viernes, 21 de abril de 2017

Cuando el nombre es más que un nombre


Me llamo Esperanza. Esperanza Teresa, para ser exactos. Pero desde que era bien pequeña he sido Chiki para todos los que me rodean. Cómo llegamos a eso es una historia sencilla: mi madre también se llama Esperanza y generaba demasiadas confusiones así que, en casa, empecé a ser La Chiqui (lo de la k lo añadí en algún momento rebelde de la adolescencia).


Maravillosa caligrafía de Gabriella Campbell

Un nombre es solo un conjunto de fonemas. Juan. María. Ana. Roberto. Eustaquio. Tarquisio. Aída.

Holden.

Holden Caulfield.

Y aun siendo solo un conjunto de fonemas, algunos nombres tienen la capacidad de identificar unívocamente a un personaje. Harry Potter. Ana Karenina. Alonso Quijano. Manolito Gafotas. Gregor Samsa. Aureliano Buendía. Gandalf. Phileas.

El nombre, nombre propio, no lo olvidemos, debería identificarnos y, de igual forma, debería identificar a nuestros personajes. No todos los personajes que aparecen en todas las novelas tienen nombres irrepetibles, pero merece la pena dedicar un rato a pensar cómo vamos a llamar al protagonista de una historia que pretendemos que se meta en la mente del lector y se haga allí un hueco para siempre.

Como toda palabra, el nombre tiene dos componentes: significante y significado. O lo que es lo mismo, forma y contenido. 

Claudio significa cojo. Ada, la que da alegría. Cándido significa blanco, pero ha evolucionado por una asociación metafórica en inocente e incluso en pusilánime. Y todos conocemos el significado de Blanca, Amador, Esperanza… Hay, por tanto, significados evidentes con los que podemos intentar que nuestro lector haga una asociación de ideas, añadiendo un plus a ese nombre. Si mi personaje se llama Claudio y además cojea, la mayoría de los lectores no reparará en la asociación, pero el que lo haga, se sentirá privilegiado por haber comprendido el juego.

El profesor Snape, de Harry Potter, tiene un nombre fonéticamente muy parecido a snake (serpiente, en inglés). Y hay que reconocer que, cuando aparece, en el primer libro de la saga, pasamos muchas páginas pensando que es una especie de serpiente, capaz de acercarse sin hacer ruido, y peligroso a más no poder. De hecho, esa sensación no desaparece en toda la serie. Y qué decir de Draco Malfoy, tan peligroso y tan engreído como un dragón malo.

Pero tampoco debemos volvernos locos con los significados de los nombres, no es bueno forzar la asociación. Blancanieves es un personaje de cuento infantil y busca esa asociación, explicada desde la primera línea. Pero si Harry Potter se hubiese llamado Mago Potter, nos resultaría excesivo. Una de esas casualidades que se llevan tan mal con la narrativa. Las asociaciones deben ser sutiles, como un regalo para el lector espabilado.

Sobre la forma del nombre de los personajes se puede decir más incluso que sobre el significado. Largos, cortos; fáciles, difíciles; comunes, raros; vocales abiertas, vocales cerradas…

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que el lector intentará pronunciarlo. En su mente o cuando hable de él, eso nos da igual. Intentará asociar nombre y personaje, por lo que no parece buena idea utilizar nombres impronunciables. A veces me llegan novelas para corregir (generalmente de género fantástico) en las que un personaje tiene nombre impronunciable. Krther, Smanthgr, o cualquier otra combinación de muchas consonantes y muy pocas vocales, y me paso la novela entera buscando cómo llamarlo. Suelo inventar la forma, transformar lo que el autor me ha dado: Kráter, Esmanthager… Es algo que hacemos todos los lectores, convertir lo impronunciable en algo pronunciable. El problema es que cada lector lo hará según su propio criterio y así nuestro personaje perderá esa exclusividad, esa asociación inequívoca que buscamos.

La combinación de nombre más apellido refuerza la exclusividad. No es lo mismo ser Harry, que ser Harry Potter; ser Ana, que ser Ana Karenina; Gregor, que Gregor Samsa. Pero esto se trata de una opción personal del escritor y de la demanda de la historia. Unos chicos de un instituto cualquiera usarán sus apellidos porque se pasa lista en clase y porque cuando coinciden varios nombres se usa el apellido para diferenciar, pero una novela sobre un personaje que emprende un viaje, narrada en primera persona, a priori, no demanda tanta información. Cien años de soledad narra la historia de una familia, cien años de una familia, ¿cómo no vamos a necesitar su apellido? Pero ¿cuánto necesitamos saber el apellido de Wendy, de Peter Pan? Pues se apellida Gentil. Y resulta cómico que el padre (que es quien aparece con este dato en la novela) se apellide así. Es un guiño de Barrie a los lectores, porque el señor Gentil es muchas cosas, pero no es gentil. Alicia, Matilda, Bastian, Coraline… no necesitan apellido.

Y decía que es una opción del escritor porque a algunos nos cuesta usar apellidos. No nos sentimos cómodos teniendo que exponer el apellido del personaje cada vez que aparece y si no lo usamos tenemos la sensación de que es una información inútil que hemos dado en algún momento y luego no ha ido más allá.

También los sonidos juegan su papel en esto de las asociaciones inconscientes. Las vocales abiertas se asocian, por sinestesia, a figuras redondeadas, líneas suaves. Y esta sinestesia nos lleva a otra: la bondad frente a la maldad, la dulzura frente a la agresividad. Reconozco que es una asociación forzada, pero existe. Igual que la vocal /i/ se asocia, de manera involuntaria, con los diminutivos (y estos con el cariño), así que es más fácil fiarse de alguien que se llama Kiti que de alguien que se llama Kutu.

Los escritores de prosa huimos de la rima que produce cacofonías. Los nombres terminados en /ía/ son una tortura a la hora de evitar esas rimas. También si terminan en /ón/ y, afinando un poco más, las rimas asonantes en /a/-/a/, sobre todo si estamos narrando en pasado y usamos el pretérito imperfecto.

La longitud del nombre también juega su papel a la hora de elegirlos. Cuanto más cortos, más fáciles de recordar, pero los monosílabos se parecen demasiado. Zac, Sol, Bet… Pueden dar la sensación de que todos nuestros personajes se parecen. Por eso es recomendable que haya nombres más cortos y más largos.

Al leer, tendemos a quedarnos con la inicial del nombre (que además está escrita en mayúscula). Poco a poco, página a página, vamos familiarizándonos y memorizando quién es quién. Es bueno evitar iniciales repetidas. Laura y Lucía no se parecen en nada, salvo en esa primera letra, pero muchos lectores confundirán a los dos personajes durante unas cuantas páginas.

Parece de Perogrullo, pero el nombre de nuestro personaje debería dejar claro su sexo, salvo que queramos jugar con la ambigüedad o que haya un motivo para que no sea así. Jorge, unas de las chicas de Las Aventuras de los Cinco, de Enyd Blyton, era mi personaje preferido, tan rebelde que vestía pantalones en vez de las faldas de su prima, tanto, que llevaba el pelo corto; tanto, tanto, que tenía nombre de chico.

Como ocurre con muchas palabras, algunos nombres tienen una tercera dimensión, más allá del significante y el significado: la de la memoria. Existen nombres capaces de evocar un recuerdo, una sensación, incluso de provocar rechazo o cariño. Asociaciones externas de los nombre

Nos es lo mismo llamarse Sigfrido que llamarse Luis. La primera impresión de un personaje que se llama Luis es que vive en un país de habla hispana de siglo XX o el XXI, que pertenece a una familia de clase alta, media o baja. Es decir, es un nombre atemporal, agreográfico y sin marca social. Un nombre neutro con el que no asociamos prácticamente nada, más allá del sexo.

En el nombre de un personaje puede haber información implícita (sutilmente implícita) sobre su edad, su lugar de nacimiento, su clase social y hasta parte del carácter de su familia. Y digo de su familia, porque el nombre no lo elige el personaje, sino que otros lo han elegido por él (luego hablaremos de los apodos, que son cosa bien distinta). Tengo unas amiga cuyo nombre empieza por B. El suyo, y el de sus cuatro hermanos, y más de una vez  he pensado robarle la idea para caracterizar a una familia de personajes que siguieran esa tradición. Todos los primos de la misma generación tendrían nombres que empezasen por la misma letra. Hasta que alguien, el díscolo de la familia, decidiera romper con la costumbre. 

Estas son, como la Jorge, la coprotagonista de Los Cinco, asociaciones que tienen que ver con el carácter de los personajes. Los nombres con marca geográfica (Olaf), temporal (Arsenio, que hoy podría resultar antiguo), social (Fernando María parece remitir a las clases altas y más conservadoras) ayudan a configurar la ambientación de la historia, el entorno del personaje.

Un apartado específico y muchas horas de debate merecen los nombres extranjeros. Del mismo modo que el inglés se ha ido colando en nuestro idioma para la terminología más técnica o más moderna, también ha “contaminado” nuestro listado de nombres. Jessica, Vanessa (poned atención a la ese repetida), Jonatan… son nombres cada vez más populares. O lo han sido unos años atrás. Pero no me refiero a estos, que podemos tomar casi como nombres de nuestro idioma, si acaso con una marca social o temporal, sino a novelas en las que, incomprensiblemente, los protagonistas se llaman Peter, Edward o Alan. Es otro tema sobre el que hablar en otro momento, porque muchos autores creen que al “americanizar” sus historias las hacen más universales de cara a una futura distribución. Junto al nombre del personaje aparecen localizaciones como Wyoming, Nueva York o Seattle, aunque los personajes en realidad vivan y se comporten como chicos de un barrio de Madrid o de Buenos Aires y los edificios respondan más al perfil de Carabanchel, que al de Brooklyn y estudien Secundaria y no High School.

Hasta ahora he estado divagando sobre nombres humanos. Pero en la narrativa fantástica aparecen razas diferentes a la nuestra. Dice mi amigo Javier que cualquier nombre español, convertido en esdrújulo, parece élfico. Áragon, de El señor de los anillos, no parecía tan fantástico si se llamase Aragón (aunque él no sea un elfo). Cualquier nombre más o menos neutro, más o menos común, adquiere una dimensión fantástica y lejana cuando cambiamos el acento, cuando añadimos una h o un s, o incluso acentos gráficos poco comunes (como la diéresis) o ajenos (como los circunflejos) a nuestro idioma. Son recursos que permiten mantener la norma de fácil pronunciación pese a la extrañeza de la forma.

He dicho antes que el nombre viene impuesto por la familia o por quien tenga la autoridad sobre un personaje. Pero en el caso de los apodos es diferente. Un apodo es un rasgo distintivo, es algo que identifica a nuestro personaje y solo a él. En Yo conocí a Muelle, novela de Jorge Gómez Soto cuyos protagonistas son unos grafiteros que siguen la estela del famoso artista callejero madrileño Muelle, el protagonista, Luis, toma conciencia de que en realidad él no es como sus amigos, que casi le hacen el favor de dejarle formar parte de su colectivo. Y lo dice así (hablando consigo mismo):

No te dejes llevar por Don Delirios de Grandeza y escucha la cruda verdad: podrás hacerte conocido, llenarás de firmas mil paredes, tendrás el respeto de muchos por pertenecer a los CC, harás algunos grafitis medio decentes, pero tú sabes (aunque todavía no estés preparado para admitirlo) que nunca vas a ser uno de los grandes, ni siquiera de los medianos. Olvídate de deslumbrar. ¿No te das cuenta de que a Hot lo llaman Hot y a ti te llaman Luis? Es un detalle insignificante, pero revelador.

El apodo puede elegirlo el propio personaje o que se lo adjudiquen otros. Si se da el primer caso, el personaje se identifica con ese apodo, y por tanto nos dan una idea a los lectores no solo de cómo es, sino sobre todo de cómo se ve a sí mismo.

Si, por el contrario, lo eligen otros, puede tener una carga positiva o negativa y nos indica cómo ven al personaje desde fuera y qué relación tiene con su entorno. Manolito Gafotas tiene ese nombre porque, al llevar gafas, alguien en su entorno ha querido reírse de él, pero su personalidad es la de alguien que intenta convertir todo en algo positivo, en algo aprovechable para su bienestar, así que ha decidido hacerlo suyo y con eso deja de ser un insulto para convertirse en un valor añadido del personaje.

En Y decirte una estupidez, por ejemplo, te quiero, de Martín Casariego, el protagonista y narrador de la novela da más de veinte apodos diferentes a Sara, la chica que le gusta. Saraapartamiradas, Saraprincesa… es una forma de definir al personaje, de describirlo y de hacerlo desde un punto de vista totalmente subjetivo. Sara es el personaje de las mil caras, la adolescente más cambiante que ha dado la literatura. Y sus nombres lo reflejan.


Para terminar, el nombre del personaje habla de él, de su entorno, incluso del género o el enfoque de la historia. No brindar esa información al lector es desaprovechar una oportunidad de llegar a él. 

6 comentarios:

  1. Cabría preguntarse, entonces, en nuestra propia historia, qué define a ese nombre. Difícil, ¿no?
    Al menos a nuestros personajes podemos disfrazarlos a nuestro antojo.
    Gracias por la información :)

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    1. Ya sabes, unos los ponemos nosotros y otros nos los ponen :-)

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    1. Me alegro de que te guste y de que pueda ser útil :-)

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  3. Muchas gracias Chiki, valiosa información.

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