martes, 30 de mayo de 2017

A pecho descubierto

Cada año, el libro de alumnos de la Escuela de Escritores lo prologa un profesor diferente. Este año el honor ha sido mío y me apetece compartirlo.

A pecho descubierto


 Hay escritores de brújula y escritores de mapa. Eso dicen. También los hay de GPS, de miguitas dejadas en un bosque, intérpretes de señales de humo, de sueños, de posos de té y marcas de pintalabios en el borde de una taza. Buscadores de formas en las nubes. Hay tantos tipos de escritor como escritores, porque cada uno de los que nos dedicamos a esta búsqueda de la palabra precisa inventamos nuestra manera de hacerlo invirtiendo horas, energía y más entusiasmo del que cabe entre la piel y los huesos.

La escritura es aprendizaje, es prueba y error, es darse cabezazos contra el teclado unas veces y bailar en pijama en el salón, a media noche, cuando las palabras suenan exactamente como queríamos que sonaran, otras. Todos los autores de este libro lo saben, porque todos y cada uno de ellos son escritores. Escritor es el que escribe (lo sé, lo sé, es una gran frase, se nota que yo tampoco he dejado de aprender). No el que publica, no el que alcanza el éxito, no el que gana un concurso, sino aquel que se deja los dedos en el intento de hacerlo un poco mejor. El que se siente orgulloso de lo que ha escrito y lo muestra, como en este libro, a pecho descubierto.

Los alumnos de la Escuela llegan a los talleres con un objetivo: aprender a escribir. Todos los que nos dedicamos a la escritura fantaseamos en algún momento con publicar un libro, estar en los escaparates de las mejores librerías y firmar ejemplares hasta que nos duela la mano («fotos no, por favor, que no me he maquillado», dice al salir del avión y encontrarse ante una masa de periodistas). Desconfiad del escritor que niegue haberlo pensado. Pero si estamos aquí es porque sabemos que todo eso, aunque lo lográsemos, no es comparable al placer de la experimentación y del crecimiento. Parece una frase hecha, palabras de consuelo, pero podéis creerme, no lo es. Cada autor de los que firma este libro ha sentido el deseo de abandonar, se ha planteado si de verdad merece la pena esperar ansioso el veredicto de un profesor y de un grupo, ha llorado a escondidas cuando nadie ha entendido su mensaje, pero también ha vivido el instante de satisfacción en el que ese profesor que la semana pasada dijo que el texto necesitaba una revisión profunda hoy dice «enhorabuena» o «ahora sí» o se queda callado un segundo antes de empezar a hablar, porque no encuentra la forma de expresar cuánto le ha gustado. En una de mis últimas clases escribí en el margen del texto de una alumna: «Joder, qué buena idea». Dos días después me contó que le había hecho una fotografía a mis garabatos. Ojalá la mire cada vez que sienta deseos de abandonar.

Vais a leer cuentos, poemas, artículos, fragmentos de novela, críticas de cine... Comprenderéis algunos, os identificaréis con otros y seguro que también releeréis párrafos completos con la sensación de que se os escapa algo. Pero sentíos afortunados, porque estaréis en todos los casos ante un proceso que pocos lectores tienen la oportunidad de vivir: el nacimiento de un escritor. El escritor nace cuando regala a otros sus palabras sin esperar nada a cambio, cuando deja de esconderse en frases como «escribo para mí» o «no necesito que nadie me lea» y vence el vértigo al juicio ajeno a base de esforzarse para mejorar. Nos alimentamos de vuestro gozo en la lectura y de que un lector, solo uno, lo agradezca (si son legiones de lectores agradecidos, tanto mejor, qué duda cabe).

Todos los autores de este libro seguirán creciendo, aprendiendo, experimentando. Nuestra labor como profesores es acompañarlos en ese proceso, guiarlos sin robarles lo que son, lo que eran cuando llegaron. Hacer de ellos un escritor mejor, pero nunca uno distinto. No buscamos modelarlos a nuestra imagen y semejanza, sino que se encuentren y crezcan. Porque a diferencia de vosotros, los lectores, los profesores hemos tenido el privilegio de contemplar no solo el nacimiento del escritor, sino todo el proceso hasta que ha eclosionado. Y podéis creerme, es un privilegio al que no renunciaría, al que espero no renunciar, por nada del mundo.

Mi deseo al soplar las velas de la tarta imaginaria con la que celebramos el final de este curso es que ninguno de los textos que vais a leer sea el mejor que su autor podría haber escrito, porque eso significaría que se han rendido, que han dejado de aprender. Pero sabed también que estáis ante cuentos, poemas, fragmentos… terminados de los que tanto los autores como los profesores nos sentimos muy orgullosos. Dentro de unos años estos escritores sabrán más, habrán escrito más y tendrán más arrugas en las fotos. Pero seguirán aprendiendo y todos vosotros os sentiréis dichosos por haber sido testigos de una parte del proceso. Por haberlos ayudado a mostrar sus escritos sin red de seguridad, a pecho descubierto.


lunes, 22 de mayo de 2017

Contar sílabas


Esta semana me he encontrado, por casualidad, con la imagen de la fotografía. Después, casi por casualidad o por una cadena de respuestas, me han enviado la misma imagen, pero en español. Y sí, me gusta. Me encanta. El ritmo es importante (importantísimo) en la prosa y cuantas más veces y de más formas diferentes nos lo digan, mejor. Pero me he pasado el fin de semana pensando que hay algo que no me convence y después de largas noches de insomnio (o de pensarlo un ratito) he llegado a la conclusión de que los hispanoparlantes y los angloparlantes no solo nos diferenciamos en el color del pelo.

Puede que caigan sobre mí cien mil expertos en ritmo (o cualquiera que sepa un poco más que yo, que es fácil) y todo el gremio de traductores, pero el español, en mi oído, marca el ritmo por el número de sílabas más que por el número de palabras.

Nos gustan los octosílabos. Tal vez sea por los romances, tal vez por las serranillas. O porque al pensar cantamos, vaya usted a saber por qué, el caso es que sin medirlo, ocho vienen y ocho van, en cuanto nos descuidamos. Mira si no los refranes: El que a buen árbol se arrima; Agua que no has de beber; A caballo regalado; En tu casa o en la mía (y aunque esto no sea un refrán, anda que no lo hemos dicho).

Te habrás dado cuenta, pero todos los periodos entre comas o entre puntos del párrafo anterior son octosílabos. Hay frases de tres palabras y otras de siete, pero al oído todas duran lo mismo. Hablo de sílabas métricas, que incluyen sinalefas y alargamientos o acortamientos según cierren con una palabra esdrújula o una aguda. No es que usemos todo el tiempo frases de ocho sílabas, pero sí tenemos una cierta tendencia a hacerlo y eso, más de una vez y más de dos, se traduce en unas cuantas frases seguidas de la misma longitud, lo que provoca un ritmo monótono. Sí, deberíamos seguir el consejo de la imagen y mezclar frases largas con frases cortas, puntos con comas, subordinadas con estructuras simples… Pero no te fíes del todo del número de palabras y tómate la molestia de contar (aunque sea por encima) el número de sílabas de las frases.

Porque hay otra complicación en esto del ritmo. Cuando escribimos varias frases seguidas con la misma duración, se crea en nuestra mente un ritmo musical que nos arrastra hacia la rima como las sirenas hacia las rocas. (¡¡Oh, cielos!! ¡¡Ha dicho rima!!) Mis alumnos saben que soy una obsesa de las rimas, que las persigo, las señalo, les pongo un círculo grande alrededor y dejo que me resbalen las gafas hasta la punta de la nariz para después decir: aquí hay una rima. Si lees de nuevo el párrafo de octosílabos que he puesto un poco más arriba, notarás que falta algo, que el cerebro pide algo que no le estás dando y hace que te atasques un poco o sientas que algunas palabras deberían cambiarse.

Es por la falta de rima.

Lee estas últimas líneas en voz alta:

El que a buen árbol se arrima; Agua que no has de beber; A caballo regalado; En tu casa o en la mía (y aunque no sea un refrán, anda que no lo hemos dicho).
Y ahora vuelve a leer:
Agua que no has de beber; El que a buen árbol se arrima; A caballo regalado; En tu casa o en la mía (y aunque esto no sea un refrán, es frase muy repetida).
¡¡Olé!! Ya sé escribir romances.

Solo he cambiado el orden de las frases, para que funcionasen como versos de rima impar, y he modificado la última para mantener la rima asonante (i-a). Y sí, suena como un poema, como un romance, pero no es eso lo que busco.

En todos mis cursos tengo que parar alguna clase para explicar por qué me obsesionan las rimas. Los que trabajamos con literatura para niños estamos muy acostumbrados a leer textos rimados y poemas, así que no siempre es fácil convencer a los alumnos de que unas veces sí es bueno usar la rima y otras no. Si busco que mi lector cree ese ritmo, esa cancioncilla, en su cabeza, vengan a mí todas las rimas y todas las sílabas contadas. Pero si quiero que se fije en la historia, si quiero que oiga la voz de mi narrador sin darse cuenta de que hay una voz narrando, como si un amigo se la estuviese contando frente a una hoguera, entonces ¿para qué distraerlo?

¿Cuántas veces has cantado una canción sin pararte a pensar lo que decía? Y no hablo solo de canciones en inglés, con esa fonética para la que estamos especialmente dotados (¿quién no ha cantado Las maravillas de malaika?), hablo de canciones que suenan bien, tienen ritmo, son pegadizas… ¿Cien gaviotas dónde irán? Que me perdonen los seguidores de Duncan Dhu, pero ¿qué sentido tenía eso? Yo no quiero que mi lector cante lo que escribo, no quiero que se enganche a la musiquilla y mueva los pies. Prefiero que se meta en la historia, que llore, ría o se enfade por lo que le cuento.

Y esta última frase parece dar a entender que da igual la forma, lo importante es el contenido, pero es todo lo contrario. Para no llamar la atención sobre la forma hay que cuidar la escritura mucho más que para sí hacerlo. Medir las frases y evitar la monotonía, leer en voz alta y evitar las rimas, contar sílabas, contar palabras, contar comas y puntos para que no todas las estructuras sean iguales.

Poner de vez en cuando una frase aislada.

Porque el lector se fijará en esa frase que hemos separado. Sabrá que el narrador, antes de pronunciarla, se ha parado un instante. Y se parará otro instante después de decirla.

Ay. Podría estar horas y horas hablando de ritmo, pero mejor dejémoslo aquí. Eso sí, te propongo un juego: cuenta sílabas. Cuando hables, cuando escuches, cuando escribas, cuando leas. Educa tu oído para diferenciar la longitud de las frases o para detectar cuándo son muy parecidas.


Pero no me culpes si te vuelves un obseso. También los frikis del cómputo silábico tenemos nuestro corazoncito y necesitamos que nos quieran.