrás del antifaz negro, sino la leyenda que arrastra el nombre, el miedo que provoca. El misterio. 
Vale, paro un segundo. 
Si no habéis leído o visto La Princesa prometida no sabéis de lo que estoy hablando. Roberts es un pirata invencible, un hombre al que todos temen. Pero lo cierto es que detrás de ese nombre se esconde una hilera interminable de hombres que han pirateado durante un tiempo, se han retirado llegados a esa edad en la que a todos nos apetece desaparecer en isla de clima estable, cocos con banderitas y cofres llenos de oro. Y otro, más joven, más hambriento, con menos oro en los bolsillos, ocupa su lugar y toma su nombre. Wesley cae preso en el barco del Roberts del momento y el pirata, sabe Dios por qué, decide no matarlo, por si sirve para el relevo. Tal es m…

A pecho descubierto

Cada año, el libro de alumnos de la Escuela de Escritores lo prologa un profesor diferente. Este año el honor ha sido mío y me apetece compartirlo.

A pecho descubierto

Hay escritores de brújula y escritores de mapa. Eso dicen. También los hay de GPS, de miguitas dejadas en un bosque, intérpretes de señales de humo, de sueños, de posos de té y marcas de pintalabios en el borde de una taza. Buscadores de formas en las nubes. Hay tantos tipos de escritor como escritores, porque cada uno de los que nos dedicamos a esta búsqueda de la palabra precisa inventamos nuestra manera de hacerlo invirtiendo horas, energía y más entusiasmo del que cabe entre la piel y los huesos.
La escritura es aprendizaje, es prueba y error, es darse cabezazos contra el teclado unas veces y bailar en pijama en el salón, a media noche, cuando las palabras suenan exactamente como queríamos que sonaran, otras. Todos los autores de este libro lo saben, porque todos y cada uno de ellos son escritores. Escritor es el que e…

Contar sílabas

Esta semana me he encontrado, por casualidad, con la imagen de la fotografía. Después, casi por casualidad o por una cadena de respuestas, me han enviado la misma imagen, pero en español. Y sí, me gusta. Me encanta. El ritmo es importante (importantísimo) en la prosa y cuantas más veces y de más formas diferentes nos lo digan, mejor. Pero me he pasado el fin de semana pensando que hay algo que no me convence y después de largas noches de insomnio (o de pensarlo un ratito) he llegado a la conclusión de que los hispanoparlantes y los angloparlantes no solo nos diferenciamos en el color del pelo.
Puede que caigan sobre mí cien mil expertos en ritmo (o cualquiera que sepa un poco más que yo, que es fácil) y todo el gremio de traductores, pero el español, en mi oído, marca el ritmo por el número de sílabas más que por el número de palabras.
Nos gustan los octosílabos. Tal vez sea por los romances, tal vez por las serranillas. O porque al pensar cantamos, vaya usted a saber por qué, el c…

Cuando el nombre es más que un nombre

Me llamo Esperanza. Esperanza Teresa, para ser exactos. Pero desde que era bien pequeña he sido Chiki para todos los que me rodean. Cómo llegamos a eso es una historia sencilla: mi madre también se llama Esperanza y generaba demasiadas confusiones así que, en casa, empecé a ser La Chiqui (lo de la k lo añadí en algún momento rebelde de la adolescencia).

Maravillosa caligrafía de Gabriella Campbell
Un nombre es solo un conjunto de fonemas. Juan. María. Ana. Roberto. Eustaquio. Tarquisio. Aída.
Holden.
Holden Caulfield.
Y aun siendo solo un conjunto de fonemas, algunos nombres tienen la capacidad de identificar unívocamente a un personaje. Harry Potter. Ana Karenina. Alonso Quijano. Manolito Gafotas. Gregor Samsa. Aureliano Buendía. Gandalf. Phileas.
El nombre, nombre propio, no lo olvidemos, debería identificarnos y, de igual forma, debería identificar a nuestros personajes. No todos los personajes que aparecen en todas las novelas tienen nombres irrepetibles, pero merece la pena dedicar…