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Contar sílabas


Esta semana me he encontrado, por casualidad, con la imagen de la fotografía. Después, casi por casualidad o por una cadena de respuestas, me han enviado la misma imagen, pero en español. Y sí, me gusta. Me encanta. El ritmo es importante (importantísimo) en la prosa y cuantas más veces y de más formas diferentes nos lo digan, mejor. Pero me he pasado el fin de semana pensando que hay algo que no me convence y después de largas noches de insomnio (o de pensarlo un ratito) he llegado a la conclusión de que los hispanoparlantes y los angloparlantes no solo nos diferenciamos en el color del pelo.

Puede que caigan sobre mí cien mil expertos en ritmo (o cualquiera que sepa un poco más que yo, que es fácil) y todo el gremio de traductores, pero el español, en mi oído, marca el ritmo por el número de sílabas más que por el número de palabras.

Nos gustan los octosílabos. Tal vez sea por los romances, tal vez por las serranillas. O porque al pensar cantamos, vaya usted a saber por qué, el caso es que sin medirlo, ocho vienen y ocho van, en cuanto nos descuidamos. Mira si no los refranes: El que a buen árbol se arrima; Agua que no has de beber; A caballo regalado; En tu casa o en la mía (y aunque esto no sea un refrán, anda que no lo hemos dicho).

Te habrás dado cuenta, pero todos los periodos entre comas o entre puntos del párrafo anterior son octosílabos. Hay frases de tres palabras y otras de siete, pero al oído todas duran lo mismo. Hablo de sílabas métricas, que incluyen sinalefas y alargamientos o acortamientos según cierren con una palabra esdrújula o una aguda. No es que usemos todo el tiempo frases de ocho sílabas, pero sí tenemos una cierta tendencia a hacerlo y eso, más de una vez y más de dos, se traduce en unas cuantas frases seguidas de la misma longitud, lo que provoca un ritmo monótono. Sí, deberíamos seguir el consejo de la imagen y mezclar frases largas con frases cortas, puntos con comas, subordinadas con estructuras simples… Pero no te fíes del todo del número de palabras y tómate la molestia de contar (aunque sea por encima) el número de sílabas de las frases.

Porque hay otra complicación en esto del ritmo. Cuando escribimos varias frases seguidas con la misma duración, se crea en nuestra mente un ritmo musical que nos arrastra hacia la rima como las sirenas hacia las rocas. (¡¡Oh, cielos!! ¡¡Ha dicho rima!!) Mis alumnos saben que soy una obsesa de las rimas, que las persigo, las señalo, les pongo un círculo grande alrededor y dejo que me resbalen las gafas hasta la punta de la nariz para después decir: aquí hay una rima. Si lees de nuevo el párrafo de octosílabos que he puesto un poco más arriba, notarás que falta algo, que el cerebro pide algo que no le estás dando y hace que te atasques un poco o sientas que algunas palabras deberían cambiarse.

Es por la falta de rima.

Lee estas últimas líneas en voz alta:

El que a buen árbol se arrima; Agua que no has de beber; A caballo regalado; En tu casa o en la mía (y aunque no sea un refrán, anda que no lo hemos dicho).
Y ahora vuelve a leer:
Agua que no has de beber; El que a buen árbol se arrima; A caballo regalado; En tu casa o en la mía (y aunque esto no sea un refrán, es frase muy repetida).
¡¡Olé!! Ya sé escribir romances.

Solo he cambiado el orden de las frases, para que funcionasen como versos de rima impar, y he modificado la última para mantener la rima asonante (i-a). Y sí, suena como un poema, como un romance, pero no es eso lo que busco.

En todos mis cursos tengo que parar alguna clase para explicar por qué me obsesionan las rimas. Los que trabajamos con literatura para niños estamos muy acostumbrados a leer textos rimados y poemas, así que no siempre es fácil convencer a los alumnos de que unas veces sí es bueno usar la rima y otras no. Si busco que mi lector cree ese ritmo, esa cancioncilla, en su cabeza, vengan a mí todas las rimas y todas las sílabas contadas. Pero si quiero que se fije en la historia, si quiero que oiga la voz de mi narrador sin darse cuenta de que hay una voz narrando, como si un amigo se la estuviese contando frente a una hoguera, entonces ¿para qué distraerlo?

¿Cuántas veces has cantado una canción sin pararte a pensar lo que decía? Y no hablo solo de canciones en inglés, con esa fonética para la que estamos especialmente dotados (¿quién no ha cantado Las maravillas de malaika?), hablo de canciones que suenan bien, tienen ritmo, son pegadizas… ¿Cien gaviotas dónde irán? Que me perdonen los seguidores de Duncan Dhu, pero ¿qué sentido tenía eso? Yo no quiero que mi lector cante lo que escribo, no quiero que se enganche a la musiquilla y mueva los pies. Prefiero que se meta en la historia, que llore, ría o se enfade por lo que le cuento.

Y esta última frase parece dar a entender que da igual la forma, lo importante es el contenido, pero es todo lo contrario. Para no llamar la atención sobre la forma hay que cuidar la escritura mucho más que para sí hacerlo. Medir las frases y evitar la monotonía, leer en voz alta y evitar las rimas, contar sílabas, contar palabras, contar comas y puntos para que no todas las estructuras sean iguales.

Poner de vez en cuando una frase aislada.

Porque el lector se fijará en esa frase que hemos separado. Sabrá que el narrador, antes de pronunciarla, se ha parado un instante. Y se parará otro instante después de decirla.

Ay. Podría estar horas y horas hablando de ritmo, pero mejor dejémoslo aquí. Eso sí, te propongo un juego: cuenta sílabas. Cuando hables, cuando escuches, cuando escribas, cuando leas. Educa tu oído para diferenciar la longitud de las frases o para detectar cuándo son muy parecidas.


Pero no me culpes si te vuelves un obseso. También los frikis del cómputo silábico tenemos nuestro corazoncito y necesitamos que nos quieran. 

Comentarios

  1. Ay es muy interesante, Chiki Fabregat, eso de contar sílabas. Me obsesiona tanto el ritmo cuando escribo y no acabo de pillarlo. A veces pienso, si escribiera con una máquina al menos sentiría percusión en los dedos. Pero, no, todo viene de más adentro. No sé... Probaré a contar sílabas y entonces me engancharé. Por obsesiva. Tal vez la cuestión es ¿qué música le quieres poner, qué ruido de fondo, qué silencio? Un saludo.

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    1. ¡Gracias, Laura! Sí, la música y el silencio hacen mucho por la historia. Y el ruido también.

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  2. Como obseso de las rimas me declaro fan del artículo. Solo espero no convertirme en un obseso de las sílabas ahora...

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    1. ya decía yo que no pillé ni una rima en tu novela :-)

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    2. Es el mejor piropo que me han dicho nunca.

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